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Un paseo por la oscuridad y otros cuentos

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En un paseo por la oscuridad y otros cuentos, podrás encontrar distintas historias que muestran la lucha entre la luz y la oscuridad. Donde el eje es la superación de la adversidad y la lucha constante para lograr la redención y la liberación del alma y el espíritu.

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Un paseo por la oscuridad
3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. 4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Génesis 1:3-5   Caminaba de regreso a casa por las frías y oscuras calles de mi barrio; era un día como tantos otros. El suelo estaba algo húmedo por el rocío de la noche. Cada paso me generaba una terrible necesidad de poder llegar lo antes posible. En cada paso, mientras mis piernas se movían, mi imaginación se transportaba al más allá. Nada parecía pertenecer a este mundo, era como ver la realidad detrás de un cristal. Aquella pecera repleta de enormes humanos, me hacía perder en una película sin tiempo. Mientras más caminaba, más me estaba alejando. Las calles eran siempre las mismas, las recuerdo en detalle. Surcadas una y mil veces en mis viajes de adolescente. Cada nuevo estudio, cada nuevo trabajo, cada vez que comenzaba algún tipo de viaje, siempre el mismo camino. Nunca me atreví a transitar por otra calle. Hoy sería un día diferente a pesar de las mil similitudes. Nada más abstracto que la realidad de este momento. Las calles se volvieron pronto líneas, las casas formas y la gente se fue extinguiendo a medida que se alejaban. Me sentía expectante, escudriñándolo todo, como un observador omnipresente. Una fragancia me devolvió al mundo, un perfume que despertó mis sentidos. De repente no necesitaba nada más que sentir de cerca aquel suave soplo de vida. Una voz surgió en mi mente, era amiga y compañera, endulzante de mis pensamientos. Proveniente del interior de mi ser y por primera vez esa noche sentí que debía escucharla. Susurraba palabras melosas y cargadas de sentimientos. Desde la oscuridad se abrió ante mi un bosque con encanto nocturno. No podía comprender como y porque llegué ahí, no podía imaginar que encontraría, pero la voz me decía que siga por ese camino. Mis zapatillas no eran aptas para ese nuevo terreno, recuerdo haberlas escogido a la mañana antes de salir de mi departamento, porque combinaban con mi remera negra y mis Jeans azul, pero la verdad era que no se adecuaban al lodo, ni al rocío que impregnaba los pocos senderos cubiertos por pasto. En mi mente, me cuestiono si hubiera sido mejor ponerme las zapatillas deportivas, pero pronto me distraigo. Observo tanta vida, tanta oscuridad, tantos ruidos, apenas distingo los árboles que me rodean, apenas consigo imaginar que hay alrededor mío, no me siento asustado ni tampoco me siento perdido, solo expectante. Pronto recorrí la mitad de aquel camino, el que no me llevaba a ningún lugar, no me sentía aún en casa y me era imposible ver en la oscuridad. Tropecé con una textura distinta, una madera sin corteza, se encontraba suave y trabajada con esfuerzo. Aún no conseguía ver bien que me rodeaba, pero estaba convencido de que había algo más en ese lugar. Empezaba a sentir las primeras gotas de lluvia sobre mi cabeza, sentía mi pelo humedecerse, la lluvia se acrecentaba rápidamente. Un relámpago ilumino por unos segundos la estructura delante mío y pude distinguir una casa. Cuando la luz se extinguió, se volvió a oscurecer. No podía distinguir sus ventanas y puertas, no podía identificar ni registrar bien a donde estaba, pero el moho delataba el paso del tiempo. Fétido aroma putrefacto, no se escondía siquiera bajo la lluvia. Sin otra alternativa opté por golpear en búsqueda de ayuda, de alguna mano amiga que me proteja del frío y la lluvia, que me proteja del fracaso de aquella caminata sin destino. Cuando empezaba a cansarme de mi esfuerzo, y estaba dispuesto a sentarme y dejarme dominar por la decepción, mis ojos pudieron por fin encontrar una luz. Una luz amarilla de vela, una luz amarilla desde el olvido del tiempo. Mientras tanto el crujir de una bisagra mal conservada llegaba a mis oídos, el abrir de una puerta parecía el milagro en la situación en la que estaba. La temperatura había descendido demasiado, y temblaba del frío, necesitaba refugio. Desde las sombras de la casa que parecía abandonada, una voz anciana me interrogaba dando se paso a través del sonido de la lluvia, eclipsada por el ocaso del tiempo, pero que dejaba entrever que en antaño tuvo un hermoso esplendor. Aquella voz dejó paso al rostro de una dulce anciana que hablaba monótonas palabras, estaba intentando informarme acerca del clima y de que la zona era peligrosa, pero mi mirada estaba detenida en la vela, y mi mente se preguntaba, que hacía una vela encendida en aquel lúgubre lugar. Me miró por unos segundos, y al no encontrar respuesta de mi parte, me ofreció pasar y algo caliente para beber. Accedí y entré con mucha cautela. Quería saber que secretos se escondían en esa casa. Estaba intrigado por escucharla, tenía aspecto de tener muchos años de antigüedad, pero aquella anciana no quería hablar acerca de la casa. Acepté aquel té con unas sabrosas galletas artesanales, con sabor a vainilla y chocolate, que me hicieron recordar a mi niñez, pero que al bocado final tenían un sabor extraño, metálico y agrio. Mientras comía, estudiaba la habitación. No podía ver bien cada rincón o recoveco por la escasa iluminación, pero se distinguían algunos objetos. No podía llegar a decir con exactitud, si eran una antigüedad, o simplemente objetos sin ningún valor, pero se notaba que hacía mucho tiempo que en esta casa no se compraba nada nuevo. En el centro de la pared había una chimenea encendida con algunos leños que daba calefacción al lugar. Para mi sorpresa, la dulce anciana, se sentó en un sillón que miraba directo al fuego y me invitó a sentarme con ella. Con un movimiento que me pareció grotesco, arrojó más leña al fuego. La madera hizo humo de inmediato, y la chimenea volvió a la vida. El silencio se apoderó de la sala, solo se quebraba ante las chispas ocasionadas eventualmente por el fuego. Esta casa me traía algunos recuerdos de infancia, olores y formas, que me atemorizaban, cierto miedo a que hay detrás de cada puerta y lo principal a las sombras. Pero cuando somos pequeños nuestra imaginación juega a gusto y siente placer con las sombras, nos devuelve millones de formas que despiertan curiosidad. Ahora adulto recuerdo solo ese temor y no hay rastro de lo lúdico en mi corazón. De a poco comenzaba a sentirme como un niño pequeño, sentía un temor tibio por mi cuerpo que recorría mis venas. Aunque me negaba a cada instante a creer en mi instinto, aunque prefería esconderme en algún rincón de mi mente, sabía que algo no estaba bien en esa casa. Sabía que algo se escondía detrás de aquella anciana. La voz de mi interior se volvió audible una vez más, me pedía que saliera, que no me quedara en ese lugar, pero mi cuerpo no respondía a mis órdenes. Comencé a sentirme muy cansado, recuerdo la mirada de la anciana y sin mas todo se oscureció. Cuando desperté me sentía aturdido. Me pregunté a mi mismo, si tal vez me dormí o si había estado soñando. No sé bien cuanto tiempo pasó, mi reloj no funcionaba ya que se había mojado por la lluvia, así que lo que para mí pareció una hora pueden haber sido dos... o hasta tres, intenté levantarme pero no pude lograrlo. A mi derecha pude ver una escalera, me acerque arrastrando mi cuerpo y comencé a subir por ella, tomé la baranda con firmeza y logré ponerme de pie. Subí cautelosamente, sin hacer ruido, sin llamar la atención. Pregunté por la anciana pero no hubo respuesta. Seguía oscuro, pero podía distinguir algunas sombras a medida que mis ojos se acostumbraban. Llegué al segundo piso con un gran esfuerzo, delante mío habían varias entradas distribuidas por un largo corredor, al final una habitación me llamó la atención, comprobé que no tenía cerrojo y decidí entrar. Un olor intenso determinaba el paso del tiempo, parecía que era un lugar que no había permitido la entrada de aire fresco en años. La luz mortecina de una vela iluminaba solo un rincón del lugar, pero posibilitaba distinguir con claridad los objetos que se erguían entre las sombras. Había una cama de una plaza, una mesita de luz pequeña, una mecedora antigua, y un mueble bajo que contenía un espejo. La habitación era enorme y la escasa iluminación ocultaba algunas cosas de mi vista, observé durante unos minutos más, lo que parecía ser una sombra muy oscura, que se encontraba en la esquina opuesta a donde me encontraba, cuando un chasquido seguido por la llama de una nueva vela, dieron paso a iluminar un rostro que estaba escondido de mi vista. Una terrible sensación de terror me invadió al instante, sorprendido y asustado, traté de retroceder, pero pronto noté que el rostro iluminado en las sombras parecía más asustado que el mío. Era un rostro femenino, sobresalían los labios, que eran finos y delicados, tenía ojos grandes y mirada profunda, siendo de un color ámbar. Podía sentir como miraban tímidamente los míos, creo que podría haberme quedado observándola por horas. La luz de la vela acentuaba sus rasgos, mientras que su cabello recogido, le daba un aire de otra época. Intenté hablarle, pero las palabras no llegaron a mi boca, ella se dio cuenta y sonrió. Se volteó pero sólo por un instante, y sin más encendió otra vela que iluminó el rincón completo de donde se encontraba. Al fin pude descubrirla por completo. Era realmente hermosa, más allá de lo que había imaginado. Sentí un gran agradecimiento a la situación, ya que algo nuevo se había suscitado ante mis ojos. Ahora podía obtener de este paseo por la oscuridad, mucho más que una experiencia tenebrosa. Intente recuperar el habla para poder escuchar su voz pero ella levantó su mano para detenerme. Su gesto extraño pidiendo que no hablara me detuvo en seco. Cuando notó mi incomodidad, su mano me señaló en dirección a un nuevo objeto, pude observar una pintura recién terminada. Apoyada en un atril junto a la ventana. La obra era cautivadora, un bosque oscuro repleto de sombras a los bordes, mientras un trigo amarillo se elevaba desde la oscuridad para el deleite de los ojos, no podía apartar el trigo de mi mente, no podría explicar lo que sentía en ese instante pero mis ojos llenos de admiración y asombro se perdían en los pequeños detalles que definían la figura, era una obra única. Ella se mostró feliz por mi reacción y sonrío tímidamente, su mirada se paseo de nuevo sobre mi rostro, pero la comisura de sus labios reveló un sentimiento diferente. Nos miramos y el instante pareció eterno; nos sonreímos y algo cambió en nosotros. Algo profundo, algo hermoso. Pronto una lagrima rodó por su mejilla, cuidadosamente, la secó con el dorso de su mano, agacho la cabeza, y negó con un gesto dubitativo, que parecía responder a mi pregunta aún no formulada, me sentí de repente lastimado. Comencé a escuchar los pasos de la anciana, se acercaba hacia la habitación en que estábamos nosotros. Su voz sonaba en la oscuridad del pasillo. De pronto la mujer empezó a monologar. Me explicaba con voz pausada y serena que su hija era muy talentosa. Parecía saber que yo estaba escuchando. Entenderá joven que este talento no puede ser compartido, dijo con voz hueca y vacía. Al final veo que su pintura no tiene firma, no me extraña, no tiene voz, no tiene vida propia. De alguna manera lo comprendo, la anciana me ordenaba salir de la pieza, lo hago, y cuando paso el umbral de la puerta, me golpea duramente en la cabeza. La bella joven que me había hablado sin emitir palabra le pidió silencio a mi voz interior. Le ordenó que no hablara más y a mi me ordeno olvidar. Debí haber caminado en estado de shock porque estaba lejos de aquella casa, y no tenía idea, de cómo había llegado hasta donde me encontraba en ese momento. Extraño paseo sin destino, destino más extraño aún sin recuerdos. De alguna manera dejé ese lugar y no mire atrás por algún tiempo. La última noche tuve un sueño extraño, no conozco a la hermosa mujer que veo, que me mira. No reconozco al autor de la obra que admiro, hay una planta, un bosque oscuro y sombras. Nada más, pero de pronto la planta cobra forma, cobra significado. Es una espiga de trigo. De repente mi voz interior se despierta, despabilada después de mucho tiempo de estar dormida. Recorro el camino andado aquella noche, después de mucho tiempo, encuentro el lugar, nada había cambiado. Todo esta exactamente igual. Esta vez no golpeo, ni me anuncio. Me acerco a la escalera y asciendo, voy con paso firme y sigiloso. Pronto doy con el cuarto, de alguna manera ella sabe que estoy allí. Abre la puerta y me mira, la tomo entre mis brazos y la beso. La arrastro para que me siga. Pero ella tiene miedo… la endulzo con suaves palabras al oído… la invito a venir conmigo. Las palabras le llegan al alma…cada letra penetra su corazón. Una lágrima naufraga por su rostro y me mira como nunca antes me habían mirado. Siento que grita por dentro, pero se aferra a mis manos libertadoras, tiene miedo, pero ya no quiere temer más. Sentimos pertenecernos uno al otro y eso era todo lo que nos importaba en ese instante, siempre habíamos estado conectados. Pronto corríamos escapando de la casa, tomados de las manos, aferrados a la idea de poder liberarnos y en ese mismo momento dejamos atrás la oscuridad para siempre.

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