El pasajero

2580 Palabras
Era una noche fría y oscura en la ciudad, el cielo estaba nublado, y la temperatura no superaba los 10° centígrados. El auto había estado rodando por media ciudad desde la mañana y si bien gastaba poco ese día había terminado un tanque lleno. Antonio estaba seguro que esa noche sería estupenda para su trabajo, el frío obligaba a la gente a buscar una alternativa de transporte a los repletos colectivos que inundaban la ciudad de Buenos Aires. La falta de infraestructura y la poca adaptación de la ciudad a los cambios había hecho colapsar los transportes. Su taxi estaba bien equipado, tenía una buena calefacción y cómodos asientos, durante la tarde había hecho una buena diferencia, pero quería aprovechar el día al máximo. La radio sonaba monótona como un suave susurro, el sonido de fondo le daba la sensación de encontrarse acompañado. Luego de tomar la avenida principal, Antonio agudizo su mirada hasta localizar la estación de servicio en la cual acostumbraba recargar combustible. Hacía 10 años que hacía las mismas cuadras y se sentía bien tomándose sus descansos en esa estación, los playeros ya lo conocían y lo atendían con respeto. Todos se daban cuenta de la persona que era. Antonio siempre había tenido una conducta muy correcta en todas las áreas de su vida, se notaba que era un hombre de trabajo duro y comportamiento honesto. Los playeros nunca olvidarían aquel día en que el taxista había encontrado una billetera con dinero y conociendo que era la que usaba uno de los empleados de la estación la había devuelto, sin tomar un centavo del dinero que había en ella y sin aceptar la recompensa, que habían intentado darle por su honestidad. Desde ese día todos los empleados de la estación lo saludaban cordialmente cuando llegaba y lo atendían con privilegios sobre los demás clientes, aunque a veces él se negara. Antonio era un hombre diferente. No era como los demás taxistas que paraban en la estación. No estaba absorto en las cosas de la calle, ni en las costumbres de los clientes habituales. No estaba atento a la ropa de las chicas del minimercado de la estación, o a la última publicidad de la modelo de turno. Estaba lejos de todo eso. Además su compañía inspiraba a la gente, daba paz escucharlo hablar. Era muy bueno el ambiente que generaba solamente con su presencia. Siempre con su pequeña Biblia en la mano, acostumbraba tomar un café y leer algunas líneas, antes de continuar su día o noche sentado en una esquina del local. No hablaba mucho de religión ni de Dios, pero si le preguntaban demostraba conocer de acerca las escrituras. Aquella noche Antonio se sentó en su lugar de costumbre con su Biblia en la mano y de a cortos sorbos tomó su café, parecía estar apartado de todo su entorno. No prestaba atención a las Conversaciones que desarrollaban cerca suyo, estaba en su propia historia. Se notaba atento a la lectura, pero de vez en cuando su mirada se alejaba por la ventana del mini mercado, veía un lugar muy porteño, un parque ahora cubierto por la oscuridad, pero que recordaba en detalle. Pero pronto volvía su mirada al texto. El sonido del viento y de los autos, no parecían distraerlo. Dentro del mercado había mucho movimiento debido a la cantidad de autos que entraban y salían pero el ambiente era ameno. Terminó su bebida como de costumbre para luego dejar el lugar caminando apaciblemente. Al subir a su auto, notó que algo había cambiado, no tardo en darse cuenta de que no estaba solo. Una voz proveniente del asiento trasero de su taxi se anunció como su nuevo pasajero. Una voz infantil pero muy suave se presentó dulcemente con el nombre de Antonella. Antonio, un tanto extrañado interrogó acerca de cómo había entrado en su auto, hablaba con tono atento y un tanto delicado, pero actuaba cauteloso a lo que la niña tenía que decir. La situación no era común. Pero Antonella no hizo caso a sus preguntas y le tendió un papel escrito a mano, con varios datos telefónicos además de un fajo de dinero adjuntado con un clip, el nombre de una mujer y una dirección. El destino escrito implicaba un largo viaje y aunque monetariamente era tentador. Antonio estaba muy confiado de sí mismo y de su percepción acerca de las personas, por lo que decidió no indagar mucho más y confiar en que sería un viaje sencillo. Antonio condujo durante varios minutos, mirando una y otra vez su espejo retrovisor y cada vez que lo hacía la niña sonreía tiernamente pero no pronunciaba palabra alguna. No entendía muy bien a que situación se estaba enfrentando, pero prefería continuar adelante, porque necesitaba el dinero. Ya saliendo de la ciudad, tomaron un camino, que no estaba muy bien iluminado y con pocas viviendas circundantes, entonces comenzó a llover intensamente. El limpia parabrisas comenzó su danza, mientras la lluvia golpeaba el vidrio con fuerza. Antonio rompió el silencio y sugirió detenerse unos instantes hasta que la lluvia disminuyera. Estaba impaciente, pero intentaba comportarse como su instinto de taxista le sugería. Antonella, aceptó sin dudar. Nada parecía perturbarla. Estaba muy cómoda en el asiento trasero del auto, tanto que hasta comenzó a quedarse dormida. Antonio bajó la radio y espero a que la lluvia cesara durante algunos minutos. Luego de que el camino fuera visible nuevamente decidió poner en marcha el vehículo y regresarlo al asfalto. Cuando aceleró, volteó levemente para asegurarse que Antonella estuviera durmiendo en el asiento trasero pero para su sorpresa el asiento estaba vacío. Antonio apretó el freno instantáneamente y desesperado descendió del taxi para buscar a la niña. Luego de mirar hacia ambos sentidos tomo una pequeña linterna que tenia en la guantera y comenzó a alumbrar a los lados, luego de esperar algún sonido o movimiento, se dio cuenta de que estaba solo en la oscuridad y no parecía haber nada, ni nadie a varios metros de distancia, aunque estaba muy oscuro para estar seguro. Antonio subió a su taxi consternado intentando hallar una explicación lógica para lo que estaba viviendo, cuando una voz infantil le preguntó adonde se había ido. El taxista sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo y sin poder comprender miró por el espejo retrovisor al asiento trasero y volvió a ver a la misma niña, que había abordado el auto, pero con un extraño detalle que marcaba la diferencia, sus cabellos habían cambiado de color y parecía lucir unos años mayor que antes, la voz infantil sonaba más firme y determinada, además tenía la mirada más concentrada que antes, estaba mas consiente de todo lo que la rodeaba. El hombre estaba muy asustado, miró perplejo la imagen de una niña que había crecido en cuestión de minutos. Un aire frío le recorrió la espalda y por primera vez en su vida, realmente sintió miedo, esa sensación de temor que no se extingue y que por el contrario estremece nublando las decisiones que en otro momento parecerían más acertadas. La voz de la niña sonaba metálica y vacía, parecía retumbar en su cabeza y le hacía doler los oídos. No sabía a que se estaba enfrentando, no quería imaginar a que se estaba enfrentando tampoco. Sin pensar volvió el auto al asfalto y aceleró en la primera recta que encontró como si nada hubiera ocurrido y se disculpó cordialmente, simulando que todo estaba bien, pero por dentro el miedo crecía y las dudas lo atormentaban. La noche era muy oscura, el camino estaba húmedo, el veloz andar del auto rompía el silencio que se adueñaba de la calle y a su paso, estelas de agua reflejaban las luces de los faros nocturnos que despertaban intensos destellos de luz. Nada detiene el andar de la maquina que transita sin bajar la marcha. Dentro del auto, un hombre pálido, asustado y temeroso conduce firme al volante sin mirar atrás. Pero la voz de la que antes parecía una niña resuena nuevamente. Antonio intento hablar con el tono más sereno que pudo, pero sólo consiguió emitir unas pocas palabras sin coherencia y se quedo en silencio. La voz volvió a rugir, esta vez Antonio sintió que iba a chocar el auto contra un árbol del miedo que le transmitió aquel chillido ensordecedor, una luz roja intensa iluminó el espejo retrovisor obligándolo a mirar una vez más hacia el asiento trasero. Los ojos inyectados en sangre de la niña iluminaban en la oscuridad. Antonella, o lo que había crecido en ella, le ordenaba que se detuviera a la orilla del camino y en un silencio de aceptación detuvo el auto. No podía negociar con aquella criatura, estaba superado. Las nubes se habían despejado y la luna estaba a pleno en el cielo, si bien aún habían espejos de agua ya no llovía intensamente. Al costado del camino habían muchos árboles poco frondosos y maltratados por el clima. Un taxi estaba detenido con sus luces encendidas. No se podían distinguir las figuras que se movían dentro desde la distancia pero al aproximarse, podías ver que un hombre mayor, discutía un asunto de importancia con una niña, que se movía inquieta en el asiento trasero del vehículo. Antonio no tenía opción, si bien intentaba discutir con lo que parecía ser una niña, algo oculto y macabro se estaba despertando en el asiento trasero de su auto. Nunca antes había pasado por una situación igual, había escuchado cientos de veces la palabra demonio, pero recién ahora podía comprender el verdadero significado. Su mente lo traicionaba cada vez que miraba los ojos rojos que lo observaban desde aquel rostro infantil que le gritaba palabras incomprensibles para sus oídos. Aturdido y desorientado, recurrió a la única herramienta que tenía a mano en ese momento y con su mano tomo la pequeña Biblia que tenía en el asiento del acompañante. "En mi nombre, echarás fuera demonios" rezaba el texto que había delante de sus ojos y por primera vez sintió que todo lo que había leído cobraba vida. El demonio en cuerpo de niña le ordeno que se detuviera y cuando Antonio lo hizo, de aquella boca de niña, surgieron horribles palabras de condenación acerca de la vida que Antonio había llevado, le recriminó muchos males que había hecho y de las consecuencias que sus actos le estaban preparando. Dios lo había abandonado, le decía Antonella mientras señalaba la Biblia en su mano y Antonio no supo que creer, al principio sintió que si bien el demonio hablaba mentiras y era engañoso, también había verdades en lo que decía, el hombre recordó su historia, sus acciones y su pasado hasta el punto de encontrar cada momento en particular adonde había fallado y en su mente pequeña y limitada entendió que aquellos momentos eran suficientes para que su Dios lo abandonara. Pero su corazón y su espíritu le pedían que no se dejara convencer, que no se rindiera, que intentara ir más allá, que la verdad que se exhibía delante suyo tenía otras aristas que estaba perdiendo de vista. El demonio vestido de infante saltaba en el asiento trasero, y cantaba una tonta canción de niños, que lo estaba atormentando, aquella voz lo volvía loco y no podía entender la razón. Intento cubrirse los oídos varias veces, pero el sonido era tan molesto que le resultaba imposible soportarlo. Cuando al fin pudo tomar fuerzas, la voz de la niña volvió a retumbar en el automóvil. Con una mirada inocente y mirándolo a los ojos le dijo que lo había extrañado mucho. Antonio seguía sin entender. Antonio se quedó inmóvil ante la canción que despertó terribles recuerdos en su interior. Cosas que ya creía olvidadas, cosas que no deseaba revivir jamás. Recordó a una joven que conoció cuando aún estudiaba en el secundario. Había estado con ella en varias oportunidades y cuando miró el papel adonde estaba abrochado el dinero del viaje vio con claridad lo que estaba escrito. El nombre de su primera novia de la adolescencia, el nombre que por tanto tiempo no quiso volver a escuchar, Antonella. Aquella niña que se volvió mujer junto a él. No podía creer que había desechado ese recuerdo de su vida, aquel amor que había dado fruto, aquel fruto que había sido cortado antes de madurar por los padres insensibles de la joven. Claramente pudo recordar cada palabra escrita para su pequeño retoño cuando aún tenía la ilusión de verlo florecer. Su corazón se quebró, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no hubo excusas. La primer reacción de Antonio, fue mirar fijo a la niña y llorar. Era una herida que estaba instalada en lo profundo de su ser, que permaneció latente y escondida, se había corporizado. Antonella volvió a recitar los versos en forma de una canción de niños, pero esta vez, Antonio rompió el silencio, para recitarlo con su voz, hasta la última palabra. Y ella, lo miró y le dedicó una fría sonrisa que le heló la sangre. Al fin estaban frente a frente. Antonio en contra de sus propios demonios que lo miraban a través del rostro de una niña y los ojos del diablo mismo; estaba prácticamente entregado a su suerte. Débil y abatido miraba con resignación las consecuencias de su comportamiento. El hombre intentó explicar razones pero el demonio tenía sus propios planes. Comenzó a reírse burlonamente de aquel taxista que lagrimeaba como un niño asustado; mientras intentaba cubrirse los oídos. Sin más el demonio estiró sus manos aferrándose al cuello de Antonio que no tenía reacción y comenzó a estrangularlo. Antonella lo soltó y se alejó del taxista, mientras que el hombre débil por la falta de aire intentaba recuperar el aliento. Estaba jugando con él, con su vida, con sus fuerzas y lo estaba abatiendo. El demonio se movía en el interior del auto, riendo, burlándose y cuando había oportunidad volvía a atacar sin piedad. En un intento desesperado el hombre con voz quebrada intentó pedir perdón a su hija no nata, pero de aquella niña quedaba poco, un recuerdo lejano en un rostro perdido. La maldad cobraba cada vez más fuerza dentro de lo que era minutos antes, una corteza humana. Aquellas manos infantes tomaron el matafuego del auto, que estaba colocado en el parante superior de la puerta, para poner fin a la pelea y cuando estaba dispuesto a golpear al hombre que parecía rendido, Antonio con sus últimas fuerzas, grito las últimas palabras que había leído esa noche, "Demonio, te hecho fuera en el nombre poderoso de Jesús" y el demonio se detuvo en seco. La niña dejo caer el matafuegos y se arrodilló mientras emitía un llanto descorazonador y la esperanza invadió a Antonio como nunca y con lo que le quedaba de valor repitió aquellas palabras una y otra vez. Su declaración hizo retroceder al demonio, y como golpeado por las palabras que surgían de la boca de un hombre que luchaba con todas sus fuerzas, desapareció de su vista. Ante él se cayó la mascara y solo quedó delante suyo una criatura oscura que ahora pedía que aquel hombre se callara. Agonizante, se retorcía con cada embestida que Antonio le propinaba con palabras que parecían punta de espada, no se detenía. Recitando con fe y autoridad lo vio arder en llamas en el asiento trasero de aquel taxi modeló 2007 que había sido su hogar. Antonio bajo del auto libre, mientras las llamas consumían su pasado y limpiaban su futuro.
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