Renzo no podía conciliar el sueño. Se sentía como el imbécil que era. Las cosas que le había contado a Esther, el daño que le había hecho… Le había mentido, eso era verdad, pero lo que había sufrido con Samantha, lo que seguía sufriendo, lo había cambiado. Y sería comprensible que se hubiera convertido en un hombre despiadado. Entonces había dejado que otros dictasen lo que debía hacer, pero eso no volvería a ocurrir jamás. Aun así, Esther no se merecía sus mentiras. Si había alguien de verdad bueno y dulce en el mundo, era ella. –Buenos días. Renzo se dio la vuelta y la vio al pie de la escalera. –Buenos días –la saludó. Y entonces se dio cuenta de que llevaba la mochila a la espalda. Y había vuelto a ponerse su antigua ropa, una camiseta negra y una falda larg

