Esther estaba agotada emocional y físicamente. Servir mesas con los tobillos hinchados era agotador. Además, lo único que quería era meterse bajo la barra y llorar durante todo su turno porque algo dentro de ella estaba roto desde que se despidió de Renzo. Hacía mucho calor esa tarde. El cielo estaba cubierto de nubes y tenía la impresión de que pronto se desataría una tormenta. El ambiente era bochornoso, opresivo… como la presión que sentía en el corazón. Miró fuera y vio que habían empezado a caer las primeras gotas. Genial. Volver a casa sería divertido, pensó. Llegaría empapada y tendría que pasar el resto de la noche temblando de frío porque en el hostal nunca había agua caliente para todos. Un relámpago iluminó el cielo, haciendo que diese un respingo. –¿E

