Renzo no respondió. No tenía paciencia para lidiar con el enfado de Esther en ese momento. Su mundo se había puesto patas arriba porque no iba a tener un hijo, sino dos. Apenas se lo podía creer, pero había optado por seguir con su plan como si no hubiera recibido tal sorpresa en la clínica. Le había pedido en matrimonio en uno de los mejores restaurantes de Roma, donde con toda seguridad alguien les haría una fotografía que aparecería en las revistas. Las mismas revistas que habían publicado su sonado y reciente divorcio. El escenario había sido calculado para que todos creyesen que su relación con Esther era auténtica y el embarazo algo natural. Con lo que no había contado era con el beso. O, más específicamente, con cómo lo había afectado. Sí, al verla probándo

