Renzo tenía un plan y estaba convencido de que no iba a fracasar. Pensaba seducir a Esther esa misma noche. A juzgar por cómo lo miraba esa tarde, estaba más que preparada. Él no era un hombre vanidoso, pero tampoco dado a la falsa modestia. Esther se sentía atraída por él. Había visto cómo la afectaba un simple beso y estaba seguro de que sería suya en cuanto la tocase. Además, estaba impresionada por todo aquello: el lujo del viaje, los lugares del mundo que él ponía a sus pies gracias a su dinero y sus contactos. No le molestaba que tuviese interés por esas cosas; al contrario, le parecía una ayuda para su causa. Si no le importase todo eso perdería parte de su ventaja, pero Esther quería ir a la universidad, quería ver el mundo y, lo supiese o no, anhelaba sus c

