Es una tontería. Mejor no te lo cuento. –Pero quiero saberlo –murmuró Renzo, admirando la curva de sus labios, los altos pómulos y las largas y oscuras pestañas. Era el epítome de la belleza femenina, pero también de la inocencia. –Eres muy… grande –Esther pestañeó, nerviosa–. Y yo soy pequeña. Podrías dominarme si quisieras y, sin embargo, nunca lo has hecho. Hay algo muy excitante en eso. A veces estar contigo me parece peligroso y, sin embargo, sé que no me harías daño. Y no sé por qué, pero a veces pensar eso me hace temblar de arriba abajo. Renzo hizo algo entonces para lo que no encontraba explicación: deslizó los dedos por su brazo hasta apoyar el pulgar en la base de su garganta. Una demostración de poder, quizá. Podía sentir el rápido latido de su pulso all

