Las cenas en casa de sus padres siempre estaban cargadas de dramatismo y esa noche no fue una excepción. El ama de llaves los recibió en la puerta, un segundo empleado se llevó su chaqueta y el bolso de Esther y fueron acompañados al salón por un tercer miembro del servicio. Por supuesto, su madre no aparecería hasta que llegase el momento de sentarse a la mesa, pero tenía la sensación de que todo era más calculado de lo habitual. Su padre no diría nada porque no quería que su madre le tirase nada a la cabeza. Hacía años que no se portaba de forma tan histérica, pero todo el mundo sabía que era muy capaz de hacerlo y solían portarse con cierta deferencia hacia ella. Por si acaso. Renzo se volvió para mirar a Esther, que estaba admirando la barroca decoración de la

