Esther estaba acostumbrada al ajetreo del bar, a salir cada noche y trabajar hasta la hora del cierre. Era agotador, pero también lo era la rutina de arreglarse, peinarse y pulirse de la cabeza a los pies para salir con Renzo a cenar. Ser el centro de atención era algo extraño porque ella estaba acostumbrada a ser invisible, pero el escrutinio que había soportado en casa de sus padres dos días antes le había recordado a su propia casa, cuando su padre parecía estar intentando leer en su alma, buscando alguna prueba de desafío, pecado o vicio. La noche anterior, mientras cenaban en un lujoso restaurante, Renzo le había explicado en qué consistía el evento de Nueva York y por qué debía acompañarlo. Además, había pedido cita con un ginecólogo en una clínica privada fam

