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Honrar el pasado o perderse en él.

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atreverse a amar y a odiar
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Descripción

Ir como estudiante de intercambio a otro país aparenta ser un buen plan para dejar atrás el pasado que la atormenta. Dalila Rivas gana una beca para terminar sus estudios en el extranjero y, a la misma vez, superar por completo un trauma: La pérdida de su gran primer amor, Ray Russo.

Irónicamente, viaja tan lejos para terminar encontrándose con un chico muy parecido a él, suceso que la lleva a estancarse. Al principio, anhela conocer al individuo que posee características físicas similares al de su amado, y para ello, toma la decisión de acercarse a personas relacionadas con él para construir un camino y alcanzarlo. Sin embargo, ciertos acontecimientos la llevan a desviarse de su objetivo principal.

¿Preferirá vivir en el pasado o tomará un nuevo rumbo?

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PRÓLOGO
Si me preguntaran qué fue lo más hermoso que vi en mi vida hasta ahora, diría que fue un paisaje. Pero no cualquier paisaje. En lo personal, un paisaje es... Su brillante pelo rubio que recuerdan a los rayos del sol, sus profundos ojos azules como el cielo, su pálida piel cual nubes blancas, sus lunares que parecían aves migrando en su delgado cuerpo, y su voz que alojaba la frescura del viento; era una vista imposible de no admirar. Una tarde de verano iba caminando, siguiendo los pasos de aquel paisaje llamado Ray, quien ya no llevaba aquella frescura en su voz. Se veía cansado y aturdido, sus apagados ojos estaban rodeados por acentuadas ojeras y cada vez perdía más peso. Le habían diagnosticado depresión severa. La causa de aquel estado en el que se encontraba era... El maltrato físico y emocional de parte de su padre. Nadie más lo sabía aparte de mí. Su vida no siempre fue de ese modo. Los padres de Ray y mi padre eran amigos de la infancia, solían reunirse para conversar. Asistí a un internado de niñas desde que tengo memoria, tenía permitido ir a casa los fines de semana, en uno de los cuales los amigos de mi padre fueron de visita con su hijo. Fue entonces cuando lo conocí. Ray Russo, no era el primer chico que veía en mi vida, pero sí el más hermoso. Ambos íbamos a la secundaria y teníamos la misma edad. Lo veía dos fines de semana al mes y nos llevábamos muy bien, salíamos a pasear por el barrio y charlábamos en el camino. Cuando me observaba, me petrificaba, debido a la forma de sus ojos. El iris era rodeado por un borde oscuro lo que resaltaba el color cielo que lo rellenaba y unas ondas aparentaban danzar alrededor de sus pupilas, mientras que sus largas y negras pestañas remarcaban su esplendorosa mirada. Sus labios eran pequeños, pero la forma de ellos eran únicos. Quería tocarlos con mis dedos, sentir la suavidad que simulaban, pero nunca lo hice a excepción de una vez; sin embargo, no fueron las yemas de mis dedos los que los percibieron, sino mis propios labios. Fue solo por una vez, pero jamás olvidaré aquella sensación. Sus manos eran cálidas y varoniles, las tomaba cada vez que había oportunidad alguna y nunca se molestó por ello. Al contrario, cuando intentaba alcanzarlo, llegaba a la palma de su mano levemente hasta que él tomaba la mía con fuerza, se me erizaba la piel en esos momentos. Lo admiré desde el primer instante debido a su belleza, incluso lo envidiaba, tal preciosidad debía ser un pecado. Como si aún fuera una niña, al ver algo tan hermoso quería tocarlo, apretujarlo, monopolizarlo y presumirlo, tratándolo como si me perteneciera. Quería dejar mi nombre grabado en su zapato, indicando que soy su dueña. Cuando lo veía, mi corazón se agitaba tanto que alteraba todos mis sentidos, el cerebro se me desconectaba de la lengua, por lo tanto, me costaba articular palabra frente a él, lo que lo hacía soltar unas risas al escucharme hablar de manera entrecortada. Hablaba hasta por los codos, no existían los silencios incómodos a su lado. Era travieso y atrevido, refiriéndome a que le gustaban los desafíos. Compartimos en tantas ocasiones, nos hicimos realmente cercanos, y percibía que a Ray le gustaba pasar tiempo a mi lado, lo cual me alegraba. Éramos dos amigos inmaduros que reían al ver como algún perro se lamía el rabo, éramos tan tontos… Pero felices. Cuando sus labios rozaron los míos, mis emociones salieron explotando cual fuegos artificiales. Una mezcla de sentimientos en mi interior me llevó a cuestionarme, ¿lo que siento por Ray es solo admiración? En el instante en que empecé a dudarlo, no pude dejar de pensar en ello. Hasta que, eventualmente, lo admití. Me había enamorado perdida e irremediablemente de él En aquel momento, vivía con su familia lleno de amor y armonía; hasta que falleció su madre. Desafortunadamente, tan terrible pérdida sumió a su padre en la miseria, quien comenzó a beber con frecuencia, se llenó de ira y resentimiento, perdió su trabajo, hipotecó su casa y cayó en un profundo abismo donde no veía salida. Para pagar la hipoteca se endeudó enormemente con unas personas peligrosas, por lo tanto, estaba bajo constantes amenazas, los cuales lo estresaban y descargaba su ira usando a su único hijo. También dejaron de visitarnos. Mi padre intentó ayudar al Sr. Russo en diversas ocasiones, pero él lo rechazaba. Un tiempo después sin verlos, decidí que iría a visitarlos por mi cuenta. El Sr. Russo me recibió con mucha amabilidad intentando ocultar lo que sucedía en realidad, pero al ver a Ray en tan terrible estado me derrumbé, aquel hermoso paisaje se estaba desmoronando. Cuando llegaron las vacaciones de verano, fui a su casa todos los días, hubo momentos en los que el Sr. Russo me pidió no volver pero no lo obedecí, sino que fui de todos modos. Me había dicho que la condición de Ray era a consecuencia de una depresión severa que se originó luego de la muerte de su madre; sin embargo, Ray terminó por sincerarse conmigo y me confesó lo que en verdad le ocurría. Luego de saberlo, lloré desconsoladamente, me hizo prometer que guardaría el secreto y me aseguró que encontraría la forma de escapar. Nunca sucedió, pues Ray estaba cegado por el miedo. Ese miedo era la manera del Sr. Russo de controlarlo. Intentó quitarse la vida un par de veces, pero no lo logró. Sentí mucha impotencia, quería ayudarlo pero no tenía idea de cómo hacerlo sin traicionar su confianza. A pesar de todo, Ray me agradecía por no dejarlo solo, decía repetidamente que mi compañía le brindaba paz. Aquella tarde de verano, íbamos caminando por la calle luego de haberle insistido tanto para hacerlo. Observaba su delgada espalda, su camiseta le quedaba grande. De repente, se detuvo y dió un giro hacia mí. —Quiero regresar a casa —dijo. Fruncí el ceño, me acerqué a él y lo tomé del brazo. —Sigamos —sostuve. Ray estiró su brazo sacándolo de mí. —No tiene caso —respondió con resignación. Dió vuelta y comenzó a caminar en sentido contrario para volver a su casa. Me acerqué de nuevo y lo tomé de la mano con intención de detenerlo. Fue la última vez que tomé su mano. De un momento a otro, Ray yacía en el suelo sin vida, debido a que un segundo después de haber alcanzado su mano, una bala le había atravesado el cerebro. No grité, no lloré, sólo me quedé allí, observando la sangre que salía de su cabeza. No pedí ayuda, ni siquiera volteé a mirar quién le había disparado. No moví un dedo, no podía hacerlo, estaba petrificada. No recuerdo nada más después de lo ocurrido, me encontraba en un estado de shock emocional que perduró por varios días. Poco a poco fui recuperando la conciencia gracias a que mi padre siempre estuvo pendiente de mí, pero sufría de pesadillas casi todas las noches y a consecuencia de ellas tenía insomnio. En mi cabeza, se repetía aquel momento una y otra vez. Me sentía culpable. Por haberlo obligado a salir de su casa. Por no haber hablado sobre lo que le sucedía a alguien más y salvarlo, sin que me importara romper mi promesa. Por haber sido egoísta. Mi padre intentaba liberarme de aquella culpa, mencionó que a Ray lo tenían vigilado, lo cual significaba que lo habrían asesinado en cuanto encontraran la oportunidad. No volví a ir al internado ese año. Luché por recuperarme para poder terminar la secundaria, y en cuanto mi padre vio los resultados del tratamiento, se le ocurrió que quizás un cambio de ambiente sería lo ideal para mí. No estaba segura de ello pero no quería defraudarlo, así que decidí escuchar su propuesta: Ir de intercambio a otro país, aprovechando que el internado tenía convenio con un instituto extranjero. Como siempre fui una estudiante modelo, habría chance de solicitar una beca y ganarla. Acepté, se iniciaron los trámites para la postulación, y gané una beca para ir a la preparatoria fuera del país.

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