Una vez llegué a casa, Gaël, ya me estaba esperando. Me sorprendí al verlo. ¿Cuándo había salido que yo no lo había visto? Me arrinconó en la esquina de al lado de la puerta y me escudriñó contra la pared besándome los labios, el cuello, y los pechos. Si algunos de mis vecinos hubiesen salido en aquel momento se hubiera encontrado con el percal. -¿Estás bien? -Sí, ¿por? -su acento francés me encantaba. -Tal vez por esto –señalé donde nos encontrábamos y él sonrió con descaro, sin duda le hacía gracia haberme atacado de aquella manera. -Vamos dentro y quítate la ropa. Situada sobre la cama a cuatro patas, mordí las sabanas de mi cama de hierro blanco mientras tanto Gaël me embestía por detrás incansablemente. Me sujetaba por las caderas y me movía a su antojo, con posesión. Entretant

