Episodio 7

1032 Palabras
POV NATHANAEL Todos perdimos el apetito cuando sonó el teléfono de la casa. Solo Hannah parecía ajena: sonreía con una tranquilidad peligrosa, como si las palabras de su padre no la tocaran… aunque sabíamos que lo habían hecho, aunque solo fuera por unos segundos. —¿Qué vas a hacer, Hannah? —preguntó Cloe, mirándola a los ojos—. Sabes que no puedes ir a la boda, tenemos el desfile. David y yo nos miramos, confundidos. Desfiles. Moda. Tecnología. Era cierto, ellas vivían en ese mundo, pero nunca imaginé que un desfile pudiera competir con un asunto familiar. —En ningún momento dije que iría al casamiento —replicó Hannah, fría. —Pero… —empezó Cloe. —No, Cloe —la cortó Hannah con una sonrisa que no era dulce—. No voy a esa maldita boda. Si Sebastián quiere tacharme de “fácil”, que lo haga. Yo puedo hundirlo con una sola tecla. David abrió la boca para protestar, pero ella lo miró y él se calló. Había en sus ojos un algo que parecía advertencia: mejor no forzarla. —Hermano —dijo ella, con esa sonrisa perversa la cual nos dio un escalofrío seguramente a todos—. Estoy hasta las narices de esconderme, les diré la verdad o mejor, que la diga Cloe. Ahora tengo asuntos que atender; discúlpenme. Se levantó y salió sin más explicación, dejándonos a David y a mí con la incómoda sensación de haber sido desplazados de su atencion. Cloe nos hizo una señal con las manos para que nos acercáramos mas al rededor de la mesa para retomar el hilo. —Chicos —dijo, mientras ambos nos acercábamos—. Hannah y yo, hace un par de años, empezamos una marca de moda con dinero que su abuelo nos dejó. Planeábamos incluirla en los negocios familiares, pero decidimos mantenerla en el anonimato. No queríamos que el apellido nos abriera puertas; queríamos ganar reconocimiento por nosotras mismas. —¿Por qué no nos lo dijeron? —preguntó David, sorprendido. —Porque queríamos hacerlo solas —contestó Cloe, con orgullo—. No queríamos que pensaran que éramos exitosas por nuestros hermanos. David y yo nos miramos, heridos por la falta de confianza. Pero entendíamos el motivo: si nuestros padres se enteraban, nos habrían obligado a meternos y habríamos puesto en riesgo su reconocimiento, y lo único que iban a mencionar era que por nosotros ellas eran lo que eran. Lo mejor era que no se supiera. —Hoy tenemos un desfile importante —continuó Cloe—. No podemos ir a la boda de la chica de plástico y seguramente el maldito de Sebastián haria de lo suyo. Mi hermana nos mira con tristeza como si ya no supiera qué hacer, pero yo iba a idear un plan, no iba a dejar que mi hermanita estuviera triste por las cosas que Sebastián le hacía a su mejor amiga. … Las horas habían pasado y nada habia mejorado, habiamos decidido encender la televisión, mientras las chicas se preparaban para su desfile, y lo que habiamos encontrado fue a Sebastian dando una entrevista, el hombre que se queria casar con Hannah, el mismo tipo que probablemente había drogado a Hannah y a Cloe, dando una entrevista. —Nos ha llegado el rumor de que estás comprometido —dijo la reportera, con una sonrisa cómplice—. ¿Es cierto? —Sí —afirmó él con suficiencia—. Estoy comprometido con la mujer más hermosa del mundo, nieta del señor Anderson. Creo que todos la conocen. —¿Se refiere a la señorita Williams? —preguntó la reportera, sorprendida. David apretó los puños; su rabia era visible. El tipo sonrió y prosiguió como si estuviera hablando de lo mas importante que podría pasar en su vida. —Prefiero guardar el secreto, por ahora. Pero quien se meta con mi chica, lo destruyo. Ambos estamos profundamente enamorados y nos casaremos cuanto antes. El control remoto voló de mi mano como una reacción instintiva. Lo lancé con todas mis fuerzas contra la pantalla; el plástico se hizo añicos y la imagen se desintegró en fragmentos. No iba a permitir que ese idiota se burlara, ni que amenazara a Hannah con su puñetera “verdad”. No era cobarde; por lo que yo me haria responsable de lo que habia hecho anoche, esto ya no era un compromiso falso para mi, era lo mas real que habia tenido en mi vida. —¿Qué ha pasado? —preguntó Hannah cuando entró con la cara a medio maquillar, seguida por Cloe. Noté el sobresalto en sus ojos y aunque ella no hubiera visto la nota, sabia que mi reacción era por algo que le afectaría a ella David y yo callamos un instante, ambos sabiamos que era mejor soltar la verdad de una vez; fuera la que fuera, los periodistas no tardarían en aparecer y las cosas se podrían descontrolar. —Sebastián ha hablado en una entrevista —dije, mirando sus ojos verdes—. Ha dicho que está comprometido con una de las nietas del señor Anderson. El rostro le cambió la expresión en un parpadeo: del asombro a la furia en menos de un segundo. Había quedado acorralada. Todos sabíamos que solo quedaba una nieta libre y esa era ella. La mentira de su padre se estrechaba como una soga alrededor de ella. —¿Quiere jugar sucio? —preguntó Hannah, mirándonos con una ira contenida—. ¿Pues voy a jugar sucio? Nos miramos, sin saber exactamente qué querría hacer, pero con la seguridad de que no nos aguardaba una guerra sencilla. Hannah tenía algo que nosotros, hasta ese momento, ignorábamos: un as bajo la manga. Esa fue la razón de su calma hoy temprano. Su padre no la conocía bien; la subestimaba. En ese instante, comprendí que conocía aún menos a mi hermana y a Hannah de lo que creía. Eran dos mujeres que ocultaban mucho más de lo que mostraban. No se trataba simplemente de protegerlas: tal vez, si les dieran oportunidad, serían ellas quienes destruyeran lo que hiciera falta, sin remordimiento. Y eso me dio tanto miedo como orgullo.
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