La apuesta
Punto de vista de Paula
Mi madre me puso como nombre Paula y, por suerte, mi padre me cedió su apellido; así que mi nombre es Paula Miller.
Justo hoy, el día de mi cumpleaños número veinticuatro, descubrí que toda mi vida había sido una mentira.
Mi padre no había muerto, como mi madre me dijo.
Aquel hombre que me dio la vida se había ido después de darme su apellido.
Mientras estoy en el bar de un hotel del centro de la ciudad, me tomo algunas copas de vino con mis dos mejores amigas: Leila y Daelis.
Y para olvidarme de ese sabor amargo, empezó un juego peligroso.
—Hagamos una apuesta —dijo Daelis sonriendo. —De esta manera Paula olvidará todo lo malo.
La miré un poco asombrada y no pude evitar soltar una sonrisa de burla.
—¿Con qué vienes ahora, Daelis? —preguntó Leila con seriedad.
Daelis no le hizo caso; simplemente la miró y luego sus ojos se volvieron hacia mí.
—Apuesto un carro a que Paula se quedará virgen y jamona toda su vida —finalmente dijo.
Todas nos echamos a reír. Tomé de mi copa, bebí y luego le respondí.
—Daelis, eso no pasará. No me quedaré virgen y jamona.
—Pues como vas, parece que sí.
—Te apuesto que hoy dejaré de ser virgen —le respondí mientras miraba a mi alrededor. —Elegiré a uno de aquí, hay muchos guapos.
Leila, asombrada y preocupada, se levantó de su asiento y se acercó a mí.
—No hagas eso. No es necesario, el amor de tu vida llegará en cualquier momento.
Sin responderle, me levanté de la silla, caminé unos pasos hacia el centro del bar y di una vuelta completa sin mover mis pies del mismo sitio.
Y finalmente lo vi.
Mis ojos se enfocaron en un hombre de espalda erguida y traje azul perfecto que subía unos escalones.
Sin pensarlo dos veces, empecé a caminar dirigiéndome a las escaleras, pero sentí un fuerte tirón en el brazo.
—¿Qué crees que haces? Detente ahí —dijo Leila intentando detenerme.
Me zafé de su mano y la miré fijamente a los ojos.
—Leila, reconozco que el vino se ha subido un poco a mi cabeza, pero sé lo que hago. Si ese hombre que vi me rechaza, volveré con ustedes y Daelis habrá ganado.
Sin esperar respuesta, empecé a subir escalón por escalón.
Al llegar al final y ver el largo pasillo, no había nadie.
Caminé hasta el fondo y, al girar la cabeza hacia la izquierda, ahí lo vi entrando a su suite.
Escuché el sonido de la puerta cerrarse y me acerqué.
Levanté la mano para tocar, pero en el fondo de mi corazón no me atrevía; estaba dispuesta a no continuar con esa apuesta.
Me giré para marcharme, pero cuando di dos pasos, me detuve y pensé que con veinticuatro años ya era irracional ser virgen.
Así que volví a quedar frente a esa puerta.
Toqué dos veces. Pensé que nadie abriría, pero después de unos pocos segundos, finalmente se abrió la puerta; sin embargo, no se vi a nadie.
Entré y todo estaba casi a oscuras; había muy poca luz.
Mientras trataba de ver si había algo que me dijera de quién se trataba, escuché un sonido que provenía de una habitación.
Con sigilo me acerqué y me asomé. Allí también había poca luz.
—Al fin llegas —dijo una voz que me erizó la piel.
No tuve tiempo de responderle, porque lo próximo que sentí fueron unas manos fuertes y suaves.
Me sentí un poco nerviosa y juro que estaba a punto de arrepentirme, pero de repente sentí su boca y me besó.
Sus labios movían los míos salvajemente; nunca había experimentado algo así y confieso que me gustaba tanto que cedí a ellos.
Él me acorraló contra la pared. Su cuerpo estaba presionado contra el mío, recordándome que no había escapatoria.
Solté un suspiro entrecortado cuando sus labios descendieron por mi cuello, trazando un camino de fuego que me dejó sin aliento.
—No debes estar nerviosa, no haré nada que no hayas hecho antes —dijo con esa voz encantadora.
No dije nada. En su lugar, él me cargó en sus brazos y me llevó hasta la cama.
Sus labios una vez más fueron míos y juro que disfrutaba lo desconocido.
Cuando el momento finalmente llegó se volvió inminente, él sintió la resistencia natural de mi cuerpo.
Sentí cómo se detuvo un instante y, aunque no veía su rostro, podía imaginar todo lo que pasaba por su mente.
—¡Vaya, la agencia ahora envía chicas vírgenes! —dijo en un tono de burla y seriedad a la vez.
Por primera vez, finalmente hablé.
—No debes preocuparte por eso, solo hazlo —le respondí en un tono excitado.
Sin responderme, él me besó una vez más.
Sentí cómo sus manos se deslizaban por mi abdomen y no pude evitar gemir.
—La primera vez de una chica es algo importante, así que haré que sea inolvidable —dijo.
Con sus fuertes brazos, atrajo mi cuerpo bajo el suyo.
Su boca recorrió mi cuello y luego mis labios una vez más.
Cuando finalmente me tomó, lo hizo con una lentitud pasional, queriendo minimizar mi dolor, siendo consciente de que estaba reclamando algo que nadie más había tocado.
En ese instante de vulnerabilidad extrema, sentí que le entregaba no solo mi cuerpo, sino una parte de mi alma a un hombre del que no sabía ni el nombre ni había visto su rostro.
Él, por su parte, sintió una chispa de posesión que me pareció que lo asustó; no era solo placer, era la sensación de haber dejado una marca imborrable.
Cuando finalmente todo terminó, él no dijo nada y yo tampoco lo hice; solo sé que me había tardado al menos seis años en disfrutar un poco.
Escuchaba su respiración agitada y, aunque me sentía avergonzada, no pude evitar sonreír.
—¿Entiendes que esto no volverá a pasar? —me preguntó con caballerosidad.
Respiré hondo, iba a responderle, en serio lo haría, pero me desvanecí y me quedé dormida.