Pasé las diapositivas mostrando una estética minimalista, oscura y elegante.
Expliqué cómo usaríamos algoritmos de exclusividad para que solo ejecutivos con ciertos activos recibieran la invitación privada para ser miembros del club del hotel.
No habría publicidad en vallas, sino en eventos de alta gama de forma subliminal.
—El marketing se basará en el silencio —continué con pasión. —Porque el verdadero lujo no grita, el verdadero lujo se susurra. Queremos que el cliente sienta que entrar a este hotel es entrar a una logia de éxito internacional.
A medida que avanzaba, vi cómo incluso Rafael dejaba de lado su actitud coqueta para escucharme con atención.
Bruno, por su parte, había dejado de apretar el bolígrafo.
Me miraba con una intensidad distinta, parecía orgulloso de mí.
Él sabía que yo era brillante, y ver cómo dominaba la sala lo hacía sentir el hombre más poderoso del mundo.
Al finalizar, el silencio reinó por unos segundos hasta que Enrique empezó a aplaudir con una sonrisa genuina.
—¡Brillante! —exclamó Enrique. —Este proyecto será un éxito rotundo, y más con esa publicidad tan acertada. Paula, has captado la esencia de lo que queríamos mejor de lo que imaginamos.
Bruno sonrió con una sonrisa de victoria compartida.
—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Bruno, mirándome a los ojos. —Sé que no me equivoqué al elegir a Paula para este puesto. Es la mejor en lo que hace.
—Muchas gracias a todos —dije, sintiendo un alivio momentáneo mientras tomaba asiento.
—Bien —dijo Bruno, retomando el control. —La reunión ha terminado. Lo que queda es supervisar que la construcción mantenga el ritmo necesario y que Paula siga coordinando con su equipo. Pueden retirarse.
Enrique se levantó, pero antes de salir, miró a Bruno con seriedad.
—Bruno, me gustaría tratar un tema personal antes de irme. Algo de familia.
—Vayamos a mi oficina —respondió Bruno, levantándose.
—Yo voy con ustedes —añadió Sasha de inmediato, levantándose con una agilidad felina.
Los tres salieron de la sala, yo empecé a recoger mi tableta y mis notas, dispuesta a huir a la soledad de mi oficina para procesar la náusea que volvía a subir por mi garganta, pero Rafael no se movió de su sitio.
—Estoy impresionado, Paula —dijo él, acercándose a la mesa donde yo estaba. —Sabía que eras hermosa desde que te vi entrar, pero no esperaba que fueras tan inteligente. Esa presentación fue arte puro.
—Le agradezco el cumplido, Rafael —respondí, tratando de ser breve y profesional.
—Me gustaría invitarte a cenar esta noche —soltó él sin rodeos, con esa misma confianza que me irritaba. —Me encantaría profundizar en algunas de tus ideas... y conocerte mejor fuera de estas cuatro paredes.
—Lo lamento, pero no puedo —dije con firmeza. —Tengo un compromiso previo.
Rafael soltó una risa, demostrando que no estaba nada intimidado por mi rechazo.
—Bueno, el que la sigue la consigue. Dame al menos tu número de teléfono para preguntarte otro día. Solo por negocios, si eso te hace sentir más cómoda.
Dudé inmediatamente, sabía que negarme a darle el número al hijo de nuestro socio principal podría crear una fricción innecesaria, y en mi estado actual, lo último que quería era más problemas.
—Está bien —dije finalmente.
Él me entregó su móvil, un dispositivo de última generación. Escribí mi número rápidamente y se lo devolví.
—Gracias, Paula —dijo él, guardando el teléfono como si hubiera ganado un trofeo. —Te escribiré muy pronto.
—Es mejor que volvamos a la oficina de Bruno —le dije, caminando hacia la puerta. —Debo seguir con mi trabajo y asumo que tú debes reunirte con tu padre.
—Te acompaño —respondió él, siguiéndome de cerca.
Llegamos a la oficina de Bruno justo cuando Enrique y Sasha estaban saliendo.
Rafael se acercó a su padre.
—¿Ya hablaste con Bruno, papá? —preguntó Rafael. —Es hora de irnos a nuestros demás compromisos.
—Sí, ya terminamos —respondió Enrique.
Sasha me lanzó una mirada de desprecio puro antes de caminar hacia el ascensor.
Rafael se detuvo frente a la puerta, mirando hacia atrás, directamente a mis ojos, ignorando que Bruno estaba justo detrás de su escritorio.
—Espero que cuando te escriba estés disponible para esa cena, Paula —dijo Rafael con una sonrisa desafiante antes de marcharse sin esperar respuesta.
Me quedé inmóvil unos segundos. Escuché cómo Bruno se levantaba lentamente de su silla.
Sus pasos eran pesados mientras caminaba hacia mí.
—¿De qué cena hablaba Rafael? —preguntó Bruno, y su voz tenía ese tono bajo y peligroso que usaba cuando estaba a punto de perder los estribos.
—No tiene importancia, Bruno —respondí, tratando de restarle peso al asunto. —Solo fue una invitación que rechacé.
—¡Para mí sí la tiene! —exclamó él, acortando la distancia. —Ese tipo te besó la mano frente a todos y ahora sale de mi oficina hablando de una cena. ¿Por qué le diste tu número, Paula? Estás aceptando salir con otro hombre siendo mi novia.
—Estás exagerando las cosas —le dije, sintiendo que la presión me agobiaba. —Rafael es el hijo de tu socio. Le di el número por cortesía profesional. No significa que vaya a salir con él.
—¡Tú exagerarías si fuera al revés! —me gritó. —Si yo le diera mi número a una inversionista y ella hablara de cenar conmigo delante de ti, me quemarías la oficina.
—No voy a discutir una tontería como esta contigo, Bruno —dije, dándome la vuelta para salir. —Tengo cosas reales de las que preocuparme.
Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, Bruno me jaló del brazo con fuerza, obligándome a girarme.
Sus ojos mostraban que estaba muy enojado.
—Ten mucho cuidado con lo que haces, Paula —me advirtió, apretando mi brazo. —No juegues conmigo.
—¡Suéltame! —le dije, tratando de zafarme. —Deja tus celos absurdos, me lastimas.
Él me miró, y por un segundo su ira flaqueó, pero en lugar de soltarme, me atrajo con violencia hacia su cuerpo.
Sin decir una sola palabra, capturó mis labios en un beso apasionado.
Al principio, traté de resistirme, manteniéndome rígida, pero la cercanía con él siempre terminaba por doblegarme.
Mis manos, que antes empujaban su pecho, terminaron aferradas a su espalda.
Cedí al beso, dejando que la intensidad de su posesión me envolviera.
Cuando nos separamos, ambos estábamos respirando con dificultad.
—Yo solo tengo ojos para ti, Bruno —le dije, odiándome por la debilidad. —Deja de dudar de mí.
Él me miró, y suspiró profundamente.
—Eso espero, Paula. Porque no sé qué sería capaz de hacer si te perdiera.
Le sonreí con una tristeza oculta tras mis labios.
—Te invito a cenar esta noche —le dije, queriendo recuperar un poco de la paz que nos quedaba. —Yo invito. Vamos a ese lugar de pastas que tanto te gusta.
La mirada de Bruno se volvió dulce de nuevo.
—Acepto —respondió, dándome un beso corto. — Pero ahora, vete a tu oficina antes de que decida que el trabajo puede esperar y te encierre aquí conmigo.
Me reí levemente y salí de su oficina.
Caminé por el pasillo sintiendo que el aire me faltaba. Al entrar a mi propia oficina, cerré la puerta con llave y me dejé caer en mi silla, cubriéndome la cara con las manos.
—No podré ocultarlo por mucho tiempo —me dije en la soledad de la habitación. —No podré ocultarle a Bruno mi embarazo.
El éxito del proyecto del hotel, las invitaciones de Rafael, los celos de Bruno... nada de eso importaba frente a la realidad de que mi cuerpo estaba cambiando.
Esta noche, mientras cenáramos, tendría que mirarlo a los ojos sabiendo que nuestra burbuja de felicidad estaba a punto de estallar.
¿Cómo decirle al hombre que odia las ataduras que la mayor de todas ya estaba aquí?
Apoyé la cabeza en el escritorio y lloré en silencio, sintiendo que el peso del secreto era más grande que todo el imperio Santoro.
Aún así, logré concentrarme en mi trabajo? Y finalmente, el final de la jornada laboral llegó con una pesadez metálica.
Mis dedos se sentían entumecidos de tanto teclear, pero mi mente estaba en otro lugar, vagando por los pasillos de un laberinto sin salida.
Recogí mis cosas con movimientos mecánicos.
Fui al baño y Me miré al espejo antes de salir; mis ojos estaban ligeramente enrojecidos y mi palidez era evidente, pero me apliqué un poco de rubor, intentando fingir una vitalidad que se me escapaba por los poros.
Tenía que ser fuerte. Esta noche era nuestra noche. La noche que yo misma había propuesto para intentar, quizás, encontrar el valor de hablar... o para despedirme de la paz antes de que la tormenta estallara.
Caminé hacia el ascensor privado. Las puertas se abrieron y, como si el destino lo hubiera orquestado, Bruno ya estaba allí.
Se veía impecable, aunque con la corbata ligeramente aflojada, un signo de que el día también había sido agotador para él.
En cuanto entré y las puertas se deslizaron cerrándose, aislándonos del resto del mundo, no hubo palabras.
Bruno dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa voracidad que siempre me dejaba sin aliento.
Me tomó por la cintura y me estampó contra la pared espejada del ascensor, capturando mis labios en un beso apasionado.
—No te imaginas cuánto te deseo— Me dijo en voz baja.
Por un segundo, me olvidé de las náuseas, de las pruebas y del miedo. Por un segundo, solo existía el calor de su cuerpo contra el mío.