—¡Lo sabía! —chilló—. Sabía que esta boda repentina era por algo sucio.
—Aunque Paula no hubiese estado embarazada, esta boda sería un hecho —mintió Bruno con una naturalidad aterradora—. Así que guarda tu veneno.
—¡Nunca quisiste casarte conmigo! —gritó Sasha—. ¡Nunca quisiste hijos! Y llega esta... esta cualquiera, y de repente lo tienes todo.
—Es mejor que se marche —ordenó Bruno, haciendo una señal a los hombres de seguridad—. No permitiré que le haga pasar un mal rato a mi esposa.
Los guardias tomaron a Sasha de los brazos. Ella luchó, gritando insultos y maldiciones mientras la arrastraban fuera del jardín. Sus gritos se fueron perdiendo a lo lejos, dejando un ambiente incómodo. Bruno se giró hacia el juez como si nada hubiera pasado.
—Continúe, por favor.
—Bien... —el juez carraspeó, visiblemente nervioso—. Solo me resta decirles que los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Bruno me tomó de la cintura y me atrajo hacia él. Sus labios se posaron sobre los míos en un beso que empezó siendo técnico, pero que se prolongó por más de treinta segundos. Fue un beso tierno en la superficie, pero cargado de una posesividad que me dejó sin aliento mientras los invitados aplaudían con entusiasmo.
—Disfruten de la noche —dijo Bruno a la multitud cuando nos separamos—. Coman y beban, celebren con nosotros.
Varios invitados se acercaron a felicitarnos. Yeison, el mejor amigo de Bruno, fue el primero.
—Finalmente te cazaron, amigo —dijo Yeison riendo, dándole una palmada en la espalda a Bruno—. Felicidades, de verdad. Y a ti, Paula, bienvenida a la familia.
—Gracias, Yeison —respondí con mi mejor sonrisa de catálogo.
Bruno me apretó la mano.
—Discúlpame, Yeison, pero debo llevar a mi esposa con mi madre y mi hermana. Nos vemos luego.
Caminamos hacia una mesa donde dos mujeres nos observaban con atención. Una era una mujer elegante, de cabello canoso perfectamente peinado y ojos inteligentes: Rebeca. A su lado, una joven de unos veinte años, con una sonrisa vibrante que recordaba un poco a la de Bruno antes de que el odio lo consumiera.
—Madre, hermanita —dijo Bruno—. Ella es Paula, la mujer de la que tanto les hablé.
Rebeca se puso de pie y me envolvió en un abrazo cálido, con aroma a flores caras.
—Deseaba tanto conocerte —dijo Rebeca—. No pensé que lo haría justo en el día de la boda, pero estoy encantada. Mi nombre es Rebeca.
—Es un gusto conocerla, señora Rebeca —dije con sinceridad.
—Y yo soy Aitana —dijo la joven, dándome un abrazo entusiasta—. ¡Por fin alguien que pone a este ogro en su lugar!
—Es un gusto, Aitana —me reí, sintiendo por primera vez una calidez real en esa casa.
—Mi cielo —dijo Bruno, rodeándome con el brazo de forma protectora—, espero que no tengas problemas con que mi madre y mi hermana se queden en la mansión un tiempo viviendo con nosotros.
—De ninguna manera —respondí, siguiendo el juego—. Ellas tienen todo el derecho a estar en su casa.
Nos sentamos con ellas. La cena transcurrió entre anécdotas.
—¿A dónde se irán de luna de miel? —preguntó Aitana con curiosidad.
—Por el momento a ningún lado —respondió Bruno de inmediato—. Es prioridad cuidar del embarazo de Paula y además tengo mucho trabajo acumulado.
—Estoy tan feliz de saber que seré abuela —dijo Rebeca, tomando mi mano—. ¡Y de dos bebés! Es una bendición doble.
—Confieso que pensé que jamás sería tía —añadió Aitana riendo—. Bruno siempre decía que los niños no estaban en sus planes.
—Bruno es una caja de sorpresas —añadí, mirando a mi ahora esposo, quien solo me devolvió una mirada enigmática.
La noche avanzó. Los invitados empezaron a retirarse. Me acerqué a Daelis y Leila, que esperaban junto a la salida.
—El chofer las llevará a casa —les dije, dándoles un abrazo rápido.
—Por favor, Paula, cualquier cosa llámanos —susurró Daelis—. No me gusta dejarte aquí.
—Estaré bien —le aseguré al oído—. Solo tengo que fingir amor y fingir que mis hijos son de él por un tiempo.
—Lamento tanto todo esto —dijo Leila con tristeza.
—Todo esto solo durará dos años —les recordé—. Pasará rápido.
—Esa es una buena noticia —asintió Daelis. Se despidieron y vi cómo el auto se alejaba, dejándome sola en la boca del lobo.
Entré a la sala de la mansión. Bruno estaba allí, junto a la escalera, esperándome.
—Estoy cansada —le dije—. Me gustaría descansar.
—Sígueme —dijo él secamente.
Subimos a la planta alta. Me llevó a una habitación inmensa, lujosa, decorada en tonos crema y madera oscura. Había una cama king size que dominaba el espacio.
—Esta será nuestra habitación —sentenció Bruno, cerrando la puerta con seguro.
—Es... muy grande y bonita —dije, sintiendo que el corazón me latía con fuerza por el nerviosismo.
Bruno comenzó a quitarse el saco, lanzándolo sobre un sillón. Luego, con movimientos lentos y calculados, se desató la corbata y empezó a desabotonar su camisa.
—¿Qué haces? —pregunté, retrocediendo un paso.
Él se acercó a mí, con el torso parcialmente descubierto. Sus ojos ya no tenían esa frialdad de hielo, sino una llama de deseo oscuro y posesivo.
—Usted es mi esposa, Paula —dijo con voz ronca—. Y debe cumplirme como tal. No crea que este matrimonio será solo de papel.
Antes de que pudiera protestar, me tomó del rostro y me besó. No fue un beso tierno como el del jardín; este era un beso cargado de exigencia, de un hambre que me hizo vibrar a pesar de mi miedo. Me cargó con facilidad y me llevó hasta la cama, depositándome con cuidado sobre las sábanas de seda.
Al principio, intenté empujarlo. Mi mente me decía que esto no estaba bien, que él me odiaba. Pero mi cuerpo... mi cuerpo lo recordaba. Recordaba su tacto, su olor, la forma en que su piel encajaba con la mía. Cuando sus manos recorrieron mis curvas y sus labios encontraron mi cuello, mis defensas empezaron a desmoronarse.
—Bruno... no —susurré, aunque mis manos ya se enredaban en su cabello.
—No digas que no lo deseas —murmuró él contra mi piel—. Porque sé que te mueres por estar en mi cama para creerte con derechos sobre todo lo que tengo.
Me quedé en silencio, no supe qué decir, y justo en medio de esa vereda, terminé cediendo.
El deseo fue más fuerte que el rencor, más fuerte que el contrato y más fuerte que el engaño.
Mis manos, que antes se resistían, terminaron enredadas en su cabello, tirando de él para profundizar un beso que ya no tenía nada de fingido.
Nos entregamos el uno al otro en una danza de pasión y sombras, donde por unas horas, el odio se transformó en placer puro.
En el punto máximo de la pasión, por un instante fugaz, volví a ver al Bruno que me miraba con adoración en la oficina, pero cuando el éxtasis pasó y el silencio regresó a la habitación, la realidad cayó sobre nosotros como un balde de agua helada.
Él se apartó, dándome la espalda casi de inmediato. Se cubrió con las sábanas y el calor que nos había unido se disipó en segundos.
Yo me quedé allí, mirando el techo, había cedido, le había entregado mi cuerpo, y por más que quisiera odiarlo, no podía.
—Mañana empieza tu vida como la señora Santoro —dijo él, con la voz ya recuperada y fría—. No te acostumbres a esto. Fue solo una forma de recordarte quién tiene el control.
Cerré los ojos, permitiendo que una última lágrima rodara por mi mejilla. Me toqué el vientre con suavidad debajo de las sábanas. "Perdónenme", les pedí mentalmente a mis hijos. "Mami será fuerte por ustedes, aunque tenga que vivir en este infierno de lujo".
La luz del sol se filtraba con una impertinencia dorada a través de los pesados cortinajes de la habitación principal. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso de la realidad cayendo sobre mis hombros antes de que mi mente terminara de despertar. Al estirar la mano, el lado derecho de la cama estaba frío. Vacío. Bruno se había ido, dejando tras de sí solo el aroma de su perfume y el eco de una noche que todavía me quemaba la piel y el orgullo.
Me senté en la cama, frotándome el rostro. La seda de las sábanas se sentía como una caricia hipócrita. De repente, tres golpes firmes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—¿Quién es? —pregunté, envolviéndome rápidamente en la sábana de seda, cubriendo mi desnudez como si fuera un escudo.
Abrí la puerta solo un poco, asomando apenas la cabeza. Una empleada joven, de uniforme impecable, me dedicó una inclinación de cabeza profesional.
—Buenos días, señora Santoro —dijo con un tono que me hizo estremecer. "Señora Santoro". El título sonaba a sentencia.
—Buenos días —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
—El señor Santoro, la señora Rebeca y la señorita Aitana la están esperando en el comedor para desayunar. El señor Santoro pidió que no tardara.
Sentí una punzada de pánico. No tenía mi maleta, no tenía mi ropa, no tenía nada más que el vestido de novia que ahora yacía arrugado en el suelo.
—Gracias por avisar —le dije, sosteniendo la sábana con fuerza—, pero... por favor, dígales que no podré bajar ahora. Tengo un problema con la ropa. No tengo qué ponerme.
La empleada me dedicó una sonrisa pequeña, casi cómplice.
—No tiene problemas de ropa, señora. El señor Santoro dio instrucciones precisas. Hay mucha ropa para usted en el clóset. Con su permiso.
Se retiró por el pasillo. Cerré la puerta y me quedé mirando el espacio vacío. Caminé hacia una puerta lateral que no había notado la noche anterior. Al abrirla, se encendieron unas luces automáticas que revelaron un vestidor digno de una revista de moda. Habileras de vestidos, blusas, pantalones y trajes de sastre. Estantes llenos de calzado de diseñador y bolsos. Me acerqué a un par de zapatos y revisé la talla: era la mía. Miré un vestido: mi medida exacta.
—Bruno tenía todo fríamente calculado —susurré con amargura—. Me compró incluso antes de que aceptara el precio.
No perdí tiempo. Entré al baño, dejando que el agua caliente relajara mis músculos tensos y tratara de lavar la sensación de sus manos sobre mi cuerpo. Al salir, elegí un traje de oficina elegante pero sobrio: un pantalón de tela fina y una blusa de seda color crema. Me maquillé lo suficiente para ocultar las ojeras y bajé las escaleras con la cabeza en alto.
Al llegar al final de la escalinata, otra empleada me esperaba.
—Por aquí, señora. Sígame al comedor.
La seguí a través de los salones hasta llegar a un comedor iluminado por ventanales que daban al jardín. Allí estaban los tres. Rebeca leía el periódico, Aitana revisaba su teléfono y Bruno... Bruno parecía el rey de su propio imperio, tomando café con una calma exasperante.
—Buenos días —dije al entrar, tratando de que mi voz sonara firme—. Disculpen la tardanza.
Tomé asiento frente a Bruno. Él dejó su taza de porcelana sobre el plato con un tintineo sutil y me clavó esa mirada azul que siempre parecía estar analizando mi siguiente movimiento.