—Es mentira —intervino Sasha. —Solo quiere dar lástima. —¡Cállate! —le grité. Volví a mirar a Bruno, que me observaba con una expresión indescifrable. —Ya no más, Bruno. Por favor, no más discusiones. Desde este momento... yo renuncio a ti. No esperé su respuesta, no quería ver su indiferencia ni escuchar otra de sus frases lapidarias. Me di la vuelta y caminé hacia las escaleras con toda la dignidad que pude reunir. Entré en la habitación y cerré la puerta con llave. Me desplomé contra la madera, deslizándome hasta el suelo mientras el llanto desgarraban mi garganta. —¿Por qué? — dije, abrazando mis rodillas. —¿Por qué tengo que sufrir tanto por amar a alguien que no me cree? Escuché el sonido de la llave en la cerradura. Bruno entró y al verme allí tirada, llorando, su rostro se

