1 Brown
CORA
—¿Buenas? ¿Hay alguien en casa?
Cuando escuché esa voz, dejé el sándwich a medio preparar y salí corriendo hacia la entrada. Esa voz melodiosa solo podía ser de mi hermano mayor, Jhampier.
—¡Volviste! —grité histérica, lo que hizo que mis otros hermanos salieran de sus habitaciones.
—¿Qué es este escándalo, Cora? —protestó Henry, mientras Marcus, con cara de recién levantado, se unía a la escena. Vaya a saber uno dónde había estado anoche.
—¿Por qué no me avisaste que volvías? ¡Hubiera ido por ti, hermanito! —le reclamé con una sonrisa.
—Porque un amigo me trajo —respondió Jhampier.
Pero cuando se hizo a un lado para dejarnos ver a su amigo, sentí cómo mis mejillas ardían. Aún estaba vestido con su uniforme militar. Jhampier, siendo el más centrado y correcto de todos, había partido a prestar servicio, y ahora volvía acompañado por este hombre… Un hombre que me dejó sin aire.
—Hola.
Fue lo único que dijo, pero su voz gruesa y varonil me hizo temblar. Y cuando me recorrió con la mirada de arriba abajo, sonriendo con un aire divertido, sentí que me hacía diminuta.
Bajé la vista y me di cuenta del problema: seguía en pijama. Y no cualquier pijama, sino una infantil, con unicornios y florecitas. Quise morirme.
Marcus, que siempre había sido el más rebelde y malhumorado, notó su mirada y, en un parpadeo, se puso delante de mí, bloqueando la vista del misterioso militar.
—Ve y ponte algo decente, ¿quieres? —me dijo entre dientes.
—¡Que te jodan, Marcus!
—No lo oíste, niña. Ve y cámbiate. —Ahora fue Henry quien ordenó, con su tono serio de siempre.
Bufé, pero no tenía opción. Maldita sea.
Mientras me cambiaba, aprovecho para contarles quién soy y cómo es mi familia.
Me llamo Cora Brown y tengo 19 años. Mi madre murió al darme a luz, así que nunca la conocí. A pesar de esa ausencia, el amor nunca me faltó. Mi padre nos sacó adelante solo, aunque, gracias al cielo, venimos de una familia adinerada y supo aprovechar la empresa familiar. De lo contrario, no sé qué hubiera sido de nosotros: un padre viudo con cuatro hijos que mantener.
Mi padre se llama Rodolfo Brown y es el pilar de la familia. Pero déjenme presentarles a mis hermanos, porque ellos son un caso aparte.
El mayor es Jhampier Brown, tiene 27 años. Es el más correcto y centrado de todos, el orgullo de papá y el próximo en dirigir la empresa. No hay duda de que nació para seguir sus pasos.
Luego viene Henry Brown, de 25 años. Él es el más sereno de los tres, el deportista de la familia, siempre calmado y analítico. Si hay una crisis, Henry es el que mantiene la cabeza fría.
Y después está Marcus Brown, de 23 años, el dolor de cabeza de todos. La oveja negra. Motociclista, lleno de tatuajes, con salidas clandestinas y una actitud desafiante. Nadie tiene idea de dónde saca dinero, pero tampoco parece que le importe explicarlo.
Y luego estoy yo, Cora Brown, la menor del clan. Aunque podría decirse que no me quedo atrás. Me gustan las fiestas y salir, pero también soy muy dedicada a mis estudios. Estoy en la universidad, estudiando Literatura, aunque para mi padre y mis hermanos eso no es suficiente para perdonarme por “hacerlos sufrir”.
¿Pueden creerlo? Solo porque salgo de fiesta de vez en cuando. En realidad, el problema es otro: ninguno de ellos me puede ver cerca de un hombre sin que les explote la vena de los celos. Son demasiado sobreprotectores. ¡Se pasan!
Me puse un jean ajustado y un crop top, lista para bajar, pero en cuanto pisé el último escalón, Henry me fulminó con la mirada.
—¿En serio, Cora? —bufó, lanzándome su chaqueta—. La idea era que te taparas, no que dejaras más piel al descubierto.
Rodé los ojos y me la puse de mala gana, sin entender su mal genio. Siempre exageraban.
Las voces en la sala llamaron mi atención. Papá también había llegado. En cuanto lo vi, corrí hacia él y lo abracé con fuerza.
—¡Hola, pa! Llegaste…
Pero mi saludo quedó a medias cuando noté a otro hombre junto a Marcus.
Tal vez se pregunten: ¿y esta no está acostumbrada a ver hombres? Y la respuesta es no. Al menos, no en esta casa. Aquí nunca hay nadie más que papá, mis hermanos y uno que otro empleado del servicio.
Sin embargo, ahora había otro hombre en la sala. Guapo. Peligroso. Irradiaba una energía intensa, como si la oscuridad lo envolviera. Mis ojos iban de Marcus a Jhampier, esperando que alguno explicara su presencia.
—¿Se te perdió algo, señorita? —La voz de papá me sacó de mis pensamientos.
Antes de que pudiera responder, Henry habló a mi lado, como si me hubiera leído la mente.
—Y por esta maldita razón no dejamos que vengan hombres a esta casa, Cora.
Puse mi mejor cara de ofendida.
—¡No sé de qué hablas! Solo me sorprende ver a gente nueva aquí. ¡Ni siquiera puedo traer a mi mejor amiga porque ustedes tres le cayeron como buitres! Sin contar que tuve que prohibirle la entrada a su hermana porque, qué casualidad, los tres se la follaron.
—¡Cora! —La voz de papá retumbó en la sala—. ¿Y ese vocabulario, qué es?
Ups. Tal vez me pasé un poco. Pero no dije ninguna mentira.
Levanté la mirada y el chico al lado de Marcus me regaló una sonrisa fugaz, de esas que prometen problemas. Mi corazón dio un pequeño brinco, pero antes de procesarlo, crucé miradas con el amigo de Jhampier… y el muy descarado me picó el ojo.
Genial.
Estos dos hombres van a hacer que me maten hoy aquí mismo.
Decidí hacerme la loca y empecé a caminar, tratando de escuchar de qué hablaban sin ser demasiado obvia, porque Henry me observaba como un halcón. Así que, antes de que me atrapara, salí al frente de la casa.
Y ahí lo vi.
Un Jeep imponente y, justo al lado, una Ducati Panigale.
Solté un grito de felicidad.
En menos de dos segundos, seis hombres estaban a mi lado, en alerta máxima.
—¿Qué pasó? —preguntaron al unísono.
Me giré para mirarlos y solté una carcajada.
—Lo siento, pero es que estas bellezas me dejaron sin aliento. —Señalé la Ducati y el Jeep con admiración.
Marcus me lanzó una mirada de fastidio.
—¿En serio, Cora? Yo tengo una parecida.
—Parecida no es lo mismo, hermano. —Le saqué la lengua.
Papá suspiró y negó con la cabeza.
—Cariño, deja el escándalo. Me voy a mi oficina y no quiero que me molesten. Ah, por cierto, Jhampier, bienvenido de vuelta.
Mi hermano asintió y papá desapareció dentro de la casa.
En cuanto me aseguré de que ya no estaba cerca, solté:
—Entonces, ¿cuál de los dos me va a dejar montarlos?
El grito de mis hermanos retumbó al unísono:
—¡CORA!
Los amigos de mis hermanos se echaron a reír, pero sus sonrisas picarescas no pasaron desapercibidas.
—¿Qué? Solo quiero manejar el Jeep o la Ducati.
—Será mejor que te entres de una vez —gruñó Marcus.
—¡Pero si ni siquiera me han presentado a sus amigos!
El militar, el amigo de Jhampier, me miró divertido.
—Cierto, Brown, ¿quién es esta chiquilla?
Fruncí el ceño.
—No soy ninguna chiquilla. Tengo 19 años.
—Y yo 27 —respondió con una sonrisa burlona.
—Exacto. Es una chiquilla —agregó el peligro andante, ese que estaba junto a Marcus.
Abrí la boca para responder, pero Marcus me interrumpió:
—Se llama Dante, tiene 25 años y es mi mejor amigo. —Y te prohíbo volver a hablarle.
Levanté una ceja, divertida por su tono de hermano celoso.
—Y él tiene 27, se llama Taylor y también aléjate de él. Es mi mejor amigo —intervino Jhampier con la misma actitud.
Los miré con una sonrisa traviesa.
—Un gusto, chicos. Espero verlos más seguido por aquí.
Y salí corriendo, porque si me quedaba un segundo más, Henry seguro me golpeaba en el brazo.