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Embarazada hecha sirvienta

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Descripción

Celeste jamás imaginó que un retraso de dos semanas pondría su mundo de cabeza. Hija de una familia millonaria, con un futuro brillante en la moda y una relación envidiable, todo parecía encajar... hasta que el test dio positivo. Lo que vino después fue un desastre: padres que le cierran la puerta, un novio que le exige abortar, y una casa que ya no es hogar. Sola, herida y con una vida creciendo dentro, Celeste tendrá que decidir si se hunde o se levanta.

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Embarazo sorpresa
CELESTE Jamás se me cruzó por la cabeza que la vida me iba a pegar semejante sacudida. Siempre fui la niña aplicada, la hermanita que nunca daba problemas. De esas que cumplen, que no rompen ni un plato… bueno, salvo una vez que me fui de fiesta a escondidas con Vivienne, pero fue un desliz, nada grave. Tenía mi camino bien trazado: estudiar, graduarme con honores, meterle de lleno al diseño de moda como mi mamá y mi hermana, y un día, encontrar a ese tipo de película con el que formaríamos una familia de ensueño. Para mí, Isayana era el ejemplo a seguir. Lo tenía todo: manejaba la marca de mamá, estaba casada con Sebastian, el jefe de la empresa de mi papá, y tenía a Julian, ese niño hermoso. Su vida no era perfecta, pero se le acercaba. Y yo… yo no pensaba que terminaría embarazada a los veintidós, a mitad de la universidad, y que todo lo que amaba se me iría de las manos de un día para otro. ¿En qué momento se descarriló todo esto? Era hija de los Valliant, una familia de poder y millones. Mi relación con Cassian era como de novela: desde el cole juntos, inseparables. Él también venía de una familia pesada. Nos veían y decían: “¡La pareja perfecta!” Y yo, Celeste Amara Valliant, aunque pocos saben que ese es mi verdadero apellido, porque mi papá siempre mantuvo mi existencia en perfil bajo, vivía en una burbuja de privilegios. ¿Y qué pasó? Que el “para siempre” no existe. Que el amor no siempre es suficiente. Que un bebé puede cambiarlo todo… incluso lo que creías inamovible. Mi papá, con su moral de hierro, no me dio chance ni de explicarle. Para él, quedar embarazada sin anillo en el dedo era un desastre. Su reacción fue directa: te vas de la casa. Así, sin más. Y mi mamá… ella siempre fue la imagen de la mujer que no acepta menos de lo que merece. Fuerte, admirada, inquebrantable. No iba a permitir que el chisme de su hija embarazada antes del matrimonio manchara su reputación. No era frialdad, era orgullo herido. Encima, como ellos se casaron por arreglo y les fue bien, mi papá cree que así deberían ser todos los matrimonios. Que el amor no garantiza nada, pero un buen trato sí. Ahora estoy sola. En una cafetería, con el corazón apretado y los ojos pesados por no llorar. El lugar está lleno, típico de la mañana: ruido de tazas, hojas de diario que se pasan rápido, y la campanita sonando cada vez que alguien entra. Yo sólo intento que el café calme mi ansiedad, pero ni el sabor ni el aroma me devuelven la paz. No dejo de pensar en Isayana. ¿Se va a enojar? Seguro. ¿Me va a entender? No lo sé. Y Cassian… no le dije nada. No pude. Me da miedo. Siempre fue muy insistente con que tomara la pastilla, pero todos saben que eso no es infalible. Un descuido, un solo momento, y boom… realidad. No quiero ni imaginar lo que hará cuando se entere. Ni hablar de mi papá, que ya está decepcionado hasta los huesos. Mi mamá... ufff. Ella tenía tantos planes para mí, tantas ilusiones. Siento que se las arranqué de un manotazo. La única que podría estar a mi lado es Vivienne, la de toda la vida, mi cómplice, mi hermana de otra madre. Siempre fue medio desastre, pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Solo que, como siempre, llega tarde. Ya lleva media hora de retraso. Pero bueno... así es ella. Y aún con sus locuras, sé que si alguien puede ayudarme a juntar los pedazos, es ella. El timbrecito ese de la puerta volvió a sonar, sacándome de mi cabeza que no paraba de dar vueltas. Levanté la vista y ahí estaba ella: Vivienne, mi cómplice de toda la vida. Llevaba su melena castaña suelta. Me sonrió con esa carita de portada de revista. No me sorprende que Lucien, que antes era el rey de los galanes, ahora esté rendido a sus pies. Se acercó con paso seguro, se dejó caer frente a mí y me analizó la cara. —Amiga, tienes cara de que te pasó un camión por encima —me soltó directo, mientras levantaba la mano para pedirle algo al camarero—. Yo necesito azúcar urgente. —¿Batido de moca con doble choco? —le dije en tono de burla, justo cuando el mesero anotaba el pedido. —Obvio —respondió rodando los ojos, pero enseguida volvió al tema, seria—. Pero de verdad, Cel, ¿qué te pasa? Tienes la misma cara que pusiste cuando Cassian te llamó rellenita—. Soltó una risa ahogada, y a mí me dieron ganas de lanzarle algo. Ese comentario me tuvo comiendo lechuga y agua dos semanas, hasta que acabé en el hospital. Después vino con el: era una bromita, pero ni así se lo perdoné. —Pues tengo esa misma cara porque la cosa está igual de fea —le dije, justo cuando el camarero dejó su batido con una sonrisa fingida. Tomé aire. —Cambios de humor nivel montaña rusa, náuseas desde que amanece y dos semanas de retraso —hice una pausa, dramática —. Sí, suena a que algo no anda bien. Ella soltó una risita, pensando que estaba exagerando. —¡Ay, casi me da un infarto! Pensé que estabas embarazada de verdad —y le dio un buen trago a su batido. —Lo estoy. No es chiste. Se quedó con el vaso en la mano y los ojos a punto de salirse de su cara. No dijo nada. Ni una palabra. Me encogí de hombros, sintiendo que la vergüenza me quemaba la piel. —Sé que la cagué. Pero necesito tu ayuda. Se inclinó hacia mí, bajando la voz. —¿Y ya se lo contaste a tus papás? ¿Y a Isayana? —No puedo. ¿Y si se decepcionan? ¿Y si mi papá me manda al carajo? Me temblaban las manos. Las escondí bajo la mesa, pero ella las encontró y me agarró con firmeza. Yo las aparté. —Respira, Cel. Vamos, hondo. Afloja —me dijo mientras me alejaba los dedos de la boca, porque ya me estaba mordiendo las uñas como loca. Lo hice. Respiré. Y me calmé un poco. —Gracias —murmuré, medio sonriendo. Ella me respondió con una sonrisa más tranquila. —¿Y Cassian? Pagué la cuenta sin decir nada y salimos juntas al auto. Ya sentada frente al volante, solté la bomba. —No le dije. Todavía no. —¿Pero por qué no? —preguntó desde el asiento del copiloto. Arranqué el coche con el ceño fruncido. —Porque él se la pasaba diciéndome que tomara las pastillas. Y lo hice. Pero no siempre funciona. No sé cómo lo va a tomar. Ella giró hacia mí, seria. —Celeste, esto no lo puedes esconder. Tienes que contárselo a tus papás. Y sobre todo, a Cassian. —Bueno… —dije, desviando hacia su casa. Me lanzó esa mirada suya que ya sabía a que se refería.—¿Ahorita? —pregunté, con un susto en el alma. —Claro. Me dejas en mi casa y te vas a hablar con los tuyos. Frente en alto. Se puso a buscar algo en su bolso. —¿No quieres que entre contigo? —le pregunté cuando paré frente a su portón. Estaba muerta del nervio. —No, no hace falta. Si necesitas que te rescate después, me llamas —dijo bajando del auto. —¿Segura que no quieres acompañarme? —le rogué, literal. Ella sonrió. —Ni loca —dijo y cerró la puerta. Y ahí me quedé yo, sola otra vez, con las manos al volante y el corazón palpitando como si fuera a escaparse del pecho. Suspiré hondo. Tocaba dar la cara.

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