Capítulo 3

1258 Palabras
Capítulo 3: Bajo el Manto de la Confianza El sonido de la puerta de metal deslizándose sobre sus bisagras me devuelve al presente. Por enésima vez esta semana, me encuentro de nuevo en esta sala gris y desolada, frente a la misma mesa metálica que separa a Joaquín y a mí. Las paredes desnudas parecen estar más cerca cada vez que entro aquí, como si el espacio se achicara lentamente, con cada encuentro. Hoy lo siento diferente. Mi corazón no late tan rápido, pero aún está presente esa agitación leve en mi pecho. Es difícil ponerlo en palabras, pero una parte de mí espera algo cada vez que cruzo esta puerta. Algo que no quiero nombrar. Me esfuerzo en mantenerme en mi lugar, en mi papel, como abogada, pero cada vez que Joaquín me mira, siento que esa frontera invisible entre nosotros se adelgaza más y más. Cuando levanto la vista, allí está él, sentado en la misma silla, con las manos esposadas sobre la mesa. Su expresión es más relajada esta vez, como si el muro de hostilidad inicial se hubiera desmoronado un poco. No me mira con la misma dureza que antes. Hoy sus ojos tienen un brillo distinto, uno que me resulta... intrigante. —Llegas puntual, como siempre —dice, su voz profunda llenando el silencio. —Es parte del trabajo —respondo, colocando mis documentos sobre la mesa con cuidado. Me inclino ligeramente hacia adelante, sin poder evitarlo. Él sonríe levemente, y esa pequeña curva en sus labios me desconcierta más de lo que debería. Se siente casi... ¿cálida? No sé por qué me afecta de esta manera. No debería. Esto no es más que un caso. —Tienes razón —dice él, inclinándose un poco más hacia mí, como si intentara acortar esa distancia que siempre ha existido entre nosotros—. Y me imagino que no te desvías del camino nunca, ¿cierto? —¿Qué quieres decir con eso? —pregunto, arqueando una ceja. Intento no reaccionar demasiado, pero su tono tiene esa mezcla de curiosidad y desafío que hace que mi atención se enfoque completamente en él. —Me refiero a que pareces tener todo bajo control, siempre. Las cosas deben salir como tú planeas o, de lo contrario, no estarías aquí. ¿Por qué aceptarías un caso como este si no creyeras que puedes ganarlo? Es la primera vez que me habla de manera tan personal, como si realmente quisiera entender cómo pienso. Me quedo en silencio un momento, tratando de encontrar la mejor respuesta, una que no revele demasiado de mí. —No siempre se trata de ganar o perder —le digo, cruzando las manos frente a mí—. A veces se trata de encontrar la verdad, o al menos la versión más cercana a ella. Ese es mi trabajo. Defender a alguien no significa que crea que es inocente, sino que merecen ser escuchados. Joaquín me mira fijamente, sus ojos oscuros reflejando algo que no puedo leer del todo. Me siento observada, expuesta de una manera que no me gusta. Pero al mismo tiempo, no puedo apartar la vista de él. —¿Y tú crees que yo merezco ser escuchado? —pregunta, sus palabras cargadas de una vulnerabilidad que nunca antes había mostrado. Mi garganta se aprieta. Por un segundo, siento que la distancia entre los dos se reduce, como si no estuviéramos separados por la mesa, las esposas, o incluso nuestras propias vidas. Es una pregunta simple, pero que lleva un peso emocional que no esperaba. —Todos merecen ser escuchados —respondo, mi voz apenas un susurro. —No todos lo creen. Pero tú sí —dice él, y su mirada parece más suave ahora, más abierta—. No me malinterpretes, Sofía. No me estoy haciendo ilusiones. Sé lo que soy y lo que he hecho, pero... es extraño. Contigo, no se siente tan... desesperado. Su confesión me toma por sorpresa. Estoy acostumbrada a clientes que me dicen lo que quiero escuchar o lo que necesitan decir para salvarse, pero esto… es diferente. Hay algo genuino en sus palabras que me conmueve de una manera que no quiero admitir. —No soy tu salvadora, Joaquín —digo, intentando recuperar el control de la situación—. Solo soy tu abogada. No puedo hacer más que eso. Él asiente lentamente, pero puedo ver que no está del todo convencido. —Lo sé. Pero no me niegues que hay algo más aquí. Lo sientes tanto como yo. ¿O acaso solo soy un número más en tu lista de casos? Su pregunta me desarma por completo. Me había preparado para defenderme ante cualquier argumento legal, para lidiar con la frialdad de las pruebas, pero no para esto. No para enfrentarme a lo que realmente siento. Algo dentro de mí se remueve, y no puedo evitar preguntarme si él tiene razón. ¿Por qué me afecta tanto? ¿Por qué siento esta conexión cuando no debería? Tomo un respiro profundo, tratando de aclarar mi mente. —No eres solo un número —admito finalmente, mirando directamente a sus ojos, que parecen escudriñarme, esperando mi respuesta—. Pero tampoco eres lo que crees que soy. Este es solo un caso, Joaquín. La pequeña sonrisa en su rostro se desvanece, pero sus ojos permanecen fijos en los míos. No parece decepcionado, más bien pensativo, como si mis palabras le hubieran dado algo en qué reflexionar. —Eres interesante, Sofía —dice, casi como si hablara para sí mismo—. Demasiado interesante. —Eso no es relevante —respondo, levantando la carpeta con los documentos, un intento de retomar la formalidad de nuestra interacción—. Lo que importa aquí son los hechos. ¿Qué pasó realmente esa noche? Joaquín suspira, y por un segundo creo que va a evadir la pregunta, pero luego se inclina hacia adelante, sus ojos clavados en los míos. —Lo maté. No hay ninguna duda en eso —admite—. Pero no fue tan simple como todos creen. Marcos no era un hombre inocente, y lo que sucedió esa noche... no fue lo que parece. —Necesito más detalles —digo, mi corazón acelerándose al sentir que por fin estamos entrando en el fondo del asunto—. Si quieres que te ayude, tienes que contarme todo. No puedes dejar fuera nada. Él asiente, su rostro serio ahora. —Te lo contaré todo, Sofía. Pero no porque confíe en el sistema ni en la justicia. Te lo contaré porque confío en ti. Y si decides ayudarme, entonces tal vez, solo tal vez, haya una salida para mí. Sus palabras me golpean como una ráfaga de aire frío. Confía en mí. Nunca había sentido tanto el peso de una confesión antes, nunca había sentido esta clase de responsabilidad emocional en un caso. Y mientras su mirada permanece fija en la mía, una parte de mí sabe que, a pesar de mis advertencias internas, ya he cruzado la línea. Cuando la reunión termina, no puedo evitar quedarme un momento más en la sala, mirando la silla vacía donde Joaquín estuvo sentado. Hay algo entre nosotros, algo que va más allá de lo profesional, y aunque no quiero admitirlo, sé que este caso ya ha dejado de ser uno más. Salgo de la prisión con una mezcla de emociones confusas, y mientras el viento frío de la tarde golpea mi rostro, una sola pregunta resuena en mi mente: ¿hasta dónde estoy dispuesta a llegar para salvar a Joaquín Velarde?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR