Capítulo 7

1180 Palabras
**Capítulo 7: La verdad oscura** El sonido de la cadena de las esposas rozando la mesa rompió el silencio que se había asentado entre nosotros. Joaquín se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad que hizo que el aire se sintiera más pesado. Sabía que lo que estaba a punto de decir cambiaría todo, pero también sabía que no podía retroceder ahora. Estaba demasiado involucrada. —Todo comenzó hace años, mucho antes de que yo siquiera conociera a Marcos Hidalgo —dijo, su voz baja pero cargada de una gravedad que me inquietaba—. Esto no fue un simple asesinato, Sofía. Fue una ejecución, una venganza cuidadosamente orquestada. Pero yo… yo solo fui una pieza en un tablero que ni siquiera comprendía. Me quedé en silencio, esperando a que continuara. Sentía cómo mi corazón latía más rápido, anticipando las revelaciones que estaban por venir. Joaquín apretó las manos en un gesto inconsciente de tensión antes de continuar. —Hidalgo estaba metido en negocios turbios. Muy turbios. Tráfico de personas, drogas… lo que sea que te imagines, él estaba involucrado. —Su voz se volvió más oscura—. Pero ese no es el mayor problema. El problema es que trabajaba para alguien mucho más poderoso. Alguien que nunca querrá que su nombre salga a la luz. La piel de mis brazos se erizó, pero no dije nada. Sabía que tenía que dejarlo hablar, que lo peor aún no había sido dicho. —Hace unos años, Hidalgo decidió que quería independizarse. Quería su propio imperio. Y para eso, necesitaba eliminar a quien lo tenía controlado. Intentó traicionarlo, robarle mercancía, sacar provecho de los contactos que había hecho mientras trabajaba para él. Pero no lo logró. —Los ojos de Joaquín se oscurecieron aún más, como si el recuerdo lo llenara de una mezcla de odio y temor—. Marcos pagó caro su intento de traición. Su familia fue asesinada. Su esposa, sus hijos… los mataron frente a él para mandarle un mensaje. Sentí un nudo en la garganta. La imagen que Joaquín describía era tan cruda, tan atroz, que me costaba procesarla. —Pero eso no fue suficiente. Sabían que si lo dejaban vivo, él intentaría algo de nuevo. Así que el siguiente paso fue asegurarse de que desapareciera para siempre. Eso fue cuando yo entré en escena —dijo, con una amargura palpable en su voz—. Me enviaron para matarlo. No pude evitar un leve jadeo de incredulidad. ¿Joaquín había sido contratado para asesinar a Hidalgo? Sentí un estremecimiento recorrerme. No podía creer que este hombre, sentado frente a mí, con esa mezcla de vulnerabilidad y determinación, fuera capaz de algo así. Pero no estaba viendo el panorama completo, y Joaquín no había terminado de hablar. —Me dieron órdenes estrictas: ‘Hazlo parecer un crimen de pasión. Que parezca un ajuste de cuentas personal, no algo organizado. El jefe no puede aparecer involucrado’. Así que eso hice. —Su mirada se endureció mientras hablaba—. Pero no fue tan simple. Cuando llegué al lugar, Hidalgo no estaba solo. Había otra persona con él. Un testigo inesperado. —¿La persona cuya sangre estaba en la escena? —pregunté en voz baja, comenzando a atar cabos. Joaquín asintió, sus manos aún apretadas, luchando con los recuerdos. —Sí. Era su asistente, alguien a quien él creía de confianza. Pero lo que Hidalgo no sabía es que su asistente también trabajaba para el mismo jefe al que intentó traicionar. Estaba allí para asegurarse de que el trabajo se hiciera. No para salvarlo, sino para asegurarse de que no hubiera fallos. La tensión en el ambiente era palpable. Joaquín continuó hablando, cada palabra cayendo como una bomba, desmoronando la narrativa que me había construido sobre él y el caso. —Marcos ya sabía lo que le esperaba. No intentó escapar. No gritó, no suplicó. Simplemente aceptó su destino. Yo… no esperaba eso. En todos los trabajos que había hecho antes, siempre había resistencia. Pero él, no. Solo me miró y dijo ‘Hazlo rápido’. —¿Y qué pasó con el asistente? —pregunté, con la garganta seca. —Ese es el verdadero problema —confesó Joaquín, su voz más baja ahora, como si las palabras fueran demasiado pesadas para ser pronunciadas—. No pude hacer que pareciera un crimen limpio. La situación se salió de control. El asistente intentó intervenir, y hubo una pelea. Terminé hiriéndolo, pero no lo maté. Huyó antes de que pudiera hacer algo. Esa es la sangre que encontraron. Y ahora… ahora ese asistente trabaja directamente para el jefe, asegurándose de que yo sea quien pague por todo. Mi mente trataba de procesar todo lo que acababa de escuchar. Joaquín había sido un peón en un juego mucho más grande. Pero aún no comprendía del todo. —¿Quién es ese jefe? —pregunté, mi voz apenas audible. Joaquín me miró fijamente, sus ojos llenos de advertencia. —No puedo decirte eso, Sofía. Si supieras quién es, estarías en peligro. Pero créeme cuando te digo que no es alguien a quien quieras enfrentar. Esta persona tiene ojos en todas partes, y si supiera que estamos teniendo esta conversación, te eliminaría sin dudarlo. Un escalofrío recorrió mi columna. Todo esto se sentía irreal, como una trama sacada de una película de mafiosos. Pero los ojos de Joaquín me decían que era muy real, demasiado real. El peligro estaba mucho más cerca de lo que había imaginado. —¿Por qué no me dijiste esto antes? —pregunté, tratando de mantener la calma en medio del caos que sentía por dentro. —Porque no quería arrastrarte a esto —respondió él, su voz llena de una mezcla de arrepentimiento y miedo—. No quería que terminaras como Marcos o como su familia. Pero ahora, no tengo otra opción. Ya estás demasiado involucrada. Si no te lo cuento todo, no tendrás la mínima oportunidad de salvarme. Y sé que, en el fondo, quieres salvarme. Nos quedamos en silencio por un largo momento. Todo lo que creía saber sobre Joaquín, sobre el asesinato de Marcos Hidalgo, se había desmoronado. Ahora, estábamos navegando en aguas mucho más peligrosas. Sentía que mi cabeza iba a estallar con tantas preguntas, tantas incógnitas. ¿Podría salvarlo? ¿Quería hacerlo? ¿O esto iba mucho más allá de lo que cualquiera de los dos podría controlar? —¿Qué hacemos ahora? —pregunté finalmente, sintiendo que mi propia vida pendía de un hilo invisible. Joaquín me miró, sus ojos más suaves ahora, pero también llenos de una determinación feroz. —Ahora, tenemos que luchar. Pero no solo en el tribunal, Sofía. Fuera de él. Si quieres salvarme, tendrás que estar dispuesta a enfrentarte a algo mucho más oscuro de lo que creías posible. Y puede que no salgamos ilesos de esto. Sabía que había cruzado una línea. Este caso ya no era solo sobre defender a un hombre acusado de asesinato. Era un juego mortal, y estaba completamente atrapada en él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR