Capítulo 4: Un beso con sabor a pasado

1447 Palabras
Alexandro No debí acercarme. No debí besarla. No debí tocarla, porque ahora, ahora, ya no hay marcha atrás. Una hora antes  —¿Por qué lo hiciste? —le reclamo a Antoine. —Porque me importa una mierda el título. Yo solo quiero recuperar a la rubia y a mis hijos. Cierro la puerta de su despacho, el que pronto será el mío y tomo asiento sobre el escritorio. — Eso lo sé, tromper. Me refiero a proclamarme tu sucesor como Lord magistrado ¿Sabes en qué situación me has metido? ¿Eres consciente de tus actos? —espeto, frustrado. Antoine sigue de espaldas a mi sirviéndose un trago, manteniéndose indiferente a mis reclamos. —¡Estoy hablando contigo! —grito. Mi amigo se voltea, sonriente, con su whisky en la mano. —Se perfectamente en lo que te he metido. Si no lo supiera no lo hubiese hecho. En vez de estar gritando, deberías correr y abrazarme; esta es tu oportunidad de recuperar a Nicole —hace una pausa—. Y a tu hijo —añade. Las manos me tiemblan ante la mención de mi hijo. Tengo un hijo. Mi sueño al fin hecho realidad. —Un gracias, sería suficiente Ale. Bebe de su vaso. —Buscaré la manera correcta de acercarme a Orión, pero no puedo aceptar el cargo —explico, poniéndome de pie, para servirme dos líneas. Las necesito más que nunca. Mi querida trigueña, en el tan anhelado discurso de la reina, dio a conocer que entre sus principales reformas contempla retirar la ley de herederos varones. Cualquier noble podrá heredar el título de sus antecesores si es digno de merecerlo y sin importar el sexo de sus descendientes. Ya era hora de reconocer la labor de las mujeres tras los títulos de sus padres y esposos. Bienvenidos a la era del matriarcado, así lo concluyó ganando una ovación de todas las féminas espectadoras, bueno, de casi todas, porque mi madre se horrorizó y abandonó el salón de inmediato y con ella, mi hermana. Esa no había sido la única declaración con controversia. Nicole Lauverngne proclamó a Antoine como su lord, cancelando las acusaciones de la ANF de retirarle su título; en pocas palabras, mi amigo era un imbécil como mucha suerte, suerte que no supo aprovechar, pero sabía perfectamente lo que estaba haciendo: recuperando a su familia. Ser el lord magistrado de Francia es uno de los rangos más honoríficos al que pueden aspirar los nobles. Es convertirse en la mano derecha del monarca. Ser sus ojos y oídos, su apoyo incondicional y, su sustituto en caso de ausentarse el rey o en este caso, la reina. Antoine lo rechazó, cediendo su lugar al marqués de Simón. Así me vi obligado a aceptar mi peor condena y el fin de mi matrimonio, ser el nuevo lord de Nicole. ¿Condena o absolución? ¿el fin o el principio? Eso solo el tiempo podría decidirlo. Cada día a su lado, sin importar la hora, dando igual el lugar, valiendo nuestros deseos, siempre juntos, trabajando mano a mano por el bien de nuestra sociedad. —¿Por qué tanto drama? —arremete Antoine. Bebo todo el contenido de mi vaso, de golpe. Me escuece la garganta. Hace cinco años dejé toda aquella bebida que no fuera vino y el sabor a roble que el trago deja a su paso es demasiado fuerte. —Te estoy haciendo una pregunta. Alexandro. Enarca una ceja, estudiando mi rostro. —¡La amo! ¡Joder! La sigo amando como no tienes idea —grito desesperado caminando de un lado a otro—. Ya está, ya lo he dicho. Ya lo acepté. Antoine ríe como loco, golpeando su muslo. ¿Y es este tipo, riendo como foca desbocada al que Jazmín encuentra irresistible? Nadie entiende a las mujeres. “Querido, ya luego te explicaremos qué le ve la rubia a su adonis, que es contenido no apto para todo público” —Dime algo que no sepa, Ale —expresa entre risas—. Solo lo lamento por Graciela —se pone de pie—. Es una buena mujer. Lo tendrás muy difícil —palmea mi espalda, para luego caminar en dirección a la salida. Desde la puerta, sostiene la manecilla y antes de salir, hace estallar mis nervios. —En una hora, es la primera reunión con la reina, mi lord —hace una reverencia burlona—. Buena suerte, imbécil. Cierra la puerta, dejándome solo. Graciela, debo de pensar en mi esposa, pero desde un principio sabía a lo que se enfrentaba. Nunca le mentí. Me paso las manos por la cabeza, desesperado. Una hora. Una hora para volver a verla. Esa hora fue la más rápida de mi vida y el interminable pasillo hacia el despacho real se ha reducido a solo dos metros y contando. — Buenas tardes, Max. Puedes informarle a la reina que estoy aquí —le pido al chico de seguridad. Leo su nombre en la chaqueta. Es nuevo, lo sé por su uniforme azul que indica: novato; además jamás lo he visto en palacio. “No es como si vinieses mucho por aquí, Ale” Cierto, aunque eso está por cambiar. —La reina lo está esperando. Felicitaciones mi lord —se inclina, mostrando sus respetos. —Gracias Max. Es bueno saber que cuento con vuestra aprobación; pero puedes llamarme Alexandro. No hay lugar para las formalidades. —Un placer Alexandro. Puede pasar —contesta, abriendo la puerta. Analizo si entrar o salir huyendo, pero Max me da un pequeño empujón y cierra la puerta. Observo hacia atrás, a la gran puerta de madera y luego al escritorio vacío. Me golpeo mentalmente, debí de haber dilatado un poco la conversación con Max, para evitar así este momento de sentimientos encontrados. Estoy ansioso de poder estar a solas y tener esa platica pendiente que nunca sucedió; pero en igual medida el temor de verla, el miedo a su rechazo, me azota como una ráfaga de viento en el rostro. —Alexandro —susurran. Es su voz. Mi nombre en sus labios. —Alexandro —repiten, pero esta vez es casi un… ¿gemido? Me aclaro la garganta y camino en dirección a la sala de reuniones de donde proviene la enigmática voz. No quiero hacerme una idea errónea del por qué mi trigueña gime mi nombre. No quiero. No quiero. No quie.... Más mi querido amiguito aquí abajo, no coopera. “¿Amiguito o amigote? Vamos Ale, no seas modesto” Me asomo en la puerta cuidadosamente y “mi férreo amigote” no se equivocaba. Recostada en el sofá rojo reclinable. Nicole se retuerce, deseosa de que sus aventurados dedos fuesen los míos. Jadea mi nombre, aumenta sus suspiros y con ellos, mis ansias de ayudarla a terminar. “¿Qué sucede Ale? Nunca has sido del tipo que se queda con los brazos cruzados cuando necesitan tu ayuda, ve y échale una mano o dos, o lo que necesite” Me envalentono y con pasos silenciosos me acerco. —¡Ale! —grita, cortando su respiración… Y la mía. —Aquí estoy —murmuro, situándome enfrente de ella. Sus ojos, ante mis palabras, se abren de pronto y su mirada, es de pura lujuria. Deseo encarnado en esta hermosa y caliente mujer. —Yo… Intenta explicarme. No quiero escuchar sus falsas excusas. Llevo mi dedo a sus labios, indicándole que guarde silencio y para mi sorpresa, no me rechaza, sino, que separa aún más sus muslos, invitándome a jugar. Acerco mis labios a los suyos y antes de besarla le acaricio con la punta de mi nariz, disfrutando su cercanía. —Ale yo… —Yo también te deseo, Nicole. Subo ambas manos por sus piernas hasta dejarla en las caras internas de sus muslos. —Muero por tocarte —digo, dejando un casto beso sobre sus mejillas y acercando mis pulgares hasta el borde de su ropa interior, ya mojada. Mi pecho se ensancha, porque fui yo en sus pensamientos el causante de tal delicia. —Quiero sentirte —me adentro aún más—. Quiero verte agitada, con tus mejillas rojas por vergüenza a las sábanas mojadas—continuo. La vuelvo a besar, pero esta vez, en la comisura de sus labios. Cierra los ojos. —Quiero despeinarte —añado un ligero roce en su intimidad. Se estremece. —Quiero que vuelvas a hacer mía. La beso. ¡No! Devoro sus labios que me saben a gloria, me saben a odio, a rencor, a deseo y a amor. Sus labios, los mismos que tanto extrañé, me saben a pasado. Un pasado que estoy dispuesto a recuperar.
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