Prólogo.
Corría el año 1980 en Estados Unidos, el país más poblado y famoso de súper humanos y en donde cada 4 de julio se da una gran celebración en las oficinas de su capital, Washington, a la que todos los súper, y gente de gran importancia en el país, están invitados.
“Black Commander”, “Iron Rose” y “Silver Horse” eran algunos de los nombres que resaltaban en la lista de invitados de aquel año, sin embargo, el nombre que toda América esperaba que anunciaran en cuanto llegara era “El Coronel”, el veterano de la segunda guerra mundial y héroe de todo el país desde entonces.
En cuanto éste llegó todos los paparazis apuntaron sus cámaras hacia él, igual que los entrevistadores. La multitud afuera que presenciaba el evento como si fuera la alfombra roja enloqueció. Incluso el ambiente de la fiesta pareció animarse un poco más con su llegada.
Dentro de dicha celebración se encontraban dos amigas: Megan Donelly y Dana Hatcher. Megan es un poco más desenvuelta en las fiestas, mientras que Dana es la que prefiere quedarse un paso atrás en dichas reuniones y dejar que su mejor amiga hable. Ni siquiera se atreve a tomar más copas de las necesarias y aun así llega a sentirse mareada en ocasiones.
Pasada la media noche Dana tuvo que acompañar a su amiga al baño, pues los tragos de más le estaban pasando factura y ahora estaba buscando desesperadamente un cubículo mientras Dana se ofreció a sujetarle el cabello.
Luego de unos minutos ambas salieron del cubículo y Megan fue a lavarse las manos y la boca mientras que Dana se arreglaba un poco el maquillaje.
–Megan se rió en estado de ebriedad y le dijo a su amiga– ¿quién diría que tú tendrías la buena suerte?
– ¿Qué? –preguntó Dana devolviendo su atención a su amiga.
– ¡El Coronel! –exclamó Megan casi arrastrando las palabras– no te ha quitado los ojos de encima desde que nos sentaron en su mesa –dijo y puso una mirada un poco más sugerente– apuesto a que querrá llevarte a su cama al final de la noche.
– Primero no te pegues a mí, te apesta la boca –dijo Dana apartando la cara de su amiga, la cual se había acercado (mucho) para decirle eso último casi como si fuera un secreto– y segundo, aunque creo que el Coronel es atractivo, dormir con un hombre que acabo de conocer no es mi forma de terminar una fiesta.
Luego de que ambas salieran del cuarto de baño, regresaron a sus respectivos asientos en la mesa principal, pero cuando Dana miró hacia su lugar, se encontró con la sorpresa de que el Coronel ahora estaba sentado donde Megan estaba antes y ella estaba sentada en el lugar del Coronel junto al alcalde.
Dana decidió pasar por alto eso y volvió a sentarse en su lugar. Ahora sí no le cabía duda de que Coronel estuviese interesado en ella, pues el sujeto se pasó una hora adulándola e invitándole tragos mientras hablaban de cualquier cosa, y Dana podría decir que fue un rato agradable de no ser porqué una de las manos del sujeto perseguía incansablemente la suya, mientras que la otra mano se clavaba en su rodilla sin la intención de soltarla.
La fiesta estaba a punto de terminar y para eso de las cuatro de la mañana Dana ya quería regresar a su casa a dormir, pero el Coronel tenía otros planes…
Ordenó un último trago para ella, el cual Dana bebió sin problema, y le propuso salir juntos del lugar para ir a otro sitio más privado.
– No, lo siento –dijo la chica levantándose de su asiento lista para buscar a su amiga e irse juntas de allí.
Pero al dar tres pasos lejos de su mesa trastabilló y por poco cae de frente contra el piso. Estaba mareada, podía ver y sentir como todo a su alrededor daba vueltas y una inmensa debilidad comenzaba a caer sobre ella, como si estuviera tan ebria como su amiga en esos momentos. Sabía que había tomado más de su límite pero no podía estar tan borracha y aun así sentía que el mundo se le venía encima con cada paso.
Agarrándose de las demás sillas y mesas comenzó a avanzar hacia la salida. Estaba tan inmersa en lo que le pasaba que no notó como el Coronel se levantaba de su silla y comenzaba a caminar tras ella, siguiéndola por todo el lugar.
Dana trataba de mantenerse firme sobre sus pies, pero sus piernas parecían gelatina con cada paso que daba y su vista estaba cubierta por una neblina invisible para todos excepto para ella. Ni siquiera podía ver bien la puerta de salida, a la cual se dirigía a paso lento y nada seguro.
En un momento sintió como su cuerpo se iba hacia un lado, trató de frenarse pero fue la primera vez que notó que su cuerpo ya no la obedecía, pues siguió cayendo en cámara lenta hacia una pareja que bailaba animadamente en la pista hasta que alguien la atrapó. Lo siguiente que escuchó fue como esa misma persona se disculpó por el estado de ebriedad en el que iba y posteriormente la condujo hacia afuera.
Estaba realmente agradecida con la persona que se acercó a ayudarla, por supuesto no olvidaría agradecerle en cuanto estuviera nuevamente en sus cinco sentidos.
Había salido de allí, aunque sin Megan. Pero está bien, la llamaría en cuanto estuviera de nuevo en casa y le diría que tuvo que irse antes sin ella. Con esa solución podría decirse que ya solo le faltaba tomar un taxi y estaría en casa en unos minutos… pero espera, ¿qué estaba pasando?, ¿por qué se alejaban de la carretera?, ¿por qué entraban en ese oscuro callejón al lado del club privado donde se llevaba a cabo la fiesta?
Dana al notar esto y sentirse inmediatamente en peligro trató de zafarse del agarre y regresar por donde había venido, pero no pudo, pues el sujeto la colocó algo bruscamente contra la pared de ladrillos del callejón y ella finalmente pudo verlo a la cara: era El Coronel.
– Déjame ir –dijo ella haciendo un segundo esfuerzo por salir huyendo, pero la verdad eran dos cosas: ella estaba muy débil, y aunque tuviera toda su energía a su alcance, él sujeto era mundialmente conocido por su fuerza sobre humana que incluso llegaba a superar la de sus compañeros de especie.
– Te dejaré ir –le respondió usando la más mínima fuerza para frenarla y devolverla a su posición– en cuanto hayamos terminado.
– No, ahora –trató de luchar, pero por segunda vez notó que su cuerpo no respondió con la intensidad que esperaba, es más ya casi no acataba sus órdenes.
–El Coronel trató de calmarla acariciando su cabello y arrullándola con su voz, pero la verdad eso solo hacía que a Dana se le pusieran los pelos de punta– te prometo que terminará pronto. Incluso seré condescendiente y moderaré mi fuerza. Con eso y la droga que te di casi no sentirás nada.
– Ya basta, por favor –Dana podía sentir como las lágrimas se acumulaban en sus ojos queriendo salir, pero la droga en su cuerpo ni eso le permitía hacer.
– Piensa en todas las mujeres que querrían estar en tu lugar –decía mientras la giraba de frente a la pared de ladrillos– y tú fuiste la elegida.
La joven buscaba con la mirada algo en qué pensar, algo que la distrajera del miedo y el dolor que sentía en ese exacto momento cuando las embestidas comenzaron a llegar, y aunque era verdad que no sentía mucho, sentía lo suficiente como para llorar y lanzar pequeños gimoteos que salían de su cuerpo involuntariamente.
Era como si ella no estuviera allí, no realmente. Como si solo su cuerpo siendo profanado estuviese presente en la escena y su consciencia estuviese perdida en alguna parte de su mente. Sin poder moverse, sin poder hablar, sin poder dar órdenes a su cerebro y que este las acate bien. Nada, no podía hacer nada excepto mirar hacia el cielo y a los edificios que los rodeaban esperando que todo terminara pronto como él dijo…
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Megan salió de la fiesta casi a las seis de la mañana, ella sí que se lo había pasado bien. Había charlado, coqueteado, hecho amistades con mucha gente rica y famosa, pero a eso de las cuatro de la mañana empezó a extrañar a su mejor amiga, por lo que empezó a buscarla, pero ¡qué sorpresa! No la encontró por ningún lado.
Salió tarde de aquel club privado más que todo por buscar a Dana, quien pareció haberse desvanecido en el aire.
Por destino o mera casualidad decidió cortar por el callejón junto al club cuando iba de salida. Finalmente se decidió por la opción de que su amiga se aburrió y la dejó para regresar a casa. Se adentró en el callejón, pero cuando iba caminando casi a la mitad de este la vio.
– ¡Dana! –exclamó al verla tirada en el suelo con la mirada pérdida y lo que parecía ser sangre escurriendo por sus piernas– ¡santo Dios! ¡¿qué te pasó?! –Megan trató de tocarla para ayudarla a levantarse, pero Dana enseguida repudió su tacto– está bien, Dana soy yo. Vamos debo llevarte a un hospital.
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Megan como pudo logró subir a Dana a su auto y condujo rápido hasta el hospital. Allí revisaron a Dana, y viendo la sangre seca que bajaba desde su zona íntima, su doctora decidió que lo mejor sería internarla y hacerle algunos exámenes. Luego de dicho procedimiento llegó a un descubrimiento alarmante…
Megan, por su lado, sintió que debía hacer algo por Dana, pues una parte de ella se sentía responsable por lo que le había ocurrido, así que llamó a los padres de su amiga y les explicó una parte de la situación prometiendo contarles el resto una vez que estuvieran cara a cara. Los señores Hatcher no perdieron el tiempo y volaron desde Texas hasta Washington en menos de lo que canta un gallo para ver a su hija. Una vez en el hospital, Megan fue quien tuvo que dar la mala noticia de lo que había pasado, pero las sorpresas solo estaban comenzando a llegar…
En cuanto los padres y la mejor amiga de la paciente estuvieron presentes con ella en la habitación de hospital, la doctora encargada de Dana entró con los resultados finales de los exámenes y viendo a todos expectantes decidió no prolongar más el sufrimiento…
– Tengo una mala noticia y otra que… dependerá de cómo lo vean. ¿Cuál quieren escuchar primero? –preguntó la doctora bajando la carpeta hasta su pecho.
– La mala –dijo la Sra. Hatcher madre de Dana preparándose para todo.
– La mala noticia es que su canal uterino quedó arruinado –todos bajaron la mirada por la noticia– y su útero, digamos que aún tiene reparo pero debe ser operada cuanto antes.
– Entonces hágalo –dijo la Sra. Hatcher y todos estuvieron de acuerdo menos Dana, quien se mantenía totalmente estática y callada ante la situación.
– Ahí es donde entra la segunda noticia –dijo la doctora logrando captar por segunda vez el suspenso de todos– ella está embarazada.
La noticia les cayó a todos como un balde de agua fría, nadie se lo esperó, ni siquiera la misma Dana, quien por primera vez alzó su mirada hacia la doctora sorprendida. ¡Si le hubiese dicho que moriría en ese mismo instante no se hubiese sorprendido tanto!
Estaba esperando algo más fatal no que estaba embarazada.
Sus padres y su mejor amiga la miraron sin palabras, “¿qué iba a hacer?”, esa era la pregunta que todos se hacían, pues era una decisión que solo ella podía tomar. Su madre tomó su mano derecha mientras que su padre tomó la izquierda, como si quisieran hacerle ver que sin importar la decisión que ella tomara ellos estarían allí para apoyarla.
Dana miró su vientre aún sin poder creer que allí dentro estuviese creciendo vida. Era lo que quería: niños, un hogar y un esposo que la amara. De haberlo escogido jamás habría llegado de la forma en que llegó, pero aun así allí estaba.
Comenzó a llorar y no creía estar muy segura del porqué. Quizá por el recuerdo de su trágico pasado, o por la noticia de que su útero está arruinado, o quizás por el lejano pero fuerte sentimiento de esperanza que comenzaba a crecer dentro de su pecho.
Quizás al final algo bueno saldría de todo el infierno que atravesó…
…O quizás solo eran las tres opciones juntas combinadas con los muchos sentimientos encontrados dentro de sí, ¿quién sabe?
– Te daré unos días para que lo pienses… –dijo la doctora lista para abandonar la habitación y dejarlos solos para que lo discutieran como familia. Era claro que Dana estaba muy afectada y una noticia así podría aliviarlas a muchas, mientras que a otras podría romperlas.
–La doctora solo había dado media vuelta cuando Dana la interrumpió con una pregunta– si mi útero está dañado –tomó una profunda respiración dejando salir las lágrimas sin miedo– ¿el embarazo seguiría normalmente su curso o habrían complicaciones?
– El embarazo se desarrollaría bien. Claro, tendrías que estar en cama bajo observación, tomando ciertas medicinas, siguiendo ciertos procedimientos y el parto no sería natural, tendríamos que realizar una cesárea unos días antes. Pero sí, a gran plazo el embarazo se desarrollaría normalmente.
Habiendo escuchado la respuesta afirmativa, Dana solo necesitó apretar fuertemente la mano de su madre y recibir un apretón igual de ella para saber cuál sería su decisión.
– Quiero tenerlo.