"Ya que nos vamos a casar tan pronto..."
"Lo sé, pero no podemos hacerlo ahora", interrumpo.
"Lo sé. Pero, ¿me describirías cómo eres?", pregunto. Y ella...
"Pues tengo el cabello largo y n***o. Mis ojos son extrañamente turquesas, y creo que mi rostro es parecido al de todas las personas de aquí", comenta. No puedo evitar reírme.
"Somos todos bastante parecidos", le respondo.
"Supongo que sí. ¿Y tú qué piensas de esta boda?", pregunta. Me trago la lengua porque no sé cómo decirle a esta mujer que tengo a otra mujer esperándome en un hotel.
"Yo... supongo que no me quería casar. Es normal, ni siquiera me conoces", comento, sorprendido por su franqueza.
"Podemos hacer este matrimonio llevadero", propone.
"Supongo que sí", respondo con pesar, y me siento un poco triste por la chica.
"Cuéntame algo de ti", le digo, cruzando los brazos y sonriendo tímidamente.
"Me gustan las flores", murmura un poco pensativa, y se toma su tiempo para decir algo.
"¿Y nada más?", pregunto, y ella dice: "Me gusta también el aire fresco y la lluvia".
"¿Y qué más?", insisto curioso.
"Me gusta pasar tiempo con mi familia", comenta, y la miro con curiosidad a través de la cortina.
"Eres rara", comento con sinceridad, y ella se ríe.
"Tú también. Creo que la diferencia cultural se marca entre los dos", comenta, y asiento.
"Supongo", murmuro.
"Eres muy callado", comenta ella de repente, y suspiro.
"No me has hablado mucho", le respondo.
"Bueno, ha sido un placer conocerte, Zahir".
"Igualmente, Zahara", le digo.
Ambos salimos de la habitación, y suspiro. Había sido una conversación un poco extraña, aunque no pensaba que ella fuera una persona tan amigable. Pudimos conversar perfectamente, y ella lo entendió en todo momento.
Narrador
En ese momento, empezó a pensar en aquella figura. Una parte, le dio curiosidad, saber cómo sería la forma de su rostro, la de sus labios, y si sus caderas eran tan anchas como se veía detrás de la cortina. Se imaginó muchas cosas después de haber visto esa sombra. Muevo la cabeza de un lado al otro, sin comprender.
¿Por qué de repente pensaba en su prometida de ese modo? Quizás era por la costumbre cultural, haberse preparado toda su vida, haber esperado a una mujer. Quizás por eso no se sintió un poco ansioso. Por otro lado, Zahara, al llegar a su enorme habitación, se recostó en la cama con una enorme sonrisa en el rostro. Se sentía tan feliz y enamorada que sus suspiros llenaron la habitación.