Siempre había estado perdidamente enamorada de ese chico desde que eran pequeños. Por eso, como le había dicho a su padre, quería que él fuera su prometido y su esposo. Su padre no la había comprendido, pero como ella era su niña más amada (ya que los demás eran todos hombres), había cumplido su deseo. Se sintió sumamente feliz.
Aunque sintió un poco de tristeza en sus palabras, no lo comprendió en ese momento. Pero al menos, sería su esposa, y eso la llenaba de inmensa felicidad. Corrió hacia su tocador, donde había un pequeño cofre con un pequeño papel. Lo sacó y lo sostuvo entre sus manos mientras lo acercaba a su nariz y sonreía. Era un dibujo de hace muchos años atrás, cuando ambos eran niños y asistían al mismo colegio. Se habían encontrado ayer y él le había dado ese dibujo. Quizás era obra del destino, pero se sentía muy entusiasmada con la idea de casarse finalmente con el hombre a quien había admirado durante muchísimos años.
Zahara caminó cabizbaja hasta llegar al jardín del palacio. Le gustaba pisar descalza el césped y quitarse esos molestos vestidos, poniéndose pantalones cortos. Aunque no era muy bien visto, no le importaba. Además, siempre avisaba y el lugar se vaciaba.
"¿Cómo te fue?", preguntó su hermana pequeña acercándose.
"Muy bien, hablé con él y me pareció un chico agradable."
"¿De verdad? Siempre dicen lo contrario."
"No me pareció malo", respondió un poco pensativa, y su hermana se sentó a su lado.
"Supongo que sí", dijo mirando con una sonrisa.
"Te veo tan feliz y enamorada."
"Estoy emocionada. Por fin me voy a casar con la persona que quiero. Estoy muy entusiasmada", comentó ilusionada, y su hermana, un poco preocupada, preguntó: "¿Y él siente lo mismo que tú?"
La sonrisa de Zahara se desvaneció, y no supo muy bien qué responder. "Supongo que sí", murmuró pensativa.
Muchos metros más adelante, Zahir llegó al hotel donde su novia, Amelia, aún estaba esperando. Fue corriendo hacia la habitación, ya que el hotel era grande. Al abrir la puerta, se encontró con que Amelia aún estaba allí, arropada hasta las orejas, y él supo que estaba deprimida.
"Amor, llegué", comentó Zahir. Amelia dijo: "Vete, quiero estar sola", exclamó enojada. Él negó.
"No te dejaré solo y lo sabes", respondió Zahir.
"Quiero estar sola. Aún me siento muy decepcionada de ti. No puedo creer que te cases con otra mujer y que lo digas que es por el bien de tu familia", dijo Amelia.
"Es que es así, no me puedo oponer", explicó Zahir.
"Entonces déjame tranquila. Quise irme hoy, pero aún no salen vuelos hasta dentro de tres días. Por favor, no vengas a visitarme", suplicó Amelia, y volvió a cubrirse hasta la nariz.
"Pero te amo, Amelia. Quiero estar contigo, y además, puede ser mi segunda esposa", insistió Zahir.
"Te dije que no quiero casarme contigo, ni ser tu segunda esposa ni nada", respondió Amelia.
"Pero tendrías mucha riqueza", dijo Zahir, mostrándole una gran caja de terciopelo con un brazalete de oro.
"No me interesa", comentó Amelia, volviéndose a recostar y cerrando los ojos con fuerza. Salieron suspiros, y ninguno de los dos entendía de qué manera podrían resolver esta situación. En ese momento, lo único que ambos querían era compartir su felicidad, pero parecía algo sumamente difícil. Se llenaron de lágrimas, y el corazón de Amelia latía con fuerza; no podía dejar de amarlo. Entonces, para sorpresa de Zahir, ella lo abrazó con fuerza.
"Te amo", comentó Amelia. Zahir suspiró.
"Yo te amo también, Amelia. Ninguna mujer va a borrar este amor que siento por ti", le dijo Zahir.
"¿De verdad?", preguntó Amelia, y él la sintió. Ella lo abrazó con fuerza y dijo: "Solo espérame un poco, como cuando me casé con él, cómo me casaré contigo y solamente estaré contigo. Para mí, eres lo más importante de mi vida entera", confesó ella, y él suspiró, abrazándola con fuerza. Ambos se envolvieron en un abrazo tierno lleno de complicidad y amor.
En cuanto mencioné a Zahir, quise expresarle a mi padre mi deseo de casarme con Amelia. Mis pasos se apresuraron, siguiendo el ritmo acelerado de los latidos de mi corazón aquella tarde. El sol se alejaba en el horizonte, dejando que las nubes se adueñaran del oscuro cielo. Al llegar frente a él, mi padre estaba sentado en el borde del amplio parque de nuestra propiedad. Sus ojos se posaron en mí, agitado y un tanto desconcertado.
"¿Qué pasa, hijo?" preguntó pacientemente, mirándome con curiosidad.
"Quiero casarme con Amelia también", declaré.
"¿Qué?" preguntó mi padre, sin comprender. "¿Quiero que ella sea mi segunda esposa?"
"Amelia es extranjera, ¿de qué estás hablando?" cuestionó mi padre.
"De que la amo, padre. No puedo vivir sin ella", expliqué.
"No permitiré que te cases con una extranjera", respondió mi padre, molesto, levantándose de su asiento. En ese momento, mi padre me pareció alto y poderoso, pero eso no me detuvo.
"No me importa. Si piensas que me casaré con la prometida que me asignaron, entonces permíteme casarme con la mujer que amo", insistí.