"No me importa. Si piensas que me casaré con la prometida que me asignaron, entonces permíteme casarme con la mujer que amo", insistí.
"No lo permitiré", exclamó mi padre, dándome un leve empujón. Bajé la cabeza momentáneamente, pero luego la levanté.
"Entonces, no me casaré con la prometida que me asignaron", afirmé.
"Te casarás o te quedarás en la calle con una gran deshonra, ¿es eso lo que quieres?"
"Quiero casarme con Amelia también", respondí, desafiante, mirando fijamente a mi padre, quien no se quedó atrás y dio un paso adelante.
Pronto, llegó mi madre y dijo: "Por favor, ¿podemos hablar, cariño?" preguntó hacia mi padre, quien la miró de inmediato, suavizando sus expresiones.
"Está bien", murmuró hacia mi madre, quien me siguió.
"Hijo, tienes que ser paciente", comentó mi madre, tomando mi mano. Suspiré.
"No sé si podré, madre, pero lo haré por ti", respondí, y mi madre sonrió.
En la noche, cuando todos se retiraron a dormir, supe que era una buena oportunidad para escapar y llegar al hotel. Fue extraño para mí vestirme de esa manera en ese momento, pero no importaba.
Mientras todos dormían, me dirigí con sigilo hacia la puerta. Cada paso que daba resonaba en el silencio de la noche, y mi corazón latía con fuerza. Sabía que esta decisión podía cambiar el curso de mi vida para siempre, pero no podía ignorar lo que sentía por Amelia.
Al llegar al hotel, mis pensamientos estaban llenos de incertidumbre. ¿Cómo reaccionaría Amelia al verme? ¿Aceptaría mi propuesta de casarnos como segunda esposa?
Toqué la puerta de su habitación con suavidad, esperando que ella estuviera despierta. La puerta se abrió lentamente, revelando a Amelia, que estaba arropada hasta las orejas. Pude ver la tristeza en sus ojos y su rostro, que mostraba la decepción que sentía.
"Amor, he vuelto", anuncié, tratando de romper el hielo entre nosotros.
Amelia me miró con tristeza y dijo: "Vete, quiero estar sola". Sus palabras eran duras, y su voz estaba llena de desilusión.
"No te dejaré solo, lo sabes", respondí, decidido a no abandonarla en este momento difícil.
"Quiero estar sola. Aún me siento muy decepcionada de ti. No puedo creer que te cases con otra mujer y que digas que es por el bien de tu familia", explicó Amelia, su voz llena de amargura.
"Es que es así, no puedo oponerme", traté de justificar mi situación.
Amelia fue firme en su respuesta: "Entonces, déjame tranquila. Quise irme hoy, pero no hay vuelos hasta dentro de tres días. Por favor, no vengas a visitarme".
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no podía rendirme tan fácilmente.
"Pero te amo, Amelia. Quiero estar contigo. Además, podrías ser mi segunda esposa", le propuse, sosteniendo un brazalete de oro como muestra de mi intención.
"No me interesa", respondió Amelia, volviéndose a cubrir hasta la nariz, cerrando sus ojos con fuerza. El brillo de la joya que llevaba en mi mano no pareció impresionarla.
Nuestros sentimientos estaban en conflicto, y la distancia entre nosotros parecía insalvable. No podía dejar de amarla, pero tampoco podía cambiar mi situación fácilmente. La tristeza y la incertidumbre llenaron la habitación mientras luchábamos por encontrar una solución a nuestro amor imposible.
Finalmente, incapaces de resolver la situación en ese momento, ambos nos sumimos en el silencio. Habíamos compartido momentos de amor y complicidad, pero la realidad cultural y las expectativas familiares parecían insuperables. Me preguntaba si alguna vez encontraríamos una manera de estar juntos sin sacrificar nuestras creencias y valores.
Sin embargo, en un momento de desesperación, Amelia me abrazó con fuerza. Sus palabras eran un susurro lleno de amor y tristeza: "Te amo, Zahir".
Mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad. Saber que Amelia aún me amaba, a pesar de las dificultades, llenó mi corazón de esperanza. La abracé con la misma intensidad, prometiéndole que esperaría todo el tiempo que fuera necesario para estar juntos.
"Solo espérame un poco", me dijo Amelia. "Me casaré contigo cuando pueda. Serás mi esposo, y estaré contigo. Eres lo más importante de mi vida".
Nuestro abrazo se convirtió en un lazo inquebrantable de amor y compromiso. Sabíamos que enfrentaríamos desafíos, pero estábamos dispuestos a luchar por nuestro amor. Con esa promesa, finalmente nos separamos y volví a la oscuridad de la noche.
Al regresar a mi casa, enfrenté a mi familia con determinación. Les dije que no me casaría con la prometida que habían elegido para mí y que esperaría a Amelia. Mi padre estaba furioso, pero mi madre intervino, apoyándome en mi decisión. Sabía que tenía que ser paciente y firme en mi elección, y confiaba en que algún día estaría con Amelia.
A medida que los días pasaban, seguía viendo a Zahara, mi prometida oficial. Aunque traté de ser respetuoso y amable, no podía evitar compararla con Amelia. Zahara era encantadora, pero mi corazón ya pertenecía a otra.
La lucha por nuestro amor apenas comenzaba, pero estábamos dispuestos a enfrentar cualquier obstáculo para estar juntos. Nuestro amor era una llama ardiente que no podía extinguirse, y haríamos todo lo posible para que nuestro sueño se hiciera realidad.
Amelia
Mis disculpas por la confusión anterior. Aquí tienes una versión corregida de la situación, desde la perspectiva de Amelia:
Mientras todos dormían, supe que era mi oportunidad para hablar con él. Después de una larga lucha interior, finalmente me decidí a abrir la puerta de mi habitación en el hotel. Cada paso que daba hacia la puerta estaba lleno de incertidumbre y miedo.
Toqué la puerta de su habitación con suavidad, esperando que él estuviera despierto. La puerta se abrió lentamente, revelando a Zahir, que estaba parado frente a mí. Sus ojos reflejaban una mezcla de emoción y ansiedad.
"Amor, he vuelto", anunció, su voz temblorosa.
Lo miré con tristeza y le dije: "Vete, quiero estar sola". Mis palabras eran duras, pero mi corazón estaba roto. No podía soportar verlo casarse con otra mujer y escuchar que era por el bien de su familia. Además, yo no sabía dónde vivía en el palacio y él no conocía mi dirección en el hotel.
"No te dejaré sola, lo sabes", respondió, determinado a no abandonarme en este momento difícil.
"Quiero estar sola. Aún me siento muy decepcionada de ti. No puedo creer que te cases con otra mujer y que digas que es por el bien de tu familia", expliqué, mi voz llena de amargura.
Zahir trató de justificar su situación, pero yo estaba llena de tristeza y desilusión. Mis emociones eran un torbellino y no podía soportar verlo en ese momento.
"Entonces, déjame tranquila. Quise irme hoy, pero no hay vuelos hasta dentro de tres días. Por favor, no vengas a visitarme", supliqué, cubriéndome hasta la nariz y cerrando los ojos con fuerza.
Mis lágrimas caían en silencio mientras Zahir seguía intentando convencerme. Me ofreció un brazalete de oro como muestra de su intención de casarse conmigo, pero no me importaba la riqueza en ese momento. Solo quería que él estuviera a mi lado.
Nuestro amor estaba en conflicto con las tradiciones y expectativas familiares, y no sabía cómo podríamos superar esta barrera. Aunque mi corazón aún latía por él, la distancia entre nosotros parecía insuperable. La tristeza y la incertidumbre llenaron la habitación mientras luchábamos por encontrar una solución a nuestro amor imposible