Maya Ya llegó la hora de cenar. Mi padre cocino su famosa lasaña y debido a mi pequeño percance digestivo, yo no pude comerla. Me prepararon arroz blanco. — Al menos dejarme ponerme tomate, ¿no? — declaro al probar el enorme plato de arroz blanco que me han servido. Estaba insípido, que asco. — Cariño, no puedes comer tomate — me recuerda mi padre, llevándose una cucharada de lasaña a la boca — Te sentaría mal. Ojalá, así no voy mañana a la montaña, pienso. — Es que esto está malísimo — replico señalando el plato y hago una mueca. — Que te lo comas, no empieces — me riñe mi padre y ruedo los ojos. Le hago caso solo porque no estamos solos. — Después de cenar vamos al paseo, ¿no? — interpela ahora mi amiga, cambiando de tema y esperando una respuesta. — Sí, a ver si hacemos amigos —

