La puerta de la UCI se cerró con un sonido hermético que a Silvia le pareció definitivo. No era una puerta. Era una frontera. El cristal separaba dos mundos: dentro, máquinas, cables, cifras que decidían la vida; fuera, ella, sola con un apellido que empezaba a hundirse. —Señorita Rivas. La voz del cardiólogo no era áspera, pero tampoco suave. Era la voz de quien está acostumbrado a entregar noticias difíciles sin adornarlas. Silvia dio un paso al frente. No temblaba. No todavía. —Necesitamos hablar. La condujeron a una pequeña sala contigua. Una mesa metálica. Dos sillas. Una lámpara blanca que no perdonaba sombras. El médico abrió la carpeta sin teatralidad. —Su tío ha sufrido un infarto agudo de miocardio. Ha sido grave. La palabra cayó como una piedra en agua quieta. Grav

