La casa volvió al silencio cuando León salió. Antony permaneció de pie junto a la ventana, observando cómo las luces del coche de su hijo desaparecían al doblar la esquina. La ciudad seguía celebrando Navidad, ignorante de que algunas familias estaban a punto de perderlo todo. Apoyó una mano en el respaldo de la silla. No estaba alterado. No era hombre de alteraciones visibles. Pero algo en su interior se había activado. Arturo Rivas. El nombre no era un expediente. No era un socio menor. No era un proveedor más. Era el hombre que, treinta años atrás, le tendió la mano cuando nadie quería hacerlo. Antony cerró los ojos un instante. Recordó el pequeño despacho alquilado. Las cuentas en rojo. La sensación humillante de pedir crédito y recibir negativas. Recordó la tarde en que Arturo,

