El silencio que siguió a la notificación del correo de Sarah Vianni fue más pesado que cualquier pesada de gimnasio. Aina sentía que las paredes de cristal de su gimnasio privado se cerraban sobre ella. Kian, el hombre que le había hecho creer en la pureza de su odio, estaba expuesto.
—¡Dime que es mentira! —gritó Aina, su voz quebrándose—. Dime que no aceptaste dinero de mi padre para encerrar a tu propio hermano.
Kian no respondió de inmediato. Cerró el portátil con una lentitud deliberada, pero sus nudillos estaban blancos. Cuando levantó la vista, sus ojos no eran grises; eran ceniza.
—No lo entenderías, Miller. Tú naciste en la cima. Mi hermano no solo estaba arruinado; estaba destruido mentalmente. Richard Miller no solo le quitó la empresa, le tendió una trampa con documentos falsificados que lo habrían llevado a una prisión de máxima seguridad por el resto de su vida.
Kian se levantó, su presencia llenando el espacio con una furia contenida.
—Acepté el trato de tu padre para salvarle la vida. El dinero fue para pagar la fianza, los abogados y asegurar que estuviera en una prisión donde no lo mataran en la primera semana. Sí, le mentí a todo el mundo. Sí, dije que había muerto para que tu padre dejara de perseguirlo. Pero Marco está vivo, y mañana Sarah Vianni va a usar esa visita para chantajearme... o para entregarlo de nuevo a las autoridades locales.
Aina lo miró con una mezcla de horror y una extraña forma de respeto. El "Alpha" no era solo un vengador, era un protector que había sacrificado su propio honor. Pero el beso, la manipulación, el control... todo seguía doliendo.
—Me usaste —acusó ella—. Me besaste para distraerme mientras revisabas mis correos.
Kian se acercó a ella, agachándose hasta que sus rostros quedaron a centímetros.
—Te besé porque me estoy volviendo loco contigo, Aina. Y porque eres la única que puede sacarme de esta casa esta noche sin que tus padres llamen a la policía.
—¿Quieres que te ayude a escapar? —Aina soltó una risa amarga—. No puedo caminar más de diez pasos sin ayuda, Kian. ¿Cómo pretendes que salgamos de aquí?
—Caminarás esos diez pasos hacia el coche —dijo él, su voz volviéndose práctica y urgente—. Tus padres están en el ala este, en una reunión por Zoom con inversores asiáticos. El servicio está en el área de descanso. Si salimos por el garaje privado del ala de fisioterapia, nadie nos verá.
—¿Y por qué debería ayudarte? Podría gritar ahora mismo. Podría decirle a mi padre que el hombre al que le pagó por su silencio está intentando traicionarlo.
Kian la tomó por los hombros, sus manos firmes, casi dolorosas. —Porque si no vienes conmigo, nunca sabrás la verdad. Nunca verás a Marco. Y nunca terminarás tu rehabilitación. Si me quedo aquí, tu padre me destruirá mañana cuando Sarah hable. Y tú te quedarás en esta silla para siempre, rodeada de las mentiras de Richard Miller.
Aina miró hacia la puerta de roble. Su vida entera había sido una construcción de seda y acero. Kian era el primer elemento real, aunque fuera un elemento peligroso.
—Si vamos... —susurró Aina—, tú me llevas. No me dejas atrás.
—Palabra de Rourke —prometió él.
Kian no perdió tiempo. Fue a su estudio y regresó con una mochila táctica y una chaqueta de cuero para Aina. La levantó de la silla de ruedas con una facilidad que ya no la sorprendía, pero que hacía que su corazón martilleara contra sus costillas.
—Prepárate, Miller. Esto va a doler más que la terapia.
Atravesar la mansión en silencio fue una odisea de tensión. Kian la llevaba en brazos, moviéndose con una agilidad felina por los pasillos en sombras. Aina contenía la respiración cada vez que el suelo de madera crujía.
Llegaron al garaje. El SUV n***o de Kian estaba allí, un monstruo de metal esperando en la penumbra. Kian la depositó en el asiento del copiloto con cuidado, ajustando el cinturón como si fuera un tesoro frágil.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella mientras él arrancaba el motor en silencio.
—A la costa. La prisión de Saint Julian está a cuatro horas de aquí. Sarah tiene la cita a las diez de la mañana. Tenemos que llegar antes y confrontarla.
El coche salió del garaje y se internó en la noche californiana. Aina miró hacia atrás, viendo cómo la mansión de sus padres se hacía pequeña. Por primera vez en su vida, se sentía libre, pero era una libertad aterradora. Estaba sola con un hombre que la odiaba, la deseaba y le había mentido sistemáticamente.
Durante la primera hora de viaje, el silencio fue absoluto. Kian conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, sus ojos fijos en la carretera.
—¿Por qué Sarah? —preguntó Aina finalmente—. Dijiste que era tu prometida.
Kian apretó el volante. —Era la abogada de mi familia. Cuando mi padre perdió la empresa, ella decidió que era más rentable trabajar para el bufete que representaba a tu padre. Me vendió, Aina. Ella le dio a Richard Miller las pruebas que necesitaba para hundir a Marco. El "acuerdo" que viste... ella lo redactó. Ella se quedó con una comisión por mi silencio.
—Y ahora quiere más —dedujo Aina.
—Ahora quiere que Marco sea transferido a una prisión donde ella tenga control total sobre los activos que mi hermano aún oculta. Marco es un genio informático; tiene claves de acceso a fondos que tu padre nunca pudo tocar. Sarah lo quiere todo.
Aina sintió una oleada de náuseas. El mundo de Kian era una red de traiciones mucho más profunda de lo que ella imaginaba. Ella era solo un peón en un tablero de ajedrez donde el premio no era su cura, sino millones de dólares y vidas destruidas.
—¿Por eso me besaste? —insistió ella, necesitando saber si había algo real en medio de la podredumbre—. ¿Para asegurarte de que no te denunciaras?
Kian frenó bruscamente en un semáforo en rojo en una carretera desierta. Se giró hacia ella, su rostro iluminado por la luz roja intermitente.
—Te besé porque cada vez que te toco para ayudarte a moverte, tengo que recordarme a mí mismo que eres una Miller. Te besé porque tu fuerza me atrae más que tu debilidad. Y porque, maldita sea, Aina, eres la única cosa en este lío que no me hace sentir como un criminal.
Sin previo aviso, Kian se inclinó y la besó de nuevo. Esta vez no fue un beso de castigo, sino un beso desesperado, lleno de la urgencia de la huida. Aina respondió, sus manos enredándose en su cabello, permitiéndose olvidar por un segundo que estaban en medio de un escape.
El viaje continuó por carreteras secundarias para evitar las patrullas principales. La espalda de Aina empezó a protestar. El dolor, sin la silla de ruedas y sin el soporte adecuado, se volvió insoportable.
—Kian... me duele —susurró, con la frente perlada de sudor.
Él la miró de reojo, su expresión endureciéndose. —Estamos cerca de un motel de carretera. Tenemos que parar un par de horas para que descanses la columna. No llegarás a la prisión si entras en shock por el dolor.
Se detuvieron en un motel de neón parpadeante llamado "The Blue Anchor". Kian la registró bajo nombres falsos. Al entrar en la habitación, pequeña y con olor a desinfectante barato, Kian la depositó en la cama.
—Tengo que revisarte —dijo él, su tono volviendo a ser el del profesional dominante—. Si la vértebra se ha desplazado por el movimiento del coche, tenemos un problema serio.
Él la ayudó a quitarse la chaqueta y la camisa, dejándola en su top deportivo. Sus manos frías tocaron la piel caliente de su espalda. Aina gimió cuando sus dedos presionaron la base de la cicatriz.
—Está inflamada —gruñó Kian—. Necesitas hielo y presión.
Se movió con eficiencia, usando toallas mojadas en agua helada. Mientras trabajaba en su espalda, Aina se sintió vulnerable de una manera que nunca había sentido en la mansión. Aquí no había mármol, no había seguridad, no había padres. Solo estaba el hombre que la estaba salvando y destruyendo al mismo tiempo.
—Kian... si Marco no quiere verte... ¿qué haremos?
—Lo obligaré a escuchar —dijo él, su voz vibrando contra su piel mientras masajeaba los músculos tensos—. Y luego, te llevaré de regreso.
—¿De regreso? —Aina se giró para mirarlo—. Después de esto, mi padre no te dejará acercarte a un kilómetro de mí.
Kian se detuvo, sus ojos encontrando los suyos. —Entonces tendremos que asegurarnos de que tu padre no tenga el poder para decir nada.
Justo cuando la tensión entre ellos alcanzaba un punto de no retorno en la penumbra de la habitación del motel, el teléfono de Aina vibró en la mesita de noche.
No era Sarah. No era un número desconocido.
Era Richard Miller.
Aina miró a Kian. Él asintió, indicándole que contestara. Ella puso el altavoz con mano temblorosa.
—¿Papá?
—Aina. ¿Dónde estás? —La voz de Richard era gélida, privada de su habitual pomposidad—. He revisado las cámaras del garaje. Sé que te fuiste con Rourke.
—Él me está ayudando, papá. Me está llevando a ver la verdad.
—Escúchame bien, hija. Kian Rourke no te está llevando a ninguna verdad. Te está llevando a una trampa. Marco Rourke nunca estuvo en esa prisión. Marco murió hace tres meses en un traslado que Kian mismo organizó para cobrar el resto del dinero. Si estás con él, estás con un hombre que no tiene nada que perder.
Aina miró a Kian. Él estaba estático, su rostro una máscara de piedra.
—Aina, Sarah Vianni está conmigo ahora mismo. Ella me lo ha contado todo. Kian te está usando como escudo humano para cruzar la frontera. Quédate donde estás. He enviado a seguridad. Rourke, si me escuchas, estás muerto.
La llamada se cortó.
Aina miró a Kian, sus ojos llenos de una nueva y terrorífica duda. Kian miró hacia la mochila táctica, donde Aina vio, por primera vez, el brillo metálico de una pistola.
—¿Kian? —susurró ella—. Dime que mi padre miente.
Kian no la miró. Se puso la chaqueta de cuero y tomó el portátil.
—Tu padre acaba de acelerar el reloj, Aina. Tenemos treinta minutos antes de que el equipo de extracción llegue aquí. Y no, no te estoy usando como escudo. Te estoy usando como testigo.
Se acercó a ella y la levantó de un tirón, ignorando su dolor.
—Vamos. Si nos atrapan ahora, ninguno de los dos saldrá vivo de esta noche. Porque tu padre tiene razón en algo: Marco no está en Saint Julian. Está en el sótano de la casa de Sarah Vianni. Y es hora de que veas quién es el verdadero monstruo.