Capítulo 4

1939 Palabras
El sabor de la traición y el champán barato aún persistía en la boca de Aina. Kian la había dejado en la puerta de su suite después del beso, sin una sola palabra más, y había desaparecido en el estudio contiguo, dejando una puerta de roble cerrada y kilómetros de silencio entre ellos. Aina tocó sus labios, sintiendo una mezcla de repulsión y fascinación. No había sido un beso de afecto; había sido un beso de Alpha reclamando territorio, un recordatorio brutal de su control. Él la había besado para silenciarla, para marcarla y para alimentar su propio juego de venganza. Se arrastró hasta su cama, el dolor en su espalda era ahora secundario a la ansiedad. Su mente estaba fija en la foto: Kian, su hermano y la promesa de retribución. ¿Cómo puedo traicionar a mi padre? Pero la pregunta que la helaba era: Si no lo hago, ¿sobreviviré al odio de Kian? A la mañana siguiente, Kian no entró a las 5:00 a.m. No hubo golpe ni alarma metálica. Aina se despertó a las 6:30 a.m. con el dolor punzante en su espalda y un silencio inquietante. Se las arregló para moverse a su silla de ruedas y fue a la cocina. El chef, desconcertado, le ofreció el menú completo. —El señor Rourke no dejó instrucciones, señorita. ¿Quiere sus panqueques? —No —dijo Aina con un nudo en el estómago—. Quiero el batido de césped. La simple ausencia de Kian era una tortura psicológica más efectiva que cualquier sesión de fisioterapia. Se sentó sola en la inmensa isla de mármol, sintiéndose abandonada y, extrañamente, preocupada. Había roto su rutina. —No puede estar tan lejos —murmuró. Su teléfono, que Kian le había devuelto solo con la condición de que lo usara "solo para emergencias", sonó. Era un número desconocido. Aina dudó, pero contestó. —¿Sí? —Aina Miller. Es un placer finalmente escuchar tu voz. La voz al otro lado era femenina, suave, pero con un matiz afilado. —¿Quién habla? —Mi nombre es Sarah Vianni. Soy abogada y, hasta hace un año, fui la prometida de Kian Rourke. El nombre la golpeó con la fuerza de un puñetazo. La Ex. La que Aina había descartado como un simple conflicto de novela de clase baja. —¿Y qué quiere, señorita Vianni? —Quiero salvarte. Y quiero salvar a Kian de sí mismo. La familia Miller… digamos que tengo información crucial sobre Kian y el plan de tu padre. Tu familia no es tan inocente como crees, Aina. Y el ángel que contrataste para caminar está a punto de convertirse en tu peor pesadilla. —Kian me dijo… que su hermano murió. Que mi padre tuvo la culpa. Sarah rió, un sonido hueco. —El hermano de Kian, Marco, está muy vivo. Pero está en la cárcel, por la culpa de Kian. La venganza de Kian es una fachada, Aina. Él solo quiere el acceso a tu padre para cubrir sus propias huellas. La mentira sobre el hermano de Kian era la única cosa que mantenía a Aina cooperando. Si Kian le había mentido, todo su dolor y su deseo eran una manipulación vacía. —No te creo. —Bien. Entonces míralo a los ojos y pregúntale: ¿Dónde está Marco Rourke? Te enviaré una dirección de correo electrónico segura. Si quieres la verdad, contáctame. Si no, disfruta de tu tortura. Sarah colgó, dejando a Aina con el teléfono en la mano, sintiendo que los cimientos de su acuerdo con Kian se derrumbaban. Kian regresó a media mañana. No dio explicaciones. Simplemente entró al gimnasio, donde Aina lo esperaba en la colchoneta. Su energía era aún más oscura que de costumbre. Había estado fuera, lidiando con algo. —Hoy duplicaremos el tiempo de equilibrio —anunció, con su tono de orden. —¿Dónde estaba, Kian? —preguntó Aina, ignorando la orden. Kian se quitó la chaqueta y la arrojó sobre una máquina de pesas. Sus músculos se tensaron bajo la tela negra. —Mi ubicación no es parte del acuerdo, Aina. Nuestro trato es sobre tu cuerpo y tu movilidad. —¿Y sobre la verdad? —Ella se deslizó de la colchoneta, usando las barras, y logró pararse, desafiándolo con la mirada—. ¿Me mentiste sobre tu hermano? ¿Marco Rourke está vivo? La pregunta lo golpeó. Kian se detuvo, su respiración se hizo lenta y controlada. El control que ejercía era casi visible, una capa de hielo sobre un volcán. —¿Quién te dio esa información? —No importa. La abogada Sarah Vianni me llamó. Dijo que Marco está vivo y que tú lo pusiste en la cárcel. ¿Es por eso que quieres las finanzas de mi padre? ¿Para encubrir tu propio crimen, no la venganza? Kian dio dos zancadas rápidas y peligrosas hacia ella. Aina estaba atrapada entre la barra y el Alpha furioso. Sus ojos eran puro fuego. —Sarah Vianni es una mentirosa y una traidora. Me engañó, me dejó, y ahora está intentando sabotear mi vida. No le creas una palabra, Aina. —¿Por qué no me miras a los ojos y me dices que tu hermano está muerto? Kian hizo exactamente eso. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, sin parpadear. —Marco Rourke está muerto para mí. Y murió por la codicia de tu padre, que lo dejó sin opciones. Sarah Vianni es un daño colateral. No te atrevas a interponerte entre mi venganza y yo, Aina. Ya tomaste tu decisión en el Capítulo 3. Extendió la mano, y su dedo rozó la línea de su mandíbula. El toque fue abrasador. —Si vuelves a hablar con esa mujer, te prometo que haré que tu dolor en la terapia sea el menor de tus problemas. ¿Entendido? Aina asintió, su garganta seca. El miedo la obligó a asentir, pero la semilla de la duda ya estaba sembrada. La desconfianza se tradujo en una sesión de fisioterapia brutal. Kian la obligó a hacer ejercicios de suspensión de peso, con sus brazos tensos por encima de ella, sosteniéndola solo cuando estaba a punto de colapsar. En un momento, Aina estaba recostada de lado, mientras Kian estiraba su pierna para alargar los tendones. El estiramiento fue doloroso, y Aina jadeó. —¡Basta, Kian! ¡Eso duele demasiado! —Romperás el músculo y lo reconstruirás más fuerte. Resiste —ordenó él, sin ceder la presión. Aina gritó. Kian no soltó. —Si gritas, tus padres te escucharán. Y si nos interrumpen, se acaba el juego. Así que, trágate tu dolor. Aina se mordió el labio hasta que sintió el sabor de la sangre. Él se inclinó, su aliento en la oreja. —No eres tan delicada como crees, Miller. Eres fuerte. Solo necesitas que alguien te enseñe a usar esa fuerza. Y ese soy yo. Al liberar la pierna, Aina estaba sudada y exhausta. Kian estaba igual. La cercanía física, el dominio y la vulnerabilidad absoluta habían disparado la tensión. —Ahora —dijo Kian, jadeando levemente—, el cuello. Necesito que liberes la tensión de la vértebra C5. Aina se recostó boca arriba. Kian se sentó detrás de su cabeza. Deslizó sus manos bajo su nuca, sus pulgares masajeando la base de su cráneo. Fue el primer toque que no fue doloroso ni punitivo, sino cuidadosamente tierno. Aina cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión se disolvía. El olor a cedro y peligro de Kian la envolvió. Por un instante, Sarah Vianni, Richard Miller y Marco Rourke dejaron de existir. Solo existía el alivio. —Te mentiría si dijera que no disfruto esto —murmuró Aina, con un tono más íntimo de lo que pretendía. Kian detuvo el masaje. Sus pulgares se posaron en sus sienes. —Yo también te mentiría, Aina. Me encanta la idea de tenerte indefensa bajo mi control. Él se movió tan rápido que ella apenas tuvo tiempo de reaccionar. Kian la besó de nuevo, esta vez no como una advertencia, sino como un castigo mutuo. Fue profundo, desesperado, un beso que le recordó que, a pesar de las mentiras y la traición, el deseo entre ellos era real y explosivo. Aina devolvió el beso, agarrando su camiseta, sintiéndose completamente perdida en su oscuridad. De repente, Kian se separó, su respiración agitada. Se veía furioso consigo mismo. —Estás jugando con fuego, Kian —dijo Aina, su voz baja y temblorosa. —No estoy jugando. Estoy cobrando mi deuda —dijo él, levantándose bruscamente. Kian se dirigió a su mochila y sacó su portátil, ignorando la tensión palpable. —Hagamos el trabajo por el que me pagaron. Necesito el acceso a los servidores de tu padre. Dame el correo electrónico con el que te comunicas con él y la contraseña que usa. Aina se recompuso. Esto era la prueba de fuego. Si le daba el acceso, traicionaría a su padre. Pero si no lo hacía, Kian la expondría y ella perdería su única oportunidad de caminar. Ella le dio la información. Era su cuenta personal, que su padre usaba ocasionalmente para enviar documentos "sensibles" que no quería en la red corporativa. Kian se sentó en el suelo, tecleando con una velocidad militar. Aina, aún recostada, observó su rostro iluminado por la pantalla, luciendo más como un hacker que como un terapeuta. Mientras Kian navegaba en la cuenta, Aina vio un archivo adjunto que le llamó la atención: "Acuerdo Miller-Rourke.pdf". —Kian —dijo ella, con un tono de voz que la hizo temblar—. Abre el archivo que dice "Acuerdo Miller-Rourke". Kian dudó, pero su curiosidad fue más fuerte que su precaución. Hizo clic. El PDF era un acuerdo de liquidación. Pero no era la liquidación de la empresa. Era un acuerdo financiero que Richard Miller había pagado a Kian Rourke hace seis meses, una cantidad gigantesca, a cambio de su silencio y la custodia legal de Marco Rourke, el hermano. En la letra pequeña, Aina leyó la frase que lo explicaba todo: "Marco Rourke será transferido a una prisión de mínima seguridad en el extranjero, donde permanecerá por los próximos cinco años, bajo la condición de que Kian Rourke no revele la participación de Miller en el colapso financiero de Rourke Enterprises, S.A." Kian no había puesto a su hermano en la cárcel; su padre, Richard Miller, había comprado la sentencia de silencio a cambio de su libertad futura. ¡Y Kian había aceptado el dinero y el acuerdo! Aina sintió un escalofrío que la dejó sin aliento. Kian la había mirado a los ojos y le había dicho que su hermano estaba muerto. —¡Me mentiste! —gritó Aina, intentando levantarse pero cayendo de nuevo—. No estás aquí por venganza, estás aquí por más dinero y control. ¡Vendiste a tu hermano! Kian, con el rostro blanco, intentó cerrar el archivo, pero Aina se abalanzó hacia el portátil, usando la poca fuerza que tenía. Ella lo vio. Vio su firma junto a la de su padre. —¡Esa es la venganza, Aina! —gruñó Kian, luchando por el aparato—. ¡No es venganza de la sangre, es venganza por la traición! Pero antes de que pudiera explicar, el portátil mostró una notificación de correo entrante. El remitente era: Sarah Vianni. El asunto decía: "Confirmación de cita: Prisión de Saint Julian. Visita a Marco Rourke. Mañana a las 10:00 a.m." Kian no solo había mentido sobre la muerte de su hermano; estaba a punto de verlo en la cárcel secreta. Y Sarah Vianni sabía exactamente dónde y cuándo.
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