Mónaco no era solo un lugar; era un estado mental. El aire olía a una mezcla embriagadora de salitre, perfume de mil dólares y la electricidad que solo el dinero y el riesgo pueden generar. Aina Miller observaba su reflejo en el espejo de la suite presidencial del Hotel de Paris, sintiendo que la mujer que devolvía la mirada era una completa desconocida. Llevaba un vestido de seda líquida color esmeralda que parecía haber sido vertido sobre su cuerpo. El escote en la espalda bajaba peligrosamente hasta la base de su columna, dejando al descubierto la fina y pálida cicatriz que Kian había besado y masajeado tantas veces. Era su marca de guerra, y esta noche, bajo las luces del baile de máscaras, sería su declaración de libertad. —Estás forzando la postura —la voz de Kian, profunda y raspo

