El aire de Zermatt era tan puro que quemaba los pulmones, una sensación radicalmente distinta al smog de Los Ángeles o al humo de la cabaña incendiada. Aina Miller bajó del tren de montaña apoyada en un bastón de fibra de carbono, elegante y discreto. No lo necesitaba para cada paso, pero la pendiente de las calles empedradas todavía desafiaba la estabilidad de sus vértebras. Llevaba un abrigo de lana color crema y unas gafas oscuras que ocultaban el rastro de las ojeras de las últimas noches sin dormir. En su bolsillo, la llave de latón se sentía como un amuleto pesado. —¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el chofer de un pequeño vehículo eléctrico, el único transporte permitido en la villa ecológica. —Nunca he estado mejor —respondió Aina en un francés fluido que sorprendió al hom

