El rugido de la tierra desgarrándose fue lo último que Aina escuchó antes de que la gravedad la reclamara. El acantilado, debilitado por la explosión subterránea de Sarah, cedió bajo sus pies con una violencia sísmica. No hubo tiempo para gritos, solo una sensación de vacío absoluto y el impacto brutal contra la maleza, el lodo y la piedra. Aina sintió un golpe seco en el costado y luego la oscuridad total. Cuando abrió los ojos, el silencio era tan espeso que le dolían los oídos. Lo primero que registró fue el olor: tierra mojada, pólvora residual y el aroma metálico de la sangre. Intentó moverse, pero un peso inmenso oprimía sus piernas. El pánico, ese viejo enemigo, subió por su garganta. —¿Kian? —su voz fue un hilo roto, perdido en la penumbra. —Aquí... —la respuesta llegó como un

