El sonido de la línea plana en el monitor de biometría no fue solo una señal técnica; fue un tajo que atravesó el alma de Aina. Durante un segundo que pareció una eternidad congelada, el universo se detuvo. El silencio absoluto tras el salto al hiperespacio se volvió asfixiante. Pero entonces, algo dentro de ella, algo que su padre había intentado erradicar con años de disciplina fría y lógica aristocrática, estalló en una furia incandescente. —No. Tú no. ¡Hoy no! —rugió Aina, golpeando el panel de control para desbloquear los protocolos de emergencia médica. Sus dedos volaron sobre la consola, activando el modo de soporte vital de área. La nave, aún gimiendo por el esfuerzo del salto, respondió con un siseo de aire presurizado. Aina no esperó a que los sensores confirmaran la pureza del

