Capítulo 4: Pésimas noticias

3949 Palabras
Vanesa ✨ ✨“Y este sería el detonante que cambiaría el curso de mi vida. Luego entendí que detrás de la tormenta, siempre nos da un rallito de sol”. Aquí estoy, de espaldas a la puerta. Estática como una foto. Con todos los colores subidos al rostro. Me encuentro frente al último hombre con el que esperaba encontrarme en este lugar. El mismo con el que tuve una sesión de sexo intensa y que deseaba encontrar aunque juro que no de esta manera. Estoy a punto de colapsar, pero aun así me es imposible evitar clavar la mirada en sus ojos azules. Es lo único que puedo hacer en este momento. Eso y desear que la tierra se abra justo debajo de mí y me trague. Estoy en shock, pero aún así me permito detallarlo. Es un hombre increíblemente hermoso. Demasiado atractivo y sexy. Tiene rostro de estrella de cine. Poseer esa combinación en una sola persona, debería ser considerado como uno de los siete pecados capitales, o quizás el octavo. Personas así te arrastran a la perdición sin ni siquiera proponérselo. Este me tiene totalmente hechizada desde el instante en que lo vi y mis ojos hicieron contacto con los suyos. Lleva un traje n***o, elegantísimo, semi abierto en la parte superior. Al parecer hecho a medida, y una camisa blanca que se ajusta perfectamente a su musculatura cincelada. Luce elegante pero al mismo tiempo con desenfado. Su estatura, que aun sentado se nota, hace que se vea imponente, y esos ojos azules brillantes, que me observan detenidamente, hacen que más que eso luzca intimidante. Sus ojos desprenden un brillo diabólico que me obligan a parpadear y bajar la mirada al piso. No lo miro, mi cuerpo ha reaccionado de esta manera. Me tiene paralizada, pero puedo sentir cómo la silla corrediza se desplaza y se levanta de ella, viniendo a mi encuentro. Llega hasta mí y se planta en frente. ¡Por Dios! Delante de este hombre, en estatura, soy como una muñeca. Todo mi cuerpo se contrae. Se que está disfrutando de esto, ya Brad me lo había advertido. Mi respiración cambia el ritmo. Poco a poco se vuelve errática y se me dificulta respirar. Es evidente que él lo nota, pero en vez de terminar su tortura, camina a mi alrededor hasta que se posa detrás de mí. Respira en mi nuca y súbitamente habla: —Señorita Davies, ¿se quedará aquí, de pie? ¿Acaso eligió quedarse en este sitio para la entrevista? ¡Maldito de los mil demonios! Acabo de pegar un brinco y como si eso fuera poco, todo mi cuerpo a reaccionado dejándome sentir un escalofrío que me recorre de pies a cabeza, delatándome en el acto. Juro por lo más sagrado que este hombre acabará por quitarme la poca cordura que me queda. En un momento vuelve a rodearme hasta quedar nuevamente de frente, y me extiende una de sus manos, en señal de saludo. No sé que rayos me pasa, pero las palabras no quieren salir de mi boca. Solo puedo parpadear más de lo normal y apretar mi cartera, hasta que siento mis nudillos doler. —Soy Nathan Scott, pero imagino que ya lo sabe. Todo pasa ante mí, pero es como si no estuviera en este lugar. Mi cuerpo no reacciona hasta que lo escucho hablar nuevamente. Levanto la mirada para observar cómo enarca una de sus cejas. —¿Se siente bien, señorita Davies? ¿Habrás visto cosa igual? No puedo creer cómo es que una persona puede ser tan cínica y descarada al mismo tiempo. —Sí, perfectamente, se-señor Scott. Mis palabras salen como por inercia y no puedo evitar tartamudear. Saber que tengo al frente al hombre con el que pasé la noche, el cual me atrae como un imán, me tiene atontada. Al parecer Brad tenía razón en lo que dijo. Todo parece indicar que está acostumbrado a tener en este estado a las personas que se presentan ante él. Miro su rostro hermoso y sus ojos me indican que lo está disfrutando. Disfruta de verme temblorosa y sin palabras frente a él. Le extiendo mi mano. La estrecha, pero en cuanto siento su tacto la retiro. Siento que me quema. Trato de disimularlo, pero al parecer nota mi incomodidad, porque no deja de inspeccionarme con sus ojos centelleantes. ¡Juro que puedo ver sus ojos brillar! Después de observarme por un instante más que a mí me pareció como si fueran horas, me habla de nuevo: —Siéntese, por favor, señorita Davies. Lo hace dándome la espalda y se retira a su asiento, detrás del escritorio. Camino detrás de él y me siento en la silla que queda justo en frente. —Bien, creo que podemos comenzar cuando esté lista. ¿Le parece, señorita Davies? —enarca una ceja. —Estoy lista, señor Scott. Esta vez trato de no tartamudear y lo consigo, pero no se si podré hacer lo mismo durante la entrevista. Voy a poner todo mi empeño en conseguirlo, sin embargo, ya tenía un problema con esto. Y estando frente a mí el problema se agrava al doscientos por ciento. La pobre cartera está sufriendo entre mis manos. Si pudiera hablar me hubiera mandado al mismísimo infierno, ya que no dejo de apretujarla como una nerviosa colegiala. Él se acomoda en la silla, con aire de supremacía, y comienza el interrogatorio. «¿Por qué si esta información ya estaba en el currículum, me hace las mismas preguntas?». Dudo si preguntarle, pero lo pienso mejor y solo me limito a responder. Mi cabeza está en todo menos en esto y temo que vaya a dar una respuesta que nada tenga que ver con el tema. ¿Por qué será que me estoy sintiendo de esta manera si ayer estuve en una cama teniendo sexo con este hombre? Por más que me cuestiono lo mismo, solo hago ruborisarme y removerme nerviosa en la silla. Mis pensamientos están tomando el rumbo equivocado. Comienzo a fantasear y me reprendo a mí misma, para caer en la realidad y no continuar haciendo el ridículo. Él solo se limita a observarme. Escucha mis respuestas, al tiempo que me clava su mirada azul. Y no me canso de pensar que sus ojos brillan con perversidad. Por momentos cruza su boca con una mano, lo que me hace pensar que está intentando ahogar una sonrisa. Lo miro y me sostiene la mirada. Creo que está jugando conmigo al típico juego del gato y el ratón, donde ocupo el puesto más baja en la cadena alimenticia. Por mi parte continúo tartamudeando. ¡Parezco una maldita estúpida! Mientras habla, observo sus dientes blancos perfectamente alineados. Y mis pensamientos cochinos comienzan a invadir mi mente. No sé cómo puedo concentrarme en responder, mientras no hago más que pensar en cochinadas. Transcurre el tiempo y continúa con las preguntas, disfrutando de hacerme sufrir. Por momentos tengo la impresión de que quiere reír. Eso y la llama que hay en sus ojos hacen que aumente mi tartamudeo. Hasta preguntas personales me hace, con el pretexto de que es importante para la empresa conocer esos detalles. Así estamos, un tiempo más, hasta que al parecer se apiada de mí y da por concluido el interrogatorio. —Hemos terminado, señorita Davies. Gracias por su tiempo. Mañana le será notificada nuestra decisión. Le llamaremos a su despacho. —Gracias, señor Scott. Es lo único que digo y me pongo de pie, para salir lo más rápido posible de la oficina. Puedo sentir su mirada azul clavada en mi tracero y hasta lo imagino riendo a carcajadas por mi comportamiento. Casi corro hasta la puerta, pero cuando estoy por llegar vuelvo a escuchar su voz ronca e imponente: —Señorita Davies está contratada. El puesto es suyo. Me detengo en el acto y contengo la respiración. Cierro los ojos. Inhalo y exhalo. Trato de no gritar de emoción. ¡El puesto es mío! Aunque no sé si podré soportar esta tortura diaria que es su presencia. Aun así, es la mejor noticia que he recibido en mucho tiempo, así que agarro fuerzas y giro hasta quedar de frente a él. —La decisión está tomada, señorita Davies. Pase ahora mismo por recursos humanos y firme el contrato que ya está preparado. Al salir, pídale asistencia a mi secretaria. —Gracias, señor Scott. ¡Maldita sea! No me gusta maldecir, pero tal parece que desde que conozco a este hombre no puedo evitar hacerlo. Agradecer es la única expresión que digo, ridiculizándome aún más de lo que estoy. Puedo ver la expresión de burla en su rostro, tratando de no reír en mi cara. Después de exponer sus condiciones y de reclamar a la secretaria por intentar cuestionar su decisión —reclamo del cual solamente pude escuchar sus gritos desde la sala de estar en donde me ordenó esperar—sale ella como alma que lleva el diablo. ¡Pobre! No quisiera estar en sus zapatos. Cumple con el mandato que le dieron, así que me acompaña para firmar el contrato. Leo todo, detenidamente. Es un contrato jugoso. Solo hay algunos requisitos, pero puedo lidiar con eso. Ahora entiendo por qué los empleados vienen a trabajar como si fueran ejecutivos. El contrato exige un estándar. Después de firmar, salgo del edificio, de la misma forma en que lo hizo la secretaria de la oficina del torturador. Sí, porque este hombre es un torturador, pero el más hermoso y sexy que haya visto. Llego al despacho y mi amiga me recibe con unas hamburguesas de pollo para almorzar. Se lo agradezco porque en verdad tenía mucha hambre. —Amiga y entonces, ¿cómo te fue en la entrevista? —Ni me digas, Alexandra, que casi muero de un infarto. Aprovecho para contarle todo lo sucedido en la noche, con el Dios griego, y cómo resultó ser la misma persona que será mi jefe. —Amiga, pero mírale el lado positivo. Trabajarás en la mejor empresa del país en ese campo y estarás junto al papasito divino que te llevó a las estrellas. Quien quita que puedan seguir follando. «¡Que más quisiera yo! Lo estoy deseando con todas mis fuerzas». —Alexandra, por favor. A ese hombre claramente se le ve que no mezcla lo personal con lo profesional. Hoy me lo demostró. ¿Puedes creer que no dijo nada al respecto? —Tú tampoco lo hiciste. Lo más lógico es que él tampoco lo hiciera. —Por supuesto que no le diría, si desde que entré a esa oficina y lo vi quedé congelada de tal manera que no me podía mover. Quedé petrificada como una momia y, para colmo, en la entrevista solo hacía tartamudear. Ya sabes el problema que tengo con eso, y saberlo ahí, frente a mí, solo provocó que hiciera el ridículo. —Me imagino la incomodidad del momento. No era para menos. —Pues sí, y creo que hasta intentaba ahogar la sonrisa. Le faltó muy poco para reír a carcajadas frente a mí. ¡Y su mirada, amiga! Te digo que esa mirada azul desprende un brillo perverso. —Vanesa, no exageres. Te fuiste a la cama con ese hombre la primera noche. No eres una mujer de nervios ni nada parecido. —Sí, eso lo dices porque no estabas afrente a él. Además, ese edificio, los empleados, todo está decorado meticulosamente. Si hubieras visto cómo visten, y la disciplina rigurosa que llevan dentro de la empresa. De hecho, se exige en el contrato. A todo eso súmale que tendré que estar allí a tiempo completo. —Amiga era lo lógico. Ya sabíamos que podría ser así. Además, todo seguirá como siempre. Solo no trabajaremos en el mismo lugar, pero estamos en la misma ciudad, así que no tenemos por qué estar tristes. En cuanto a el empleo, ya te acostumbrarás. Con el pasar de los días será algo común para ti. Es solo cuestión de adaptación a su forma de dirección y a su presencia. Estoy segura que sabrás sobrellevar la situación. Por lo menos sabemos que no es una psicópata ni un asesino en serie, sino te habría asesinado esa noche. Reímos las dos con su ocurrencia. Mi amiga siempre le ve el lado positivo a las cosas y ese positivismo de ella me ha hecho mucho bien. Después de reír como locas, se va a su oficina. Termino con unos papeles que tenía pendiente y los llevo a Brad para que los firme. Aprovecho para plantearle la situación sobre el contrato, ya que no podré seguir en el despacho, y gracias a Dios, entiende. Sabíamos que en la empresa me podían querer a tiempo completo si era escogida. Estaré aquí cinco días más para cerrar el caso en el que estoy trabajando y dejar todo listo. Así pasa el tiempo y termino con el trabajo del día. Me despido de mi amiga y los demás, y recojo mi auto para irme a mi apartamento. Demoro un poco en llegar, a esta hora el tráfico en esta ciudad es horroroso. Llego al edificio y, como siempre, después de saludar a Alan, el cual por cierto está un poco raro, subo las escaleras a toda prisa. Entro y encuentro a mi padre en la sala, caminando de un lugar a otro. Verlo así hace que los nervios me ataquen. Cierro la puerta y al verme viene a mi encuentro, dejándome ver la preocupación en su rostro. —¿Qué sucedió papá? ¿Dónde está mi madre? —Tranquila, amor. Por ahora todo está bien, pero tuve que llevarla para el hospital. Hoy sufrió un desmayo a medio día, mientras preparaba el almuerzo. Gracias a Dios estuve cerca para tomarla. No sufrió golpes. Mi corazón da un vuelco y se arruga dentro de mi pecho. Mis padres y mi hermano son la única familia que tengo, y mi madre es la fuerza que me impulsa a seguir adelante en esta vida. —¿Por qué no me llamaste para decirme? — grito como una loca casi tirándome del cabello. «Por qué diablos no me llamó al despacho. Hubiera salido corriendo para el hospital». —El doctor dijo que es necesario dejarla internada para realizarle unos exámenes. —¿Y por qué estás aquí? ¿La dejaste sola? — Me exalto. —Tranquilizate, hija, por favor. Solo vine a buscar las cosas que necesita tu madre. Quise esperarte porque ya estabas al llegar y con todo esto no pude llamarte en su momento. Te juro que quise hacerlo, pero ya tu madre estaba despierta y no me lo permitió. —Esta bien, papá —hablo sin aliento—. Si ya tienes las cosas entonces me voy ahora mismo al hospital. Dependiendo de lo que me diga el doctor entonces vendré en la noche a ducharme y a concluir algunas cosas que necesito hacer aquí, en casa. No es necesario que vayas ahora. Quédate y descansa. Cualquier cosa te llamo al móvil. Los nervios me hacen hablar como una loca. —Esta bien, princesa. En la noche voy a relevarte. Me da un beso en la frente y salgo con la misma, en mi auto, para el hospital. En el trayecto pienso en demasiadas cosas. En como será todo hasta que sepamos por qué el desmayo de mi madre. Necesitamos estar serenos. Sobre todo mi padre que ya no es el jovencito de antes. Tiene cincuenta y dos años. Soy la mayor de los dos hijos que tuvieron él y mi madre. Cuando comenzaron con la producción, como siempre digo, él tenía treinta y mi madre veinticinco. Después de cuatro años nació mi hermano Ryan, que ahora tiene dieciocho y recién comenzó a estudiar su carrera de Medicina en Italia, con una beca que ganó por ser buen estudiante. Pudo haberla estudiado aquí, pero así lo decidió. Nos toca a papá y a mí hacernos cargo de todo. Mi madre siempre fue ama de casa. Con la beca de mi hermano, desde que me gradué y comencé a ganar mi propio dinero, ayudo a papá con el envío para cubrir sus gastos personales en Italia. Pensando en esas cosas, en poco tiempo llego al hospital y paso por recepción. Cuando me han dado la información sobre la ubicación de mi madre me dispongo a buscarla. Entro al cubículo y verla así ,tan vulnerable, en esa cama, me rompe el corazón. Solo espero que no sea nada grave, porque mi madre es mi vida y sin ella creo que ya no podría seguir. Al verme quiere incorporarse en la cama pero me apresuro a su encuentro, para impedírselo. —Mamá, debes guardar reposo, por favor. Quédate donde estás. Deposito un cálido beso en su frente y ella reacciona regalándome una sonrisa. Amo verla sonreír, aunque ahora mismo mi corazón este estrujado como una hoja de papel. —Fue solo un susto, mi niña. Ya verás que todo estará bien y podremos irnos. No le respondo. Solo sonrío, tratando de que mi risa no se convierta en una mueca, para no trasmitirle mi aflicción. Espero y deseo con todas mis fuerzas que Dios la escuche y realmente sea como lo está diciendo. Así estamos, platicando en lo que acomodo sus cosas en un pequeño closet de metal que hay a un lado de la cama, cuando entra el doctor. Un hombre alto de cuerpo atlético y sumamente atractivo. «No sabía que habían doctores así». Trato de desviar mi pensamiento, ya que nada bueno pasa por mi mente y este no es momento para una calentura. —Buenas tardes, señoritas. —Buenas tardes, doctor. Soy Vanesa la hija de su paciente —me presento. Mi madre no habla, solo le sonríe. El hombre me observa detenidamente por unos instantes, hasta que lleva una de sus manos al mentón, acariciándolo. Después de aclararse la garganta un par de veces, responde: —Mucho gusto. Soy el doctor Edgar Wilson. A partir de este momento seré el médico encargado de atender a tu madre. Su tono de voz le hace honor a su porte. ¡Madre de Dios! —Bueno, señora Elisabeth. Como sabrá, hoy usted sufrió un desmayo y queremos hacerle algunas pruebas, por ese motivo será necesario tenerla algunos días aquí. —¿Deberá quedarse mucho tiempo, doctor? —No puedo decirle con absoluta seguridad, pero si todo está bien en un par de días, máximo una semana, se la podrá llevar. Ella está un poco débil y me gustaría tenerla unos días en observación. —Perfecto, doctor. Muchas gracias. —Tranquila, Vanesa. Ya verán cómo todo estará bien. Que tengan una linda noche. En la mañana me tendrán nuevamente por aquí. —Hasta luego, doctor. Es lo único que alcanzo a decir ya que al momento de retira, mostrándome su espalda ancha, bien formada, y ese culo que me provoca ganas a apretar. ¡Por Dios, Vanesa! Estás en un hospital. Me recrimino a mí misma. Pero también pienso en que los doctores y enfermeras bien que deben darse sus buenos revolcones en algún sitio de aquí. En unas pocas horas ya es de noche. Vemos entrar al cubículo a una enfermera que me anuncia debo presentarme a la oficina del doctor Edgar Wilson. No puedo evitar sentir una angustia en el pecho. Mi madre me mira como queriendo hacer preguntas, cuestionando el porque del llamado, pero yo solo hago fingir que sonrío, para tratar de calmarla, y la dejo allí para ir donde el doctor. En recepción me oriento nuevamente de dónde encontrar su consulta, hasta que finalmente doy con ella. Llego, toco la puerta y cuando él me ha indicado pasar, lo hago. —Pase, señorita Vanesa. Eso de señorita no va conmigo. Me siento una adolescente de dieciocho años cuando lo dice y, definitivamente, ya pasé esa etapa. Ese señorita no es para mí. —Doctor, por favor, ¿puede llamarme Vanesa a secas? Es que me siento incómoda con lo de señorita. Le hablo y se acomoda en la silla detrás de su escritorio, adoptando una posición con la espalda recta. Hace un pequeño intento por reír, que ahoga de inmediato, y no sé por qué demonios me viene a la mente ese hombre que trae mi mundo de cabeza. El doctor se torna serio nuevamente y entonces habla para responderme: —Como quiera. No sabía que le incomodaba. Lo haré, pero tengo una condición. «¿Una condición?». Mi mente cochambrosa le da un giro a la propuesta que válgame Dios, aparto de mi mente. —Dígame, doctor. —Precisamente eso, Vanesa. Si deja de decirme doctor y me llama solo por mi nombre, entonces la complazco. ¡Dios bendito! Ha dicho esto de tal manera que no he podido evitar tragar grueso. «Este hombre debe ser la locura de todas las doctoras, las enfermeras y hasta las pacientes de este hospital». Después de unos instantes en los que trato de apartar los pensamientos sucios de mi mente, respondo: —Entonces hagámoslo así... —Edgar, me llamo Edgar, Vanesa. Aunque ya se lo había dicho. Recuerda mi nombre. ¿Y quién dijo que no recordaba el suyo? Solo no quería ser tan evidente, pero es imposible olvidar el nombre de un doctor así. —No, Edgar. Lo que sucede es que mi cabeza en estos momentos no está muy serena que digamos. ¿Pidió verme? —Sí, Vanesa. Es para darle la información que tenemos hasta el momento sobre el estado de su madre. Me acomodo en la silla donde había tomado asiento, frente a él, expectante. —Vanesa, por los síntomas que presentó tu madre al momento de llegar y cuando sufrió el desmayo, le practicamos varios exámenes. Debido a la urgencia de los acontecimientos ya está listo el resultado del hemograma —siento que mi corazón se detiene en este instante—. Tu madre está padeciendo anemia. Aún no sabemos que tipo, pues con los demás exámenes determinaremos las posibles causas y entonces podremos dar un diagnóstico completo. —Doctor... —Lo siento mucho, Vanesa. No quieremos adelantarnos al resultado, pero si es el tipo de anemia que creemos, entonces van a necesitar un presupuesto bastante alto para poder costear el tratamiento. —¡Por Dios doc...! —rectifico—. ¡Edgar, no me de ese susto, por favor! —exclamo, exaltada, poniéndome de pie. Mi madre posee un tipo de sangre raro llamada: “Sangre Dorada”, que la hace única y especial. Pero eso presupone un riesgo para su vida, ya que muy pocas personas la poseen. No puedo llegar a imaginar lo sumamente costosa que podría llegar a ser. —Tranquila Vanesa. Solo te estoy advertí Endo para que estés preparada. Podría ser cualquier tipo de anemia. Aun así, todas llevan un tratamiento —habla poniéndose de pie y viniendo a mi encuentro. —Ya lo sé, Edgar. El problema es que no podría pagar ninguno que sea demasiado costoso. No tenemos solvencia económica y últimamente no lo estábamos pasando muy bien. —Entiendo. —Mi padre y yo nos compartimos los gastos de la casa y la remesa de mi hermano que está estudiando medicina en el extranjero. Ahora, con esto, las cosas podrían empeorar. Bufo sin la más mínima gota de aliento. Si es un tratamiento poco costoso creo que lo podré cubrir con mi salario. Y ahora más, con el contrato de la nueva empresa. Si resultara ser de otra manera, entonces no puedo imaginar que será de nosotros. No sé que pasará si mi madre llegara a necesitar de una transfusión de sangre. ¡Si eso llegara a suceder, estaré más que perdida!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR