Capítulo 5: La subasta

3553 Palabras
Nathan ✨✨“El corazón es una de las pocas cosas que no se puede comprar. Pero cuando uno te pertenece, es tuyo porque sí. Por más que no lo aceptes e intentes huir, seguirá latiendo por ti”. —¿Puedo pasar, mi tesoro? —Es la voz de mi madre. Pregunta, al tiempo que deja unos toques en la puerta de mi habitación. No respondo, y en un momento, la tengo dentro. Mi madre tiene el don de exasperarme. Estoy por pensar que lo disfruta. —¿Cuándo dejarás de hacerlo, madre? No te quejes si un día ves lo que no te compete ver —reclamo. —No sería la primera vez. Lo he visto desde que naciste. Aunque para ese entonces no era tan impresionante —camina hasta la cama y se sienta en un borde. Nadie la manda a entrar antes de que le de el permiso. Necesita respetar la privacidad de los demás. —Madre, por favor, no es gracioso. ¿Acaso quieres traumarme? —Lo mismo podría decir yo de las veces que he entrado a esta habitación y me has dejado ver tu paquete, a propósito —pongo los ojos en blanco—. Si no fueras tan desvergonzado tu madre no tendría ese dato. Pero conociéndote como lo hago, sé que eso es algo que no te importa, así que deja de hacerte el recatado. Con ella es inútil fingir, así que solo la dejo hacer, de lo contrario, comenzará a castigarme con el látigo de la indiferencia. Y después se preguntan a quién saqué este carácter. Obviamente a mi padre no fue. —¿Qué quieres, mamá? Necesito ir a un evento y ya se me está haciendo tarde —hablo mientras me planto frente al espejo, tratando de acomodar mi cabello húmedo. Acabo de salir del baño y lo único que me cubre es la toalla que se encuentra alrededor de mi cintura. Necesito vestirme y, con ella dentro, no puedo. Me doy la vuelta vuelta para verla. Sé que quiere preguntar, así que no lo dilato más. Es eso o tenerla aquí y atrazarme. —Habla ya, mamá. Sé que algo quieres. —¿Qué evento es ese al que vas y por qué no te acompaña tu hermano? —pregunta del modo en que no me gusta, sabiendo que odio ese tono y que jamás respondo una pregunta hecha de esa manera. —Pregúntale a él por qué no me acompaña. El evento es uno como otro cualquiera. —No he oído hablar de ese evento. Tu hermano me dio la misma respuesta evasiva, pero no creas que me lo creo —se pone de pie y cruza los brazos a la altura del pecho, en señal de reclamo. —Madre, por favor, mañana te cuento lo que quieras saber. Se me está haciendo tarde y todavía no he comienzo a vestirme. ¿Me dejas solo, por favor? La única manera de convencerla es por las buenas. —No creas que olvidaré esto que acabas de decir. Mañana tendrás que contarme todo, con lujos de detalles. —Sí, como quieras —mis ojos nuevamente se tornan blancos—. Ahora déjame solo, por favor, o terminaré por dejar caer la toalla frente a ti —la amenazo y sabe que no es en vano. Ella sabe que soy muy capaz de hacerlo. Me lanza una mirada aniquilante y se pone de pie. Viene hacia mí y, aunque trata de mantener su pose de bravucona no puede, así que se acerca y tira de mi torso para dejar un beso en mi frente. Me inclino un poco, para darle acceso, ya que por mi altura es necesario. —Cuídate, mi tesoro —habla y me regala una pequeña sonrisa. Le devuelvo el beso y se marcha de la habitación. Después de unos minutos ya estoy casi listo. Necesito lucir más perfecto de lo que ya soy, para esta ocasión. Mi ego siempre está en las nubes, donde debe estar, aunque los demás se encargan de colocarlo en el cielo. Lo hago y me miro al espejo, mientras termino de arreglarme. Cuido que no se me escape ni el más mínimo detalle. Llevo camisa blanca con un traje n***o hecho a medida, como casi todo lo que vestimos en la familia Scott. Me aseguro de que mi cabello esté perfecto y reviso dentro de mi billetera, para comprobar que estén todas mis tarjetas de pago y la tarjeta de invitación. Una tarjeta de color n***o con mi nombre gravado, que recibí de manos de Killian. También se lee el puesto que ocuparé y la dirección del lugar. Todo en dorado. Después de unos minutos más, estoy listo y salgo de la mansión. Me voy al evento en mi Lamborghini. Quise que mi hermano me acompañara, pero él no le interesa este mundo. Le atrae un poco, pero prefiere ejercer su poder de otra manera. Killian, por su parte, manifiesta no estar preparado para este compendio de excentricidades. Aunque bien que disfruta de otras cosas no menos excéntricas, de las cuales hasta yo me ruborizo, y eso ya es mucho decir. Después de unos veinte minutos, al máximo de velocidad permitida y un poco más, llego al lugar. Es una mansión un poco apartada de la ciudad, al parecer, para guardar la discreción. Después de aparcar y de haberme colocado mi máscara, salgo del auto. No puedo negar que lo que está por suceder me tiene algo ansioso. Aquí todos cubrimos nuestro rostro, pero aunque algunos lo hagan no dejan de ser como un libro abierto para los demás. Estoy seguro de que este evento será muy interesante. Entro al lugar detallando todo. Como es mi costumbre, no dejo escapar nada, ni el más mínimo detalle. Todos los Dominantes y Dóminas visten de n***o, mientras que las sumisas y sumisos visten también de forma convencional. Todos cumpliendo el protocolo. El lugar está muy bien decorado. Hay unos muebles modernos, muy hermosos, aunque un poco extravagantes. Algo muy común en este tipo de eventos. Atravieso el gran salón donde se muestran varias hileras de sillas, acomodadas frente a un espacio vacío donde supongo se presentarán a los esclavos. Más allá se deja ver un amplio jardín en el cual se están concentrando los participantes. Una vez allí, me recibe una mujer vestida de blanco que me rinde pleitecía. No soporto cuando tratan de agradar a alguien que ni siquiera conocen, pero bueno, imagino que en este tipo de cosas hay que poner su máximo empeño en hacer sentir bien a los participantes. Al final, seremos nosotros quienes dejemos los miles de dólares aquí. —Buenas noches, caballero. ¡Bienvenido a la subasta! —Buenas noches —contesto con una media sonrisa en la que dejo ver mis dientes perfectos. Es una costumbre. En realidad nunca me esfuerzo en agradar a nadie. Ni siquiera lo intento. Es algo que se produce espontáneamente y me complace. Aunque vuelvo y repito que me da igual. —Le importaría mostraeme su tarjeta de invitación, por favor. Es solo una cuestión protocolar. Sabemos que si está aquí es porque fue invitado. Sí, claro. Lo sabes, pero aun así pides verla. ¡Qué considerada la señora! Saco la tarjeta, se la muestro y luego la dejo en su lugar. —Gracias por su asistencia. Póngase cómodo y disfrute de la vista hasta que comience el espectáculo. Nada digo, solo ladeo mi cabeza en señal de aprobación. Comienzo a observar a las personas presentes, reconociendo a algunos. Todos llevamos antifaces, pero aun así no escapan de mi vista inquisidora. Como ya había dicho, estos gustos son para cualquiera. Tanto hombres como mujeres. Pero todos los aquí presentes somos personas de la alta sociedad con mucho dinero, de lo contrario no estaríamos participando en esto. Mientras todos conversan, hay varias personas con bandejas, repartiendo bebidas. Así que alargo mi mano y tomo una para disfrutarla. Estoy en un espacio un poco alejado del tumulto, pero dentro del mismo jardín. Disfruto de mi bebida, cuando aparece una mujer vestida de n***o que hace rechinar sus uñas contra una copa, llamando la atención de todos. —Buenas noches, damas y caballeros. En unos minutos daremos comienzo a la subasta —todos observan expectantes, incluyéndome. —Espero que todos recuerden las reglas. Si para alguno es la primera vez, busque asesoría con la señorita Olivia. Ella aclarará todas las dudas que puedan tener y será la encargada de procesar el pago. Demás está decirles que garantizamos la confidencialidad de los presentes. La mujer hace unos gestos sensuales mientras habla. —Le pedimos organización a la hora del proceso. Ya todos saben las condiciones de los esclavos y les sugerimos, como siempre, escoger sabiamente. Ahora, si no hay más que decir, pasemos organizadamente a la sala, por favor. Termina de hablar y es la primera en salir del jardín. Entra a la sale, seguida por los demás. Estoy alegre por el hecho de saber que tendré a alguien que será capaz de cumplir todas mis fantasías. Me encanta la idea de tener una sumisa a tiempo completo. Solo con la idea el morbo crece en mi interior a niveles desorbitantes. Espero a que todos se acomoden y ocupo mi puesto en la esquina derecha de la primera fila. El cabrón de mi amigo siempre se sale con la suya. Este puesto ya tiene su precio, aunque aquí lo importante es cuanto dinero tengas en la cuenta bancaria, y cuanto estés dispuesto a dejar en el lugar. Al instante de estar todos organizados, un hombre perfectamente vestido, pasa por los puestos, entregando los números y una pequeña lista que contiene la información de cada uno de los esclavos. Condiciones y límites, a los cuales se les hace corresponder un número. Rápidamente paso la vista por todos y no sé por qué llama mi atención el número diez. Es una chica y, lo menciono, porque aquí están participando los dos géneros. Esclavas y esclavos, ambos para complacer a sus Amos y Dominatrix, según sea el caso. Sus especificaciones se ajustan exactamente a las mías, sin contar que sus características físicas son perfectas para mí. Solo algunos gustos no me convencen, pero eso es algo que se puede solucionar. Comienza la presentación y bajan las luces. El podio queda bien iluminado y comienzan a salir los esclavos. Todos llevan antifaces que cubren perfectamente sus rostros. Solo se les puede ver sus ojos y boca. La chica se prepara y con todo ya listo, comienza a pujar, por orden de número. Todo muy bien, pero hasta el momento nada llama mi atención. Solo cuando nombran el número diez, siento mi corazón dar un vuelco en mi pecho. Es la chica que logró despertar mi interés. —Damas y caballeros, continuamos con la número diez. Una esclava particular, ya que se trata de una joven completamente nueva en el mundo del b**m. Ahora entiendo por qué despertó esos deseos en mí, desde que leí sus datos. En realidad esta información no estaba en el papel. La característica más importante del esclavo siempre se deja a modo de presentación, para llamar la atención del comprador. «A esta sumisa podré moldearla a mi manera». Pienso, mientras la veo como a una mujer virgen de piernas abiertas para mí. Es virgen en ese sentido y la idea me provoca tragar grueso. La plataforma está a escasos pasos de mi puesto, así que aprovecho para detallarla de todas las formas posibles. Es de piel morena con cabello castaño casi n***o, y detrás del antifaz que cubre su rostro, se dejan ver unos ojos verdes hermosos. No los detallo a plenitud, ya que los esclavos tienen que tener la vista dirigida al suelo, en todo momento, pero aun así puedo ver un poco. La anfitriona termina de hablar y me remuevo, inquieto, en la silla. «Quiero a esa mujer para mí». Repito una y otra vez, en mi mente. Hay algo en ella que me atrae como un imán. Y la sensación de haberla visto anteriormente en algún sitio, me invade, aunque no pueda ver su rostro. Las cadenas que lleva puestas las hace lucir como la esclava perfecta y mi morbo se desenfrena. El mini vestido que la cubre en color rojo la moldea como a la más perfecta de las esculturas. ¿Por qué siento que conozco a esta mujer de algún lugar? Quiero ver más, pero el antifaz rojo que hace una perfecta combinación con el vestido, no me lo permite. Por su lenguaje corporal puedo observar a simple vista que está nerviosa y eso solo hace encenderme más. Saber que es su primera vez en este mundo, al cual todos no se atreven a entrar, o ni siquiera planteárselo, me produce una sensación única. Su enseñanza será un reto para mí y no estoy dispuesto a perderlo. Así que no lo demoro más y hago mi oferta: —Cuarenta mil —mi propuesta llega después de escuchar las demás. Hablo sin dejar de verla. —Muy bien. El caballero está subiendo la apuesta a cuarenta mil, damas y caballeros. ¿Quién ofrece más? Exclama la mujer que incita a los demás a mejorar la oferta. Enseguida los carteles comienzan a desplazarse por el aire. Tengo la mirada en la esclava, pero mis oídos siguen escuchando. Quiero a esta mujer para mí. La idea está fija en mi mente. —El señor del fondo ofrece doscientos mil, damas y caballeros. ¿Quién da más? «¡Mierda! Tengo que terminar con esto, ahora». —Quinientos mil —mi voz de dominate se impone y toda la sala queda en silencio. Hasta la anfitriona queda con la boca abierta. No por la voz, sino por la oferta. Cuando quiero algo lo consigo porque sí, aunque para ello tenga que quemar el mundo. Y en este caso solo es una cuestión de dinero. La esclava casi brinca en su sitio cuando escuchó mi oferta. Pero no solo eso... Acaba de despegar los ojos del piso. Comportamiento que se interpreta como rebeldía. No la voy a juzgar, ya que su reacción es normal, teniendo en cuenta la comisión que se llevará por esta venta. La suma es algo grande y estoy seguro de que nunca pensó que alguien daría tanto por ella. Aclaremos que aun así, no debió despegar la mirada del suelo. —Bien, el caballero ofrece quinientos mil. ¿Alguien se anima a dar más? ¿Quién da más? Nadie habla. Todo en silencio y ya me declaro vencedor. —Quinientos mil a la una, quinientos mil a las dos. ¡Vendida! Pronuncia la palabra que suena como música para mis oídos, y la veo golpear con el martillo la superficie del atril, que da por concluida la subasta de la chica. Después de esto, la sensación que me embarga es de locos. Estoy eufórico. Ardo en deseos de conocer lo que se esconde detrás de esa máscara. Aunque sé que debo esperar un rato más. Deben quitarle los accesorios que llevaba puestos y puntualizar algunas cosas a tener en cuenta. Imagino que le recuerdan las reglas, nuevamente, y le dan los términos de pago por la venta. Los participantes, junto a su información, deben dar los datos de la cuenta bancaria en la que recibirán su comisión. Según tengo entendido es el cuarenta por ciento del costo. Son unos estafadores, pero no es algo que me compete. Al final, son ellas quienes terminan aceptando las condiciones. En definitiva, cada esclavo tendrá junto a su amo mucho más que eso si respeta los términos del contrato. Ella terminó ganando doscientos mil, que es más de lo que iría a ver en toda su vida. Si decidió participar en esto, fue por los dos motivos que deciden hacerlo todos. Número uno: quiere disfrutar del placer que brinda el tener un alma sumisa y ceder el control a alguien más, y número dos: tiene problemas económicos y necesita una suma alta de dinero. Aunque en ocasiones se trata de ambos motivos. Yo, por mi parte, voy donde la señorita Olivia. Todo le queda como anillo al dedo menos el calificativo. Llego junto a ella y hago mi pago, entregando una de mis tarjetas. —Buenas noches, caballero. Hará el pago por la número... —Diez —respondo sin más preámbulo. —Felicidades, señor... mira el nombre que hay estampado en la tarjeta y continúa—: Scott. Se lleva usted una ejemplar maravillosa. El resto depende de usted y de cómo la moldee, señor. —Eso espero, señorita —me burlo para mis adentros, aunque no me importaría soltar una carcajada frente a ella. —Sin dudas, señor Scott. Ya la transacción esta hecha. Gracias por su participación y que disfrute de su adquisición. Me entrega la tarjeta. Toma una especie de ficha enorme y me la extiende. Tiene una pegatina y en el medio resalta el número diez. —Debe colocársela en un área visible, señor Scott. Preferiblemente en el pecho. La chica irá con la persona que lleve su número. La tomo sin decir nada, y me dirijo a otro espacio de la gran sala, para esperarla. Mientras camino dejo el número en mi pecho. Su pago aún no lo recibe, así que no corro el riesgo de que nunca llegue a mí. De ser así, me sería reembolsado el cien por ciento del dinero y, obviamente, los patrocinadores y organizadores no están dispuestos a perder. Solo cuando haga mi confirmación recibirá su dinero. Sigo absorto en mis pensamientos, cuando justo en ese momento la veo entrando en el salón. Está vestida de otra manera, pero la reconozco porque lleva puesto el mismo antifaz que cubría su rostro al momento de la puja. No le doy importancia a ese detalle. En cualquier momento se lo voy a arrancar y veré lo que esconde detrás. Finalmente llega hasta mí. La noto más nerviosa de lo normal, pero siendo su primera vez, es comprensible. —Hola, soy... la número diez. —Hola, número diez —contesto, siguiéndole el juego. Es obvio que ese no es su nombre, pero no tengo apuro. Lo curioso es que comenzó a tartamudear y eso trae recuerdos de otra persona a mi mente, incluso su voz... ¡No! No necesito pensar en eso, así que termino por apartar la idea. La voy a invitar a un trago. Quizás así se abra un poco a la conversación que necesitamos sostener, y la ayude a hablar con fluidez. Solo espero que no termine por trabarle la lengua más de lo que ya la tiene. —¿Me aceptarías un trago? No habla, solo asiente con un movimiento de cabeza. Le indico con una de mis manos que se adelante al jardín. Voy detrás, disfrutando de la vista que me brinda su trasero y vuelvo a tener esa estúpida idea. No sé por qué este culo bien formado me resulta familiar. Nos sentamos en un unos bancos, a una distancia prudente de donde se encuentran los demás. Hay varias chicas y chicos con bandejas, repartiendo bebidas. Alzo una de mis manos haciendo un leve chasquido con mis dedos, y enseguida tengo a una frente a mí. Escojo dos cócteles. Nada fuerte, apenas algo que le ayude a hablar y a calmar sus nervios. Por mi parte, ya no soporto la curiosidad. Así que mientras tomamos un sorbo de la bebida, trato de iniciar una conversación: —Creo que va siendo hora de que nos presentemos, gatita. El nombre de tu Amo y señor es Nathan Scott. Digo esto, al tiempo que descubro mi rostro e inmediatamente comienza con un ataque de tos. Dejo mi copa a un lado y trato de socorrerla. «¿Por qué ha reaccionado de esta manera? ¿Será que la bebida tenía un insecto?». Me pregunto, mientras se recupera de lo que al parecer fue la pérdida del aliento. Tomo su copa y miro dentro, pero no hay nada extraño. Pasados los instantes en que pensé que se ahogaría frente a mí, se calma y continúo con la plática: —Calma, gatita. No tienes por qué estar nerviosa. Para empezar, solo dime tu nombre. ¿No me dirás que te llamas como el número o sí? —Trato de relajar la situación en tanto tomo mi copa, y le entrego la de ella. La recibe con manos temblorosas. —Vanesa —dice de un solo tirón y, en ese instante, mi mente viaja hasta el rostro de otra persona y golpea con sus ojos. —¿Qué? —exclamo sin poder creer lo que estoy escuchando. No puede ser tanta casualidad. ¡Carajo! En un impulso dejo caer la copa. El estruendo llama la atención de las personas que se encuentran cerca, pero no me importa. Ahora mismo es como si estuviera en un mundo paralelo, en el que solo existimos la portadora de la máscara y yo. En un rápido movimiento llevo mis manos hasta su antifaz. Lo desato rápidamente sin dejar de mirar esos ojos verdes y... No puedo creer lo que me deja ver detrás de él. Casi me da un ataque al ver de quién se trata. (Para seguir leyendo mis novelas búscame en mi págîna de Fącebøok "Novelas de Yaria Love")
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