El rancho amaneció en un silencio extraño, como si la tierra misma supiera que algo estaba a punto de cambiar. Los hombres estaban en movimiento, preparando los vehículos, revisando armas, cerrando cajas. Pero en la habitación principal, la escena era otra: Serafín estaba sentada en el borde de la cama, observando el gran baúl abierto frente a ella. Nikolai se cruzaba de brazos, de pie, mirándola con esa calma dominante que la hacía temblar y al mismo tiempo la tranquilizaba. —No todo lo que quieras llevar entrará en esas maletas —dijo con voz firme. —Son solo vestidos y libros, mi señor. —Vestidos tendrás de sobra en Rusia. Y mejores. —Se inclinó para cerrar una de las maletas. —Escoge lo que realmente quieras conservar. Serafín lo miró con los labios entreabiertos. Había tan pocas c

