Serafín lo observó en silencio durante más de una hora. Nikolái, sentado en la vieja silla de madera, mantenía a Arcángel dormido sobre su pecho desnudo. Sus enormes manos, curtidas por la violencia y la guerra, parecían torpes al acariciar aquellos pies diminutos. Pero lo hacía con una delicadeza que ella nunca había visto en él. Era como si en cada roce temiera que el niño se deshiciera entre sus brazos. Serafín sintió un estremecimiento: orgullo, sí, pero también miedo. Ese hombre, el Pantera, el implacable, estaba desarmado frente a su hijo. Y aun así, su mirada oscura seguía cargada de tormentas. —Ya deberíamos acostarlo —susurró, con suavidad, como si no quisiera romper aquella burbuja. Nikolái alzó la vista hacia ella. Sus dedos seguían recorriendo los piecitos del niño con un g

