Nikolai despertó a las 10 de la mañana. El sol ya llenaba la habitación, pero Serafín había cumplido con su orden. No se había movido ni un solo músculo de la cama grande, aunque estaba despierta, apenas acariciando al gato que roncaba a su lado. La imagen de la paz era una mentira, una fachada de su obediencia. Entonces, él habló. Su voz, grave y áspera por el sueño, era una orden que rompió el silencio. —Llamarás este día a la madre superiora —dijo, sin mirarla. —Le dirás que te darán vacaciones, que irás a visitarla. Te llevarás regalos, y así no levantaremos sospechas. Serafín sintió un vuelco en el estómago. La idea de volver, de escuchar la voz de su antigua vida, la llenó de una esperanza tan frágil que tembló. —Mi señor, ¿eso quiere decir que puedo irme? Él giró la cabeza y la

