A media mañana, Serafín escuchó un maullido suave detrás de la puerta. Se levantó con cautela, el corazón golpeándole el pecho. La Sombra entró con una caja de cartón en las manos. No dijo nada, solo dejó el objeto sobre la cama pequeña y se fue, la puerta cerrándose con un eco sordo. Serafín se acercó y, con manos temblorosas, abrió la tapa. Un gato joven, de pelaje gris plateado y ojos ámbar, la miraba como si también estuviera prisionero en aquella jaula. Ella lo tomó con cuidado, temiendo que huyera, pero el animal se acurrucó en su regazo con un ronroneo profundo. Las lágrimas le ardieron en los ojos. Desde niña, nunca había tenido algo propio. Ni en el convento, donde todo pertenecía a la orden, ni ahora, donde hasta su cuerpo pertenecía a él. Y sin embargo, en ese pequeño ser que

