El olor a yodo y desinfectante era lo primero que perforaba la conciencia de Nikolai. Estaba tendido en un catre improvisado, el hombro derecho y el abdomen envueltos en gruesos vendajes. Estaba vivo, pero humillado. Su cuerpo, el templo de su poder, estaba roto. Frente a él, en una silla metálica, Iván Volkov fumaba un cigarrillo con parsimonia, el único sonido en el aire frío del refugio subterráneo. Serafín, con el rostro manchado de hollín y sangre seca, terminaba de coser la herida del abdomen del Pantera, sus manos firmes a pesar del temblor interno. —No sabía que los Volkov trabajaban como taxis de emergencia —escupió Nikolai, su voz áspera. Iván exhaló el humo hacia el techo de hormigón. —No lo hacemos, Smirnov. Considera esto un servicio comunitario. Y una inversión. Te salvam

