El estruendo no provenía del infierno, aunque lo parecía. Las paredes temblaron con un rugido sordo, como si la tierra misma se quebrara bajo los cimientos de la casa. Serafín apenas alcanzó a cubrir el cuerpo de Nikolái cuando la puerta se abrió violentamente y una ráfaga de polvo y metralla entró con el viento. Por un instante pensó que era el final, que la Sombra había ordenado volar todo. Pero entonces oyó el sonido que cambiaría el destino de esa noche: un silbido corto, tres golpes secos. —Volkovski! La palabra la atravesó como un relámpago. Su apellido. Su sangre. Sus hermanos. La habitación se llenó de humo y confusión. El chico —el guardia tembloroso que había disparado contra la Sombra— aún sostenía el arma, apuntando con desesperación a todos lados. Frente a él, el propio

