La madrugada se estiraba lenta, como una bestia cansada que no quiere morir. Entre los árboles, la mansión de Nikolái Pantera era apenas una sombra devorada por el humo y el frío. Las luces habían muerto una a una, igual que las promesas. La nieve seguía cayendo, suave, implacable, cubriendo las huellas del horror con su manto blanco. Nadie hubiera dicho que allí, unas horas antes, se había reído, amado y soñado con el porvenir. Los vidrios rotos reflejaban los últimos temblores del fuego. En el pasillo principal, el perfume de Serafín aún flotaba, mezclado con el hierro de la sangre. La casa entera parecía sostener la respiración. Afuera, los cuervos esperaban el amanecer, impacientes, como si supieran que algo sagrado acababa de romperse. Serafín recobró la conciencia con un gemido. No

