El viaje hacia la nueva mansión fue lento. La nevada de la noche anterior apenas había comenzado a despejarse, y las calles de Rusia brillaban bajo una luz blanca y helada. El sonido de las llantas sobre el hielo era un murmullo constante, casi hipnótico. Serafín, envuelta en un abrigo color crema, miraba por la ventana con una sonrisa tranquila. Arcángel dormía en sus brazos, y aquella imagen bastaba para que Nikolái sintiera una paz que desconocía. Ella era la calma que había domesticado a la fiera. El Pantera la observó de reojo y pensó que nunca había tenido nada tan suyo. Por primera vez en su vida, quería dejar de pertenecer a las sombras. Tal vez por eso había decidido poner todos sus bienes —hasta el último centavo— a nombre de su hijo. Arcángel Mijaíl Smirnov Volkov: su herencia

