El taxi giró por las últimas calles estrechas lejos del café . Serafín, con el corazón aún latiendo desbocado, pasó un fajo de billetes al conductor. —Lléveme al aeropuerto rápido, por favor —susurró. El hombre asintió y aceleró. Por primera vez en semanas, el aire frío de Moscú quedó atrás. Por primera vez, Serafín sintió que la distancia no era solo geográfica, sino también un refugio. En el aeropuerto, se movió con calma fingida, como quien tiene todo planeado. Tomó el primer vuelo hacia España, alegando que su esposo, Nicolás Smirnov, tomaría el siguiente avión con su equipaje. La mentira era simple, creíble. Nadie dudó de su historia: una turista que viajaba en busca de inspiración para sus dibujos, con nada más que papel, lápices, su tarjeta de crédito y una cantidad de dinero leg

