Los días pasaban lentos, como cuentas de un rosario que alguien obligaba a desgranar uno por uno. Serafín los sentía pesados, interminables, cargados de ecos que no podía acallar. La mansión de su padre, con sus muros altos y pasillos interminables, era un lugar lleno de lujos, pero vacío. Allí faltaba algo, alguien. El perfume de Nikolai aún la seguía. Llegaba con los atardeceres, como si la brisa trajera consigo esa mezcla inconfundible de tabaco, whisky y piel masculina. A veces despertaba de madrugada con el corazón acelerado, convencida de que lo escuchaba ordenar algo en la penumbra, su voz ronca quebrando el silencio. Pero no había nadie. Solo un eco vacío, un recuerdo que la desvelaba hasta el amanecer. Lo extrañaba con un dolor físico, como si su cuerpo reclamara lo que su mente

