Unos días después el rugido del mar no se parecía a ningún enemigo que Nikolai hubiera enfrentado en su vida. El agua golpeaba el casco del carguero como si quisiera partirlo en dos, y cada embestida hacía vibrar las entrañas de la bestia metálica que lo llevaba a través del Mediterráneo. El Pantera se mantenía de pie en la cubierta, con la chaqueta larga empapada y el cabello oscuro pegado a la frente, mirando el horizonte embravecido como quien contempla su propia alma desbordada. Dos semanas en alta mar habían sido suficientes para derrumbar cualquier ilusión que quedaba en su interior. Al principio, pensó que el movimiento constante del barco, las reuniones con sus hombres, las verificaciones de la carga, serían distracciones útiles. Pero pronto entendió que no había vodka ni negocio

