La opulenta villa de Vittoria Mancini en la costa de Nápoles estaba bañada por un sol indiferente a la oscuridad de sus habitantes. Dimitri Volkov entró en la sala de estar con la calma de un cazador. Vestía un traje italiano impecable, sus ojos azules, normalmente fríos, irradiaban ahora una simpatía superficial, la sonrisa perfecta del engaño. Vittoria Mancini, elegante y afilada, lo esperaba. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre un vestido de seda. Para ella, ese encuentro era el preludio del triunfo. —Dimitri Volkov. Un placer. —Su voz era dulce como el veneno—. He oído que la fiesta de esponsales del Pantera terminó antes de tiempo. Dime, ¿vienes a jurar lealtad al nuevo orden? Dimitri se inclinó, el gesto pulido. —Vengo como enviado especial de Alekséi Sokolov. Él ha cu

