La noche cayó pesada sobre el rancho, un manto de silencio que apenas lograba acallar el eco de la violencia del día. Serafín ardía de fiebre, el cuerpo empapado en sudor y los labios secos como arena. El médico, un hombre de edad con manos temblorosas, había dejado un frasco de calmantes en la mesa de noche y se había retirado, advirtiendo que los próximos días serían difíciles y que su recuperación dependería de la fortaleza de su espíritu. Nikolai estaba sentado en la butaca junto a la cama, sin apartar la vista de ella. Tenía los codos sobre las rodillas y un cigarrillo apagado entre los dedos, olvidado. Era extraño en él: podía pasar horas sin moverse, como un depredador acechando en la penumbra, su paciencia infinita. Pero ahora, su rostro era una máscara de tensión. De pronto, Ser

