Nikolai entró a su oficina con paso firme. El silencio del lugar lo envolvió, apenas interrumpido por el tic-tac de un viejo reloj sobre la repisa. Se dirigió al escritorio de caoba oscura, abierto por las marcas de balas y vasos de whisky. Abrió una gaveta, y sus dedos se posaron sobre un papel cuidadosamente doblado.
Era un boceto. Un dibujo que había hecho Serafín de su rostro mientras él dormía, medio desnudo, con una sábana cruzándole la cintura y la venda que ella había colocado con sus propias manos en una de sus heridas. Nikolai sostuvo el papel con una mezcla peligrosa de emociones. Acarició con el pulgar las líneas del dibujo, reconociendo en ellas la atención y el detalle de quien lo había observado durante horas. El dibujo era brutalmente honesto: un rostro cansado, marcado por la violencia, pero con una vulnerabilidad que lo hizo estremecerse. Lo guardó de inmediato en la gaveta, como si fuera un secreto prohibido, el único que no compartía ni con La Sombra.
Encendió un cigarrillo, dejando que el humo llenara el ambiente, y se sirvió un trago de whisky de una botella de cristal. Apenas había dado un sorbo cuando tocaron la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió con un chirrido leve. Aria entró. Sus ojos claros brillaban de miedo, y su postura, encogida, mostraba que sabía lo que la esperaba.
—Mírame —ordenó él, sin levantar la voz. Su tono era gélido.
Ella obedeció, tragando saliva con dificultad. El miedo le había borrado el brillo de envidia de sus ojos.
Nikolai tomó asiento detrás del escritorio, el vaso de whisky en la mano, observándola con una calma que era más aterradora que cualquier grito.
—Así que… tú eres la amante de las serpientes. —Su tono era gélido—. Dime, ¿qué hacía tu serpiente en mi cocina, cuando su cueva queda muy lejos de allí?
Aria tembló, buscando desesperadamente palabras.
—N-no lo sé, señor. Creo que… se escapó. Seguro siguió mi olor. Tengo casi un mes cuidándola, a lo mejor ya me conoce. Todo fue un accidente, se lo juro.
Nikolai soltó una carcajada seca, fuerte, tan inesperada que Aria sintió que se orinaría encima.
—¿Por quién me tomas, maldita? —dijo, inclinándose hacia ella con los ojos encendidos, el vaso de whisky en la mano. —Nadie conoce mejor un perro que yo… y ¿pretendes que crea que una serpiente siguió tu olor? Mentira. —Golpeó el escritorio con un abre cartas afilado, haciendo a Aria sobresaltarse y dar un respingo—. Habla con la verdad antes de que te desuelle yo mismo.
Las piernas de Aria cedieron y cayó de rodillas, el llanto empañándole la vista.
—Sí… sí, lo hice —confesó, con la voz rota por el pánico—. Estaba celosa. Es que… yo la veo, señor. La veo cuando la toca, cuando la cuida… ¿por qué no hace eso conmigo? ¿O con las demás?
Nikolai se levantó de golpe, rodeando el escritorio con un movimiento lento y depredador. Se inclinó sobre ella, tomándola del cabello con fuerza y obligándola a mirarlo a los ojos. Su aliento olía a tabaco y veneno puro.
—¿De verdad llegaste a pensarlo? —su voz era un susurro mortal—. ¿Que yo escogería a una de ustedes? Lo único que reciben de mí es una orden… o una bofetada. Jamás me revolcaría con una maldita capaz de meter una serpiente en mi casa.
Ella sollozó, temblando bajo el agarre de su mano.
—Mi señor… lo siento. Le juro que no volveré a…
Él la interrumpió, con los ojos ardiendo.
—Ahora dime… ¿qué castigo debería darte por tocar lo más preciado que hay en esta casa? Porque quiero que te quede claro: tus celos pusieron en peligro a Serafín. Y ella… —sus labios se curvaron en una mueca peligrosa— ella es mía.
Aria lloró, arrastrándose para volver a caer de rodillas.
—¡Tenga piedad, mi señor! ¡Castígueme como quiera! Besaré los pisos que ella pise, atenderé cada uno de sus caprichos… pero no me mate.
Nikolai la miró con la misma frialdad que había usado para matar al calvo. Soltó su cabello y dio un paso atrás, exhalando el humo del cigarrillo hacia su rostro.
—No voy a matarte. No por ambiciosa. Todos tenemos ambiciones, y a veces somos crueles para conseguir lo que queremos. —Su tono fue como una sentencia—. Pero te daré la lección de tu vida.
Aria lo miró con esperanza rota.
—¿Cuál… mi señor?
Él sonrió, helado. —No te quiero cerca nunca más de esta casa. Serás vendida de nuevo, en el primer mercado que encuentre. Recuperaré mi dinero. Lo que pase contigo después… ya no es problema del Pantera.
El mundo de Aria se derrumbó en un instante. —No… por favor…
Pero él ya no la escuchaba. Se dio media vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. En su mente no había lugar para la mujer arrodillada y llorando. Solo para una verdad absoluta, una verdad que había sido confirmada por la sangre y el terror en el río: había estado a segundos de perder lo único que no permitiría que nadie le arrebatara.
Serafín.
Al nikolai llegar a la habitación entonces la volvió a ver, Serafín se revolvía entre las sábanas, la piel perlada de sudor frío. La mordida de la serpiente había inflamado su pierna, y aunque no era venenosa, la infección la hacía arder por dentro. Sus labios se movían en susurros incoherentes, y sus ojos, entreabiertos, vagaban por un mundo que solo ella podía ver.
El médico, un hombre enjuto y silencioso, limpiaba la herida con precisión.
—La fiebre subirá, señor —murmuró, sin levantar la vista—. Puede que tenga alucinaciones. No es grave, pero necesitará reposo… y alguien que la mantenga tranquila.
Nikolai, de pie junto a la cama, observaba cada gesto, cada movimiento del médico, como si un error pudiera costarle la vida a ella.
—Haz tu trabajo y cállate —ordenó, pero su voz no tenía la dureza habitual. Era baja, contenida.
Cuando el médico terminó y se retiró, Nikolai se sentó al borde de la cama. Encendió un cigarrillo, pero no lo llevó a los labios. Solo lo sostuvo entre los dedos, viendo el humo subir lento, mientras miraba a Serafín.
Ella murmuró su nombre entre sueños.
—Nikolai…
El Pantera apretó la mandíbula.
—No digas mi nombre así, Serafín. No sabes lo que haces conmigo.
Se inclinó, tocando con el dorso de su mano la frente ardiente de la joven. Estaba tan caliente que sintió un nudo en el estómago.
—Maldición… —susurró, dejando el cigarro en el cenicero y tomando una toalla húmeda. Se la pasó por la frente con cuidado, como si temiera romperla.
Serafín abrió los ojos de golpe, perdidos, llenos de fiebre. Lo miró como si viera a otra persona.
—¿Eres… un ángel? —preguntó con una sonrisa débil.
Nikolai se quedó helado.
Un ángel.
Él.
—No, pequeña —dijo al fin, con una risa amarga—. Soy el demonio que te atrapó.
Ella alzó la mano temblorosa y la apoyó en su mejilla.
—Entonces… que el demonio no me suelte nunca.
El corazón de Nikolai se detuvo por un instante.
La miró, incrédulo, mientras sus dedos suaves temblaban contra su piel.
Él cerró los ojos, sujetando su mano contra su rostro.
—No sabes lo que pides —murmuró.
Serafín volvió a perderse en la fiebre, sus labios susurrando palabras sin sentido, pero Nikolai no apartó su mano.
Se quedó ahí, con ella, durante horas, cambiando las toallas húmedas, observándola luchar contra la fiebre.
Por primera vez en años, Nikolai no pensó en negocios, en sangre ni en enemigos.
Solo en una mujer que, incluso entre delirios, lo llamaba su ángel.